Brindis, bromas y bramidos: “Metabólicos” (II)

Fernando Morote

micro

PEDITOS Y PATADITAS

Segundos después de haber ingresado a la variante de Pasamayo, los pasajeros inician una serie de actividades que antes resulta cándido sospechar. Una conversación, en medio del peligro real y la desgracia potencial, actúa siempre como calmante. Busco mi pañuelo. ¿Dónde diablos está? Volví a olvidarlo. Error imperdonable. A falta de él, me seco el sudor de las manos frotándome los pelos de la cabeza. Leo en la carretera carteles con disparates como que Michael Jackson es el genio musical del siglo XX. Trato de dormir. Hago mi mejor esfuerzo para fingir que lo he conseguido. Entonces la vieja que está sentada atrás de mí empieza sus ejercicios. Tiene el cuerpo pequeño y regordete, pero luce potente y brioso, como un torito de Pucará. Siento sus rodillas en mi espalda, aguijoneando mis costillas. Me recuerda el alarmante dolor en el brazo izquierdo que me despertó una noche asegurándome que estaba listo para un ataque cardiaco fulminante. Para mi fortuna el médico descubrió que se trataba sólo de una incipiente bursitis. Las pataditas de la señora tienen algo de ritmo, no lo puedo negar. Ellas y el bamboleo del ómnibus me adormecen un poco.

Es una especie de fenómeno paranormal.

Todos sostienen que los 3 accidentes del ‘85 ocurrieron porque yo viajaba en los autos estrellados. Nadie piensa que quizás, debido a eso, ninguno murió en dichas colisiones. Aunque el niño que atropellamos frente al estadio de Surquillo, y dejamos tirado bajo las ruedas de la carretilla de helados, perdió una pierna. No estábamos borrachos, pero debo admitir que el chofer venía resaqueado. También puedo jurar que no estaba confundido la madrugada que logré distinguir cruzándose delante de nosotros, como una ardilla asustada, aquella anciana jorobada cuya sorpresiva aparición terminó empotrándonos, por tratar de esquivarla, en la pared lateral de una casa. Quedé tan trastornado, observando a mi compañero volar de cabeza por la ventana, que en lugar de ir a buscar ayuda fui a pedir un plato de tallarín saltado en un chifa a las tres de la mañana. Tampoco manejaba cuando avisté saliendo del cerro, en medio de la oscuridad a la bajada de Ticlio, esa colosal réplica del iceberg que hundió al Titanic y nos convirtió por una décima de segundo en un trompo descontrolado. La destreza del piloto nos salvó de perecer en el abstruso despeñadero serrano.

Puras excusas. La mayoría de accidentes de tránsito se deben a la excesiva velocidad. Y a la estupidez, que es lo mismo. Una siempre lleva a la otra. Es parte de nuestro grado cultural manejar a la ofensiva.

La última vez desperté en el preciso instante en que se produjo el bestial impacto. Sólo alcancé a ver la placa del camión que venía delante de nosotros y después me apagaron las luces. El colectivo terminó de cabeza con las llantas girando patas arriba. Me rompí los 6 huesos de la nariz. ¿Qué más necesito para aprender y cambiar de actitud?

Resuelto todo en mi mente, reclino mi asiento hasta el nivel más bajo. Ignoro si el ruido que escuchan mis oídos proviene del rumor que producen sus fluidos vaginales, el crujir de sus tripas vacías, las burbujas de sus jugos gástricos o los síntomas externos de una enfermedad terminal. Siento cómo aplasto deliciosamente las piernas de la decrépita pasajera, que tal vez movida por el sentimiento de culpa no manifiesta el mínimo reclamo. Y en silencio empiezo a bombardearla con un carnaval de gases endemoniados, un absurdo carrusel de peditos tímidos, pero apestosísimos -crepitaciones como las que hace el maíz convirtiéndose en popcorn dentro de un horno microondas-, para devolverle los regalos que encaja en mis riñones con sus filudas rodillas.

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