Debimos nacer malditos

Teresa Galeote

Mediterraneo

“No, robar nunca”, responde Akram cuantas veces le invitaban a sumarse al grupo. Y se aleja de ellos con la mirada puesta en el horizonte; ese horizonte que se llena de colores al atardecer.

Sentado en el malecón, Akram piensa en las cartas del amigo; se las envía desde la otra orilla. Piensa en lugares imaginados. Siente que le crecen alas y sus dudas se disipan; quiere escapar de los ayunos impuestos, del destino fraguado por otros; ese destino hundido entre muros de adobe y tejas picadas, donde las avispas forman sus nidos.

“Hay plazas para cinco más; ya está todo arreglado. Partimos en una semana. Corred la voz”, escucha días antes en el zoco y se acerca al hombre que lleva la voz cantante. Hubo un duelo de miradas hasta que el hombre habló. “¿Qué buscas Aquí?”. “Hablabas de un viaje. ¿Buscas viajeros?, yo puedo ser uno”. El hombre abandonó su severa mirada y habla de dinero. Cuando Akran escucha la cantidad se derrumba.  “Es más de lo que puedo reunir”, exclama, pero pide tiempo y un nuevo encuentro. “Piensa en vender tu casa… En dos o tres días me traes la contestación”.

Akran observa los muros descascarillados y la techumbre rota de su casa. ¿Qué puedo sacar por ella? Y recuerda que el herrero quiso comprarla para ampliar su negocio, pero él se negó; Umara estaba a punto de parir, pero ahora la situación es distinta. Nos costó tiempo levantarla. ¿Cómo le digo a Umara que debo venderla? Su matrimonio se acordó cuando ella contaba diez años y él rondaba los veinte, pero esperaron hasta que ella se hizo mujer. Era tan delgada… A Akran le costaba imaginar que de aquel cuerpo pudiesen brotar formas femeninas, pero vio en su mirada un trocito de cielo.

Cuando entró en la casa, Umara estaba amamantando al niño. Akram puso sobre la mesa un pan y algo de fruta; lo ha comprado con el dinero conseguido porteando pescado en el puerto. La mujer ofrece una leve sonrisa antes de volver la mirada al niño. La cara de Umara calma el ansia de Akram. El tiempo apremia, pero él no habla hasta después de comer. Una fuente de cuscús y un tazón de kéfir llevan la tranquilidad que la noticia necesita. “Umara…, tengo que hacer un viaje que puede cambiar nuestra suerte, pero debo vender la casa para pagarlo. Me voy a la otra orilla y tú irás con tu familia hasta que yo te llame. Será por poco tiempo”. Umara agacha la cabeza para esconder su pena. Ha sido educada para acatar las decisiones del esposo, pero cuando Akram le da la noticia siente que una culebra se mete en su cuerpo. Esa noche, cuando el esposo busca refugio en el cuerpo de la mujer, ella aparta los brazos del hombre de su cintura y se levanta de la cama. La noche es cálida; abre la ventana, eleva la mirada y murmura una plegaria: Ala es sabio; Él nos ayudará.

Akram, además de guapo es un marido cariñoso. Umara se encuentra bien entre sus brazos; ha escuchado historias de mujeres casadas con hombres groseros y se siente afortunada. La boda fue bendecida por toda la familia. El matrimonio creyó entrar en un pequeño paraíso, pero éste pronto se esfuma; Akram no trabaja siempre y el hambre duele. Ahora, el esposo quiere vender la casa y esa certeza le golpea las entrañas. La mujer regresa a la cama. El esposo duerme.

Al día siguiente, Akram va en busca del herrero para hablar de la casa y del viaje. “Siento no poder darte lo que me pides. Cuando te lo propuse no quisiste. Entonces podía, pero ahora…”. Akram ha depositado sus esperanzas en esa venta y la respuesta del hombre le desconcierta. “Pero entonces no podía venderla; es ahora cuando necesito el dinero para salir de aquí. Umara se irá con su familia hasta que podamos estar juntos”. Un plomizo silencio cubre la estancia. La mirada expectante de Akram se torna en súplica. El herrero sigue callado mientras se acaricia la barba, como si el gesto fuese una liturgia que acompaña a la reflexión. Akram vuelve a mirarle, pero en esta ocasión su mirada pide respuesta. “Sabes que te aprecio de veras; a ti y a tu familia. Déjame unos días; veré cómo puedo conseguir el dinero; tal vez mi hijo…”. Las palabras del hombre han roto el asfixiante silencio y restauran los sueños de Akram. Sale de la herrería con su pena atenuada. Ya en casa, atropelladamente le explica a Umara lo acordado con el herrero y se marcha a concretar el viaje.

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El paisaje pasa a ráfagas, dejando en los ojos de Akram leves percepciones de realidad. Apenas siente el sol sobre sus espaldas, pero la sequedad de su garganta le obliga a parar. Apenas un respiro y prosigue la marcha con signos de agotamiento. Ya vislumbra los muros del zoco y siente la sangre golpeando su piel. Unos pasos más y la umbría del zoco le abraza. Escucha el clamor del mercado y su ansiosa mirada busca al hombre mientras se abre paso entre la muchedumbre. Recuerda las últimas palabras: “En el mismo lugar”. Pero no le ve. Nervioso, merodea por los alrededores. Regresa y se apoya en uno de los escaparates de la tienda dispuesto a esperar. La demora se hace insoportable y entra en el comercio para preguntar. “Es un hombre alto y muy fuerte, con barba”. “Sí, sé de quién hablas. Lleva semanas viniendo por aquí; se reúne con algunos hombres, hablan, discuten, pero no le conozco mucho”. Y Akran sale de la tienda.

Intenta tranquilizarse pensando en el futuro inmediato y en las cartas del amigo. ¡Al fin! El hombre esperado se acerca, coge a Akram del brazo y tira de él; le saca del zoco y le lleva por calles abarrotadas de mercaderías hasta llegar a una callejuela encharcada de agua maloliente. Cómo imaginar que ese pasadizo pueda conducir a una magnífica tienda de alfombras. En un rincón, un anciano fuma en narguile; parece levitar. Otro hombre, de mediana edad, les indica el lugar donde sentarse. Akram espera que el hombre hable: “Ha surgido un contratiempo y debemos cambiar algunas cosas, incluso la fecha de partida, pero el viaje no está suspendido. ¿Has traído el dinero?”. Akram le explica la situación y le asegura que tendrá el dinero en unos días. El retraso del viaje permite un respiro a Akram. “Aquí te espero”, asegura el hombre.

Akram regresa a la casa y cuenta a Umara lo sucedido. Ella calla. Las miradas de la mujer encierran palabras dormidas queriendo despertar. Akran no quiere marcharse con el reproche silenciado de la esposa. Le habla de las penas pasadas, del futuro que les espera, del hijo. “Nuestro hijo”; a Umara, le parten el alma. Ve a los niños escarbar en las basuras y pedir monedas a los turistas. ¡No!, no quiere eso para su hijo, pero vender la casa…

Al tercer día el herrero se presenta con el dinero acordado y unos papeles para firmar. Akram le pide tiempo para el traslado. El hombre le da tiempo y le desea suerte. Le cuenta que hace tiempo él también quiso marcharme. Mientras los hombres firman los papeles, Umara va a la habitación donde duermen y comienza a poner su ropa sobre un casimir de vivos colores y lo ata con cuidado.

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Cuando Akram llega a la tienda de alfombras, el hombre está charlando con uno de los dependientes. Nada más verle va a su encuentro, le conduce a un rincón y extiende un biombo que les aísla del resto de la tienda. El hombre pregunta por el dinero; Akram saca del bolsillo una bolsita cerrada con un cordel y se la entrega. El hombre se apresura a contarlo. “¡Bien! Es lo acordado”, exclama. Le pone al corriente de la fecha, del lugar, del tiempo que suele durar la travesía, de lo que les espera al otro lado. Le asegura que solo es el comienzo, que pueden buscar otro empleo, incluso otras ciudades.

Cuatro días; sólo faltan cuatro días para el ansiado viaje. Akram se limpia las lágrimas que corren por sus mejillas. Le golpean sentimientos contradictorios; no ser capaz de saltar sobre la miseria, separarse de Umara y del niño. Pero  piensa en la otra orilla y se deja envolver por las imágenes que vislumbra tras el horizonte. Quiere soñar despierto, tocar la felicidad con la mano y dársela a los suyos. Quiere contagiar a Umara su ilusión, pero no logra trasmitir a la mujer la bondad del viaje. Se llevará el silencio reprobatorio de Umara y, como antídoto, la sonrisa del niño.

Cuando llega al lugar acordado ve a otras personas; cuenta veinticinco. Un matorral les cobija. “Aún faltan algunos que vienen del sur. Esperamos media hora, sólo media hora”, contesta el hombre al chiquillo que se impacienta. Antes de que termine el plazo dado aparecen los hombres. Llegan extenuados y con el miedo prendido en los ojos. Cuando suben a la embarcación, Akram vuelve a contarlos; no llegan a cuarenta, pero el espacio es tan escaso… “Antes de que amanezca habréis llegado; son pocos kilómetros”, afirma el hombre mientras da un fuerte empujón a la chalupa.

Como si cada cuerpo humano fuera una pieza de un engranaje mayor, los hombres se apiñan. La brisa y el cántico del mar acunan la barcaza. Algunos hombres miran las estrellas mientras otros, con los ojos entornados, murmuran trémulos rezos. Akram observa el baile de la luna sobre el agua. La embarcación se desliza calmosa durante un tiempo. Algunos hombres siguen rezando mientras otros escuchan un silbo lejano. Los hombres se miran. Nervios, miedo y silencio; mucho silencio hasta que un hombre cae al agua y otro intenta ayudarle. “Cuidado. Podemos caer todos”, grita uno de ellos. El mar se agita mientras el náufrago agita sus brazos pidiendo ayuda. El chiquillo tirita y llora en silencio. “Falta poco para llegar. No podemos dejarle en el agua, exclama el hombre que intentó ayudarle”. El clamor del agua se torna en fiero rugido que les envuelve. Empapados de agua; algunos tiemblan y otros siguen rezando. “Ya se ve la otra orilla”, exclama un hombre antes que el agua se eleve sobre la embarcación. La otra orilla está muy cerca; les espera, les tiende la mano. Al poco, el agua se torna en desenfrenado tobogán que voltea la barca, una y otra vez. Como si fuesen muñecos desarticulados, los hombres salen despedidos. Deseosos de llegar a tierra, nadan con ímpetu.

Para Akram todo se vuelve agua y emprende el vuelo. En el recorrido ve una ciudad sobre una gran nube que se aleja, otra ciudad flota sobre las aguas, etérea, casi imperceptible. El agua le obliga a bailar en círculos concéntricos. Y en esa frenética danza percibe una hermosa ciudad bajo el agua, tan grande que parece un continente dormido. Mientras danza, la visión de la ciudad bajo el mar se va alejando, diluyendo. Sus ojos dan los últimos aleteos, su mirada se nubla. Akram ha dejado de bailar. Y el agua le mece.

La luz del día alumbra los restos de la barcaza y los cuerpos rendidos sobre la arena. Una mujer da la señal de alarma. Al poco, suenan las sirenas de los coches mientras el horror asoma a los ojos de los náufragos. Anegados por la derrota miran el mar. Y el dolor hiela sus entrañas. “Debimos nacer malditos”, murmura uno de ellos mientras la guardia les conduce al coche. Un silencio sepulcral se adueña del espacio. En la orilla, entre arena y salitre, quedan los sueños enterrados. Algo más tarde, en la morgue, sobre blanco mármol y olores de formol, Akram espera el lugar adecuado.

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