Brindis, bromas y bramidos: “Frigoríficos” (III)

Fernando Morote

Zapatos

ZAPATITOS DE CHAROL

—Maté a un perro —mentí.

¿Estrangulado? ¿De un balazo? ¿Atropellado? Decidí que fuera una embestida brutal, con el acelerador a fondo (porque soy amante de la velocidad), en medio de la noche, en una trocha sin asfaltar de la campiña chinchana, la puerta del copiloto se abrió violentamente con el impacto y mi amigo quedó con medio cuerpo afuera mientras el pobre can volaba por los aires, rígido como un fardo congelado.

Todos me creyeron. Sazoné el relato con hábil lenguaje gráfico. Pero la verdad era que ni siquiera sabía manejar. Actuaciones de este tipo han sido siempre mi manera personal de sobrevivir a las imposiciones familiares. Y la de aquella noche fue una actuación sobresaliente, digna de un Oscar. Al más huevón, claro está.

Mejor plan de emergencia no pudo urdir mi tío Fidedigno para salvar de la desolación a su hija Modesta, abandonada a su suerte en el último momento por la pareja oficial en su fiesta de promoción. Se suponía que yo (y no otro), por mi condición de sobrino mayor (¡gran título!), era el sustituto perfecto. Mi madre por supuesto apoyó la moción y me comunicó la orden sin derecho a réplica. Tuve que decir adiós a mis amigos de la esquina –las cervezas estaban listas y heladitas para dar inicio a esa noche de sábado- y enfundarme el terno apretado y sin gracia que mi tío me prestó.

Mi prima Modesta tenía el poto diametralmente plano, sus manos eran lindas, pero lucía una papada protuberante en lugar de cuello. Apareció con un largo vestido azul y un peinado en forma de turbante. Una orquídea blanca de plástico se amontonaba a un lado de su pecho izquierdo. Fiel a la filosofía del cobarde, no bien llegamos a la fiesta, desaparecí de su vista. Me escabullí lo más pronto que pude entre la multitud, aprovechando que sus compañeras se acercaron a saludarla. Atrás de la mampara divisé un puñado de simpáticos muchachos conversando animadamente al lado de una infinita mesa colmada de comida. En sus manos brillaba el cristal de las copas. Estaba salvado. Ramilletes de niñas lindas esperaban en los rincones para ser sacadas a bailar. No era yo el único, al parecer, que despreciaba tal obligación.

Siempre he pensado que el baile es uno de los medios más eficaces que el hombre ha ideado para demostrar lo estúpido que es. Hay situaciones en que los seres humanos pierden su individualidad y reducen su existencia al nivel de cualquier ejemplar de una especie primitiva. Sentado en el wáter, envuelto en su pijama, caminando en pantuflas, sorprendido en su intimidad más precaria, todo ser humano pierde categoría. Los sofocos y bochornos que he sufrido por no saber bailar han quedado registrados en escenas memorables a lo largo de mi vida.

Con un par de tragos adentro, sin embargo, encontré el arrojo para empezar a fanfarronear. Aflojé el nudo de mi corbata y noté en el reflejo del vidrio que esa expresión de estrés post-traumático que cargaba se había esfumado de mi faz. Era ahora un tipo absolutamente dicharachero. No me importaba ya recordar que, en una reunión cualquiera, por lo general he sido históricamente elegido –entre decenas de personas- para proclamar los desatinos más desgarradores que pueda alguien imaginarse. Esta vez mis nuevos amigos me dieron espacio para desenvolverme a mis anchas. Si hubiera tenido que probar con acciones todo lo que conté aquella noche, habría salido con el rabo entre las piernas.

Modesta de vez en cuando asomaba a la terraza para indagar si había alguna posibilidad de que yo bailara con ella. Al menos una pieza. Se suponía que era su pareja de promoción y debía hacer de esa noche una experiencia inolvidable para ella. Ésa era mi misión. Y lo que todos esperaban que hiciera.

Nunca me he sentido más ajeno de la gente que en aquella ocasión. Todas las chicas me miraban y hacían comentarios en voz baja, se susurraban cosas al oído, observándome. Leía fácilmente en sus labios lo que estaban diciendo: que no bailaba, que sólo me dedicaba a chupar, que era un aguado, cómo era posible que dejara plantada de esa manera a Modesta, la mejor estudiante de la promoción. Pobre diablo de mí. Me importaba poco. Podían pensar absolutamente lo que quisieran. Mi prosapia intelectual estaba muy por encima de la de ellas.

Al final de la noche, cuando ya casi la mayoría se había retirado, y yo tenía adentro todos los tragos que me pude meter, me animé a mostrar mis ocultos talentos. Mi prima Modesta fue el solitario testigo -de excepción, además- en el centro de ese salón prácticamente desierto, minutos antes de que el tío Fidedigno viniera a recogernos, de que un gran bailarín no soy.

¡Pero bailé!

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