Brindis, bromas y bramidos: “Frigoríficos” (II)

Fernando Morote

Alcatraz

EXTRAVÍO EN LA ROCA

Demasiados días juntos. La euforia de volver a encontrarnos después de algunos meses cede paso a la fatiga. Al correr del tiempo cada uno se siente menos capaz de soportar las manías y neurosis de los otros. Lo que al principio era gracioso resulta ahora insufrible. Los ronquidos esquizofrénicos de Brutus, los silbidos chillantes de Michael Jackson y mis sacudidas de pata como perro enfermo no divierten más a nadie a la hora de dormir. Necesitamos una ruptura agresiva de rutina.

Michael Jackson –bautizado así porque es negro, flaco, alto y de vez en cuando da pasitos hacia atrás- tiene la buena idea de proponer un paseo por el Golden Gate. Lo que no me gusta es que quiere cruzar el puente, de 2 kilómetros y medio de largo, caminando.

—Tiene que temblar —me explica—. Es normal. Si no fuera flexible, se quebraría en un segundo con todo el peso que recibe.

Es posible, no lo discuto. Pero no puedo sacarme de la cabeza las imágenes del History Channel mostrando a ese obrero semi-desnudo precipitándose de cabeza al mar. En ese momento no representa gran consuelo recordar ciertos datos. Como que durante la construcción de la mole sólo murieron 11 obreros, lo que significaba un éxito rotundo para las medidas de seguridad de la época, pues los cálculos más alentadores predecían que morirían al menos 35. De sólo dirigir la mirada hacia abajo, a 70 metros de altura, empiezo a ahogarme. Experimento una regresión involuntaria a mi viaje de promoción en el Cuzco. Trepo con decoro la escarpada pendiente del Huayna Picchu. Pero en determinado momento cometo el fatal error de detenerme y mirar hacia abajo. El vértigo me tienta a lanzarme. Ya no sólo es el piso el que tiembla. En el Golden Gate un ciclista me roza a toda velocidad. Da la impresión de estar pedaleando en el patio de su casa. Vuelvo a Machu Picchu. Con la majestuosa ciudadela a mis pies, el guía me tira una frazada para taparme la cara. No ver el vacío debajo de mí es un gran alivio. Soy rescatado a ciegas, tomándome de la soga extendida a lo largo de la ruta. Estoy frío y paralizado. Me he quedado atrás. Brutus y Michael Jackson están ya a mitad de camino, apreciando el panorama, tomando fotos, inclinándose por la baranda. Barcos de miniatura navegan por la bahía. Tengo que regresar. Estoy tentado de tirarme contra una de esas cajas azules y coger el teléfono de emergencia para reportar la crisis. Ellos no se dan cuenta, pero acelero el paso para llegar pronto de regreso a la otra orilla. Me siento más ansioso y apurado que un chofer de ambulancia. ¡Amo la presión!

Prefiero otro tipo de emoción. Propongo el Museo de Arte Moderno. La cara de Brutus se tuerce de una manera horripilante. Michael Jackson, en cambio, se entusiasma. No por gusto es arquitecto.

Pollock y Picasso, en el segundo piso, le parten el cerebro a Brutus. Lo torturan mortalmente. Transpira como si estuviera saliendo de un sauna o a punto de ingresar a la cámara de gas. El catálogo nos lleva a mí y a Michael Jackson hasta los óleos de Matisse. En el camino perdemos a nuestro amigo. Lo buscamos en el baño y la cafetería. Entonces escuchamos un anuncio por los altoparlantes: “Hemos detectado un sujeto tocando las telas en la sala contemporánea. Seguridad, por favor detenerlo”. Corremos hasta allá. A cada lado de la entrada hay dos pequeñas bancas de madera. Brutus ha depositado su humanidad, del tamaño de un ropero gigante, sobre una de ellas. No está descansando. Dos guardias –el hombre, un tipo macrocéfalo, la enorme onda de pelo negro en su frente puede confundirse con una imponente ola de Pico Alto o la cornucopia del escudo nacional; la mujer, un culito precioso, con una combinación perfecta de piernas largas y pies pequeños- lo flanquean, recriminándolo a viva voz, agitando unas cartillas de colores ante sus ojos. La expresión de pescado triste, o asustado, en el rostro de Brutus indica claramente que no entiende una palabra.

—¿A esta porquería le llaman arte? —nos pregunta inocentemente, señalando los óleos enmarcados colgando de las paredes—. ¿Cómo pueden costar tanta plata? ¡Qué tanto escándalo, carajo!

Las disculpas que Michael Jackson y yo ofrecemos evitan la presencia de otras autoridades. Mejor nos retiramos antes de que nos impongan una multa que no podremos pagar.

—No sé tú,…pero yo… —empiezo.

Michael Jackson voltea sorprendido a mirarme.

—No, no soy Luis Miguel, huevón…—aclaro—. Tengo hambre.

—Ah, bueno.

Soy Manimal, amo de los secretos que separan al hombre del animal. No soy joven ni apuesto, ni tengo el más brillante de los futuros, aunque sí quizás un oscuro pasado. Soy Manimal simplemente porque cuando estoy hambriento me transformo en una fiera que persigue sin piedad a su presa.

Es claro que para Brutus las hamburguesas de Mc Donald’s tampoco son una opción. Proclive a las conspiraciones violentas, está más molesto que su homónimo romano planeando el asesinato del emperador Julio César. Si queremos tenerlo de nuestro lado debemos proveerle un almuerzo decente.

Entro al baño para pensar con calma. En el urinario suelo mirar de reojo a los costados para comparar si lo que tengo encaja dentro del promedio o sufre algún déficit más o menos notorio. Rara vez espero un superávit, sin embargo me tranquiliza comprobar que el arma del vecino no me impresiona ni espanta porque lo mío alcanza para competir sin complejos. Salgo animado. Mi propuesta es aprobada por aclamación. Aunque los restaurantes del Chinatown no ofrecen tampoco gran estímulo. Considerando la calidad de la comida que sirven, si un nisei cholo tuviera las agallas de abrir un chifa en esta ciudad se haría millonario instantáneamente.

De sólo ver lo empinadas que son las calles, nadie tiene ganas de caminar. Todos nos olvidamos cómo corrían por aquí Karl Malden y Michael Douglas persiguiendo a los delincuentes locales. Preferimos tomar el tranvía para dirigirnos al Fisherman’s Wharf. Allí encontramos un restaurante de verdad. Está invadido por cocineros y mozos peruanos. El sabor nacional es diferente, la sazón incomparable. Y además, gracias a los lazos patrióticos, conseguimos una cuenta que incluye sólo la mitad de lo que comemos.

A escasos metros está el Muelle 33, punto de partida para visitar Alcatraz. Más de un millón de personas vienen anualmente a conocer la famosa roca, principal atracción turística en el norte de California. Compramos los boletos y abordamos el ferry. Es una tarde soleada, con viento. El viaje dura 15 minutos. En el trayecto leo parte de la historia que contiene el folleto informativo.

Al principio era apenas un pedazo de tierra que, por efecto de los cambios climatológicos, se desprendió del continente y formó una isla. Así yacía en medio del océano –solemne, solitaria y muda- cuando fue hallada en 1775 por exploradores españoles, quienes descubrieron también una numerosa población de aves conocidas como alcatraces, que sobrevolaban su superficie. Debido a su excelente ubicación, a mediados del siglo 19 se instaló una fortaleza militar para proteger la ciudad de San Francisco. California, durante aquellos años, estaba en manos de la Unión, por lo que en 1861, cuando estalló la guerra civil, la fortificación fue convertida en prisión militar para recluir a los soldados y oficiales confederados del sur. El peñón se hizo famoso como casa de la muerte y empezó a ser llamado “La Isla del Diablo del Tío Sam”. En 1933 el ejército cerró la edificación y la cedió al FBI, recientemente formado como agencia del gobierno para combatir los delitos federales. La ciudadela se transformó entonces en una superprisión destinada a alojar a los criminales más peligrosos de la nación. El 1º de Julio de 1934 se realizó su apertura oficial. Los desalmados Al “Caracortada” Capone y George “Ametralladora” Kelly llegaron entre sus primeros huéspedes.

Arribamos a la roca escoltados por una corte de gaviotas. Somos recibidos por empleados del servicio turístico, quienes nos entregan una grabadora portátil de color amarillo con auriculares negros. Nos piden que las colguemos al cuello y recomiendan seleccionar el idioma antes de iniciar el recorrido de 45 minutos. Luego desaparecen. Nos enteramos de que aquellas cintas son llamadas audio-guías.

—¿Entonces? —es la reacción natural de Brutus.

—Puedes empezar encendiendo tu grabadora —sugiere Michael Jackson.

Busco en el dial hasta encontrar la versión en español. El traductor dice que la voz original pertenece a un ex funcionario de la penitenciaría. Ingresamos a los pabellones de celdas. Estoy fascinado con la sensación opresiva que se respira en los pasillos atravesados por puertas y barras de acero. Avanzamos por Park Avenue, doblamos en Times Square y recorremos Broadway. No es Manhattan, decididamente. La narración explica que la población penal, distribuida en los pabellones B y C, estaba alojada en 336 celdas, fuera de las cuales 6 más estaban destinadas a zonas de aislamiento. Las celdas son diminutas (2.70 metros de largo por 1.50 metros de ancho) e incluyen una estrecha litera, una pequeña mesa pegada a la pared, un lavatorio y un excusado.

La función continúa. Michael Jackson y yo nos comunicamos por señas. No queremos perder ni un solo detalle de la descripción. La roca albergó a varios residentes ilustres: Al Capone ocupó la celda B-181 (después re-numerada B-206), donde pasó recluido 4 años y medio; en una ocasión tuvo una pelea en el patio de recreo y fue confinado a aislamiento solitario durante 8 días; en otra oportunidad, después de un intercambio de palabras con otro interno, mientras hacía la fila para rasurarse en la peluquería, sufrió una herida de tijera en el brazo. George “Ametralladora” Kelly fue un presidiario ejemplar, según el alcaide de la época; tras haber logrado el prestigioso status de “Enemigo Público Número 1” de la nación, antes de llegar a Alcatraz, trabajó luego como acólito en la capilla, y como ayudante en la lavandería y en las oficinas administrativas. Robert Stroud, conocido como el “Hombre Pájaro”, estuvo encerrado en la roca durante 17 años (de 1942 a 1959), de los cuales purgó 6 en el pabellón D, denominado unidad de segregación. Frank Morris, John y Clarence Anglin se ingeniaron pequeñas herramientas usando cucharas y cortauñas con las cuales cavaron agujeros en los ductos de ventilación de sus celdas; además confeccionaron cabezas de papel a las que pintaron y pegaron cabello real obtenido en la barbería.

Michael Jackson y yo creemos, suponemos, asumimos que Brutus está con nosotros, al lado de nosotros, detrás de nosotros, disfrutando el tour. Ahora el que habla es un ex convicto. “Si desobedeces las reglas de la sociedad, te envían a la cárcel. Si desobedeces las reglas de la cárcel, te envían a Alcatraz” solía ser una de las frases de bienvenida que los alcaides dirigían a los internos recién llegados, previniéndolos sobre las normas de seguridad del penal. “El gobierno intenta meter aquí todos los huevos podridos en una sola canasta. En Alcatraz no estamos interesados en hacer buenos ciudadanos, sólo buenos presidiarios”.

Pasamos por la biblioteca. Todavía se almacenan en ella los ejemplares de las revistas “Mecánica Popular” donde Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin aprendieron a convertir impermeables para lluvia en precarios botes y chalecos salvavidas que utilizaron en su fuga de la roca. Escuchamos un espantoso estruendo.

—¿Dónde se ha metido Brutus? —pregunto.

Algo pesado cae y rueda por el piso. El eco hace retumbar los pasillos.

—No me sorprendería que haya cruzado por el detector de metales —responde Michael Jackson con absoluta certeza.

La audio-guía nos conduce ahora hacia el comedor. Por los grandes ventanales se puede ver, a lo lejos, la soleada bahía de San Francisco. Aquí la grabación describe con riguroso detalle el horario de una típica jornada en Alcatraz. Los reos eran despertados a las 6.30 de la mañana; después de lavarse, vestirse y tender sus camas eran alineados para el primer conteo del día y luego marchaban al comedor para tomar un desayuno de 20 minutos; concluido éste, eran conducidos al patio de recreo para asignarles sus tareas; trabajaban desde las 8 hasta las 11.30; a las 12 almorzaban y luego regresaban a sus labores hasta las 4.15 de la tarde; a las 4.30 se servía la comida; una vez finalizada ésta, a las 5, eran contados nuevamente y desfilaban hacia sus celdas para ser encerrados hasta el día siguiente; a las 9.30 de la noche se apagaban todas las luces. Se dice que muchos presos, sometidos a esta interminable rutina y repetición constante, pronto empezaban a alimentar pensamientos de suicidio. Entre las principales preocupaciones de las autoridades, sin embargo, estaba la de proveer buena comida como incentivo para un comportamiento ejemplar.

Antes de terminar el recorrido, la visita incluye una vuelta por el patio de recreo, donde los presos tenían oportunidad de jugar béisbol,  frontón, cartas, ajedrez o damas chinas. Interviene la voz de otro ex funcionario de la cárcel para explicar que quizás en esta parte del edificio se gestaron algunos intentos de fuga. Con acento dramático relata la reyerta de 1946, conocida como “La batalla de Alcatraz”, en la que 2 guardias y 3 internos murieron después de que el ejército atacara la roca desde la bahía para allanar el levantamiento. La información adicional corrobora la condición inexpugnable de la prisión. De 1936 a 1962 hubo en el peñón 14 intentos de fuga, todos fallidos. 36 hombres estuvieron involucrados, arriesgando y (varios de ellos) perdiendo sus vidas.

Un detalle curioso es que, en la misma roca, había otros edificios donde se movía un mundo aparte en el que vivían, estudiaban, jugaban y descansaban las familias de los funcionarios. No era raro que en los mismos botes donde transportaban peligrosos delincuentes a su última morada, por orden de una condena judicial a cadena perpetua, viajaran las esposas e hijos pequeños de los alcaides que volvían de la ciudad.

Michael Jackson y yo sentimos el sol quemándonos la cara. Volteamos para buscar con los ojos una vez más a Brutus. Lo divisamos a la distancia, todavía en el comedor, solo, sacudiendo la grabadora amarilla y hablándole a los auriculares negros. Camina oscilante, como un puerco-espín titánico, gordo y pesado, tambaleando a cada paso. Se detiene. Escucha mirando al techo.

—Vamos a ayudarlo —dice Michael Jackson.

—¿Qué pasa, Brutus? —pregunto cuando estamos a su lado, el pelotón de turistas totalmente lejos de nosotros.

—Esto es una huevada, hermano.

—¿Por qué? —demando.

—Pura mierda es lo que dice…

—Tienes que seguir las instrucciones, Brutus —observa Michael Jackson.

—A ver, dame acá —le pido la grabadora.

Ajusto los auriculares. Caigo.

—Es difícil que entiendas la grabación si escuchas lo que pasó en el pabellón D cuando estás parado en medio del comedor. Y si además pones el canal en inglés, bueno Brutus…¿qué te puedo decir?

Michael Jackson avisa que la audio-guía nos conduce al final de la visita. El último paso antes de retirarnos es la sala de control, donde se recibían y despachaban a los presidiarios. La voz comenta que durante sus 29 años de funcionamiento, a fin de mantener el orden, la prisión albergó siempre un pequeño número de internos (menos de 300 al año), designando 1 guardia por cada 5 reos, y fue cerrada definitivamente en 1963.

En el bote de regreso a la ciudad sigo pensando que si Brutus logró sobrevivir a la orientación en inglés de su grabadora, entonces Frank Morris y los hermanos Anglin también consiguieron superar la frigidez del océano, sortear el ataque de los tiburones y  llegar a salvo remando su balsa de impermeables en su misteriosa fuga de Alcatraz.

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Una respuesta a “Brindis, bromas y bramidos: “Frigoríficos” (II)

  1. Interesante pastiche. Se puede pensar que es una modalidad de tal técnica, pues reúne datos históricos y personajes reconocidos, integrando todos estos elementos en el relato.

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