Las amantes son rubias: “La voz”

Marita Rodríguez-Cazaux

women speakerCuando cruce tu voz, me libraré de mi cárcel”

La tarde, cuarteada de nubes, promete lluvia. Desde la cocina la voz de Sandra lo único que faltaba, esta lluvia, me decide.

Orquestaba por los ruidos altisonantes de las cacerolas, de espaldas, al oírme entrar en la cocina, menos mal que el merengue quedó parejo la voz de Sandra me marea de especias. Veo que pasa una cuchara plana sobre la torta.

—Voy a caminar un rato—le aviso y tomo las llaves del perchero. Ella gira para mirarme apenas, no vuelvas tarde, hay cosas para  Cierro la puerta, el batir de la licuadora tapa sus últimas palabras.

En la calle, me desvío en la esquina y sigo hacia el sur. Sandra desprecia los barrios de casas bajas este olor miserable me da náuseas, no hay nada como el norte repite con acento impostado, monocorde.

En Rocha, doblo con idea de entrar en algún café. Sigo las veredas de cordones verdes de yuyos. No sé cómo aguantás el olor a río sucio, su voz afilada se detiene en un semáforo. Cruzo, la calle se hace más ancha y se me antoja que por ella caminé en otros tiempos, al encuentro de una mujer. Una mujer del sur, pienso,  es inútil, no cambias más dice la voz de Sandra, descabezando mi fantasía.

La lluvia se torna tupida. Qué asco, van a manchar la alfombra, apunta la voz de Sandra cuando paso los charcos; la imagino superponiendo felpudos, dos, tres, una hilera de alfombras, para que todos se limpien los zapatos antes de entrar. Asomada al ventanal de la cocina, contemplando los nubarrones, la boca fruncida, las mejillas arrebatadas por el calor del horno, la voz de Sandra maldice.

Apartándome en Jovellanos, me acerco a la ochava. Bajo unos toldos tensados por armazones de hierro, una mujer rubia, apoya la espalda en la pared.

Camino hacia ella sin quitarle los ojos de encima, como si quisiera que mi mirada la obligase a mirarme.

Un silbido altisonante desde un auto la distrae, el perfil se ilumina por el reflejo de los faros. Me sorprende la boca sin maquillaje.

Da un paso hacia el costado,  y me ve.  Como si lo hubiera adivinado, como si realmente mi deseo penetrara su pensamiento, detiene sus ojos en mí.

—Te acompaño —digo frente a ella, acepta. Un perfume fresco me sube por la nariz.

Caminamos hasta un bar, entramos. Estiro el brazo para acercarle la silla.

—No nos presentamos —digo. Ella sonríe.

—Ya nos vimos —responde, y me parece la verdad más absoluta.

El reloj del bar marca la hora en que la voz de Sandra se vuelve riego sobre las plantas del jardín,  pero llueve, no hace falta regar las plantas, mejor arreglo el placard, El mozo coloca los pocillos sobre la mesa.

Ella ladea la cabeza, mira hacia la ventana.

—Me gustan los silencios que tiene el sur, son los que cuentan todo —dice.

Inesperadamente, el bar me parece desierto, hasta el sonsonete de la lluvia se me antoja detenido.

—¿Salimos? —propone, se levanta del asiento, se cuelga la cartera al hombro.

En la calle, ofrezco tomar un taxi porque la llovizna continúa. Se opone, y seguimos por la vereda, pegados a las medianeras de las casas. En la esquina doblamos.

Me acerco a la recepción mientras ella espera en un sofá tapizado de pana.

Le cedo el paso, ella misma atenúa la luz y elige la música. Se sienta en el borde de una otomana, un detalle ínfimo, al cruzar las piernas,  me invita a acercarme.

Desprendo su blusa. La piel clara de los senos me agita la mano y la llevo bajo el corpiño negro que los cubre. La beso. Cómplices, vamos despojándonos de la ropa. Paso los dedos sobre el temblor de su vientre, los deslizo hacia los muslos. Con suavidad, arqueándose, me desplaza hacia ella. Palpitando, siento mi fuerza sobre su pubis. Ella, presiona la rodilla en torno a mi espalda. Cubriéndola, me explayo sobre un canal tibio. La beso, esta vez, apretado a su estertor.

Poco a poco, la música vuelve a llenar el cuarto. Ella se incorpora, el pelo rubio resbala sobre el cuello. Me parece más delgada.

Con pudor, dejo dinero debajo de su cartera. Tras un gesto simple, lo guarda.

En el palier, propongo vernos otra vez.

—Dejalo al azar —se adelanta para darme un beso ligero —, el sur es misterioso —responde.

Atraviesa una cochera, y sale a la calle. No la sigo, me quedo estático, de pie en el lugar, como si ese proceder fuera lo natural.

Regreso por la avenida, la lluvia ha dejado un satén arrugado sobre el pavimento.

¿Sos vos? pregunta la voz de Sandra desde el dormitorio, apenas retiro la llave de la cerradura.

A esa hora, la voz de Sandra, melancólica como si fuera parte de la penumbra que cierra el día, se agrisa. Después, la voz avanza hasta el living y se mete en la cocina, en unos minutos comemos, no andes de un lado a otro desordenando, mejor vení… me apura. Entro, un olor a almíbar empalaga el lugar. Miro la torta encima del aparador.

Sentado a la mesa, la oigo masticar, traga, y adivino que ya llega toda su voz, atropellada, impaciente, detrás del bocado que  le ocupa la boca.

… veinticuatro años, dice, estira la mano para tomar el vaso, no me negarás que duramos la voz de Sandra se levanta Ah, pero el año que viene, tengo otra idea…, el año que viene lo festejamos en un salón  asegura y se sumerge en la pileta, y se vuelve líquida y resbala sobre los platos.

La voz de Sandra se encierra en el baño, medita ante el espejo y luego pasa al dormitorio, entre las sábanas se convierte en rechazo.

Ocupo mi costado de la cama, y brindamos y cortamos la torta, dice, ajena, la voz de Sandra  antes de apagar el velador.

Percibo un tenue suspiro, sé que va a llegar la respiración acompasada de su voz en medio de la oscuridad del cuarto; pero, la lluvia se vuelve más intensa y ahoga la voz de Sandra; una luz roja la detiene, cruzo la avenida, veo la silueta delgada, el pelo rubio. Ella levanta la cabeza, y su boca sin maquillaje, me promete todos los silencios.

——

Cuento del libro “Las amantes son rubias“, de Marita Rodríguez-Cazaux

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5 Respuestas a “Las amantes son rubias: “La voz”

  1. Buen cuento. Puedo verlo como una película en la pantalla. Saludo cordial a los Irreverentes.

  2. Como todos tus cuentos, tiene un costado del análisis obligado. Me gusta.

  3. Cuánto expresan las palabras no dichas… Para analizar desde todos los ángulos. Exquisito, como siempre.

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