Brindis, bromas y bramidos: “Decembrinos” (FINAL)

Fernando Morote

Bebé

LUCAS

En un acto precipitado, urgente pero silencioso, el minúsculo cuerpo es arrancado con brusquedad del vientre materno. Lo envuelven en una manta, salpicado todavía de sangre, y me lo muestran recién nacido.

—Bienvenido, Lucas —sonrío.

El segundo varoncito. Lo que tanto habíamos deseado y pedido. La respuesta a nuestras oraciones y el fruto de nuestras peregrinaciones al santuario de Sor Teresa de los Andes. El resultado de nuestros ejercicios sexuales, firmemente alentados por el doctor Celi, intentando las posiciones más acrobáticas y ensayando los descansos menos convencionales para ayudar a la inseminación del útero.

—Olvídate de los calambres, muchacha.

El sexo sistemático pierde espontaneidad y diluye la emoción. Pero estamos decididos. Debemos mantenernos alertas todo el tiempo. Viajamos a Chincha para un retiro estratégico y la  encerrona final en el primer hotel que encontremos. Quizás la soledad, la brisa marina, puedan servir de estímulo e inspiración. Ahí vamos. Uno, dos, tres al hilo. Por la mañana. A la carga de nuevo por la tarde. No respiramos ni un instante. Qué energía. Polacos de toda clase. Matiné, vermouth y noche.

Volvemos a Lima. Asistimos a las reuniones de Bodas de Caná, la comunidad de matrimonios católicos que tan generosamente nos recomendó el tío Crisólogo. Dejamos que nuestros compañeros rueguen a la Virgen por nosotros. No en vano hemos derramado tantas lágrimas, desnudos, abrazados en la cama, después de hacer el amor, para tomar esta decisión. Es la luminosa culminación de un proceso duro, plagado de dudas, temores, angustias y penas típicas de una pareja principiante.

Lucas no llora. Las enfermeras y los asistentes corren de un lado para otro trayendo bandejas con instrumentos, aparatos y camillas. El ajetreo revela algo que no alcanzo a comprender. Los ojos del doctor Celi me asustan.

Cuando salimos hacia la clínica, a las ocho de la mañana, para el control mensual, no esperaba participar en un evento de esta magnitud. Los vómitos y mareos de Cristina forman parte natural de su condición. La presencia de fibromas y placenta previa la expone a un embarazo de alto riesgo, pero aún está lejos del tiempo para salir fuera de cuenta.

El doctor Celi revisa su historia clínica. Luego, de pie junto a la ventana de su consultorio, que deja ver un exuberante roble detrás de él, le examina la panza.

—¿Sientes dolor? —le pregunta.

—No, doctor.

El Dr. Celi aprieta un poco más la zona baja del estómago. Cristina se contrae y retuerce.

—Tenemos que internarla —me dice.

Por la expresión en su rostro me doy cuenta de que no está bromeando.

—¿Cree que pueda venir el bebe? —pregunto.

—No me sorprendería.

Cristina se alarma.

—¿Otra vez? —pregunta.

Enfundado en una desechable bata celeste, observo todo desde mi esquina del quirófano. Cierro los ojos. Prefiero no ver. De otro modo, van a tener que atenderme a mí antes que a ella. Rezo. Minutos después, una de las enfermeras viene para decirme que puedo acercarme.

El doctor Celi tiene a Lucas tomado de los pies, su cabeza colgando hacia el piso. Le palmotea las nalgas. Lucas no responde. El doctor Celi vuelve a pegarle, un poco más fuerte esta vez. Tampoco responde.

—¿Qué pasa, Lucas?

El doctor Celi me mira consternado. El sudor resplandece en su frente por encima de la mascarilla. Dice algo que no comprendo a otra de las enfermeras, quien se retira apurada. Acomoda a Lucas sobre la camilla. Los segundos se hacen eternos. La enfermera regresa corriendo, empujando una mesita rodante de metal con una pequeña máquina rectangular encima. El doctor Celi hace una indicación con las manos. La enfermera toma a Lucas de las extremidades y el ginecólogo le coloca la máscara de plástico en la nariz. Lucas sigue sin responder. El doctor Celi realiza un movimiento agitado con la mano. Le traen inmediatamente otra máquina. Se trata ahora de una especie de plancha que coloca sobre el pecho de Lucas. Hace presión. Una vez, dos, tres veces. Lucas parece reaccionar. Otra vez. 1-2-3. Los ojos de la enfermera recuperan el brillo al observar el monitor que pende de un gancho al lado de la camilla. El doctor Celi vuelve a la carga sobre el pecho de Lucas. Por fin sale un ruido de su garganta. Algo similar a un grito. ¿Un llanto? No tan fuerte como el mío, que casi me desplomo sobre el suelo. Uno de los asistentes viene a cogerme de los hombros. Mis piernas son una gelatina. Todo mi cuerpo tiembla.

El doctor Celi respira aliviado. Baja la mascarilla de sus labios.

—¡Felicidades, hombre!

Me cuenta que el líquido amniótico en los pulmones del bebé pudo haber sido fatal. Por eso el ajetreo, la urgencia, las máquinas. La siguiente parada es la sala de cuidados intensivos.

—Sólo para tenerlo en observación y asegurarnos de que sus signos vitales se estabilicen.

—Lo que usted diga, doctor.

¿Cómo enfrentar ahora a la familia? Las noticias sobre la llegada del nuevo milenio no distraen a ninguno. Cristina, en su cuarto lleno de flores y globos dando la bienvenida al recién nacido, sigue medio desmayada. Me entero además que la epidural negligentemente aplicada contribuyó a la crisis durante la cesárea.

—¿Y? —preguntan todos, al verme entrar— ¿Lucas está bien?

Allí están mi mamá, mi hermana, mis suegros y mis cuñados.

—Sí, está bien, gracias a Dios. Pero…

Mi mamá se levanta de su silla, mi suegra se coge el corazón.

—Hay una cosita.

Mi suegro me mira arrebatado. Mi hermana quiere saber si hay alguna atrofia. Mi cuñada indaga sobre una posible secuela.

—No hay motivo de pánico —digo para calmarlos.

—¿Entonces? —el coro de la parroquia no podría haber superado ese canto.

—No es Lucas —respondo.

—¿Cómo? —chilla mi suegro.

Las mujeres boquiabiertas, aterrorizadas.

—No es Lucas —recalco.

—Cómo es eso, hijo —interviene mi madre, con una compasión infinita.

—Cuando me pidieron que dejara la sala de operaciones, fui a cambiarme en el vestidor. Entonces vino una enfermera y me dijo que debía ir a la oficina de obstetricia a registrar el nacimiento. Ella me acompañó para mostrarme el camino. Subimos al ascensor. En el trayecto vine hablándole del nombre que pensábamos ponerle al bebe y la forma cómo lo habíamos elegido. No entendía por qué ella se reía todo el tiempo. Entonces nos detuvimos en la estación de enfermeras. Cogió un tablero para escribir algunos datos sobre una hoja. “¿Necesita el nombre completo?”, le pregunté. Me contestó que sí, pero en la oficina, no allí. “Lucas Morote”, le dije de todos modos. Volvió a sonreír. Me miraba de un modo extraño. Continuamos el recorrido. La oficina de obstetricia estaba al final de un largo pasillo. Le dicté el nombre a otra enfermera sentada detrás de un escritorio. La que venía conmigo trató de detenerme: “Espere, señor”, dijo. “¿Escribió el nombre correctamente, señorita?”, insistí a la del escritorio. “¿Cómo dice, señor?”, me preguntó. “Lucas”, le dije de nuevo. “¿Acaso no me entiende? Vengo hablando de Lucas desde el principio. ¿Cuántas veces debo repetirlo?” “No se preocupe tanto, señor –dijo la que vino conmigo-. Sólo va a tener que buscar otro nombre”. “¿Qué dice?”, le pregunté. “¿Otro nombre? ¿Por qué?”

El auditorio familiar me mira estupefacto.

—Termina, hombre, termina… —apura uno de mis cuñados.

—Es mujer —confieso.

—¿Qué? —mi suegra no puede creerlo.

—¿No sabes reconocer entre un hombre y una mujer? —desafía cachaciento mi suegro.

—Estaba muy nervioso. Cuando me mostraron al bebe en la sala de operaciones lo tenían cubierto con un pañal o algo…

—¿Acaso no lo viste calato?

—Sólo un ratito, pero con la ansiedad me confundí. Quizás me pareció que el cordón umbilical era su pene…

Los ceños acusadores indican inequívocamente que los miembros presentes de la familia me consideran un estúpido. Lo acepto. Pasó todo tan rápido. Mi principal preocupación, en ese momento, era que Lucas (es tan preciosa que se llamará Belén) estuviera vivo. De cualquier manera la experiencia constituye el presagio de una verdad irrefutable: no he nacido para ser padre.

Felizmente Cristina aún duerme.

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