La conversión

Estefanía Farias Martínez

Ramón

   El día que Ramón compró la moto, el dueño, un portugués al que le faltaba una mano, no hacía más que llorar. Repetía una y otra vez: ¨minha garota vermelha, minha garota vermelha,…¨ La espectacular Kawasaki roja le había costado la mano, pero era su mujer, su compañera. Años más tarde él hizo la misma escena al ver como se la llevaban. Aquella preciosa criatura estaba maldita; a él le costó un pie a la altura del tobillo, pero también fue el amor de su vida. Por eso llamó al bar ¨Minha garota vermelha¨.

  Ese local era lo único que le quedaba. Antes del accidente era una promesa de la alta competición, dominaba a su chica como nadie. Sus suaves formas le volvían loco. Cuando corría eran uno solo, un cuerpo amoldándose al otro por completo. Nunca debió usarla fuera del circuito, pero era un recorrido corto y seguro. La moto no le falló, él no estaba borracho ni cansado: fue la pura mala suerte. El del camión llevaba demasiadas horas conduciendo y se durmió un instante; dio un volantazo, apenas le rozó, aunque por esquivarle chocó contra el quitamiedos y la sección del tobillo fue instantánea; la sangre salía a borbotones, escarlata y brillante, como pintura acrílica; su pie, a medio metro, solitario, cercenado, grotesco; un trozo de carne rellenando la bota y jirones del mono negro colgando; él tirado en la carretera, intentando incorporarse y levantar la moto; el pie parecía de otro, ni siquiera le dolía. En el hospital, al despertar, su padre le dio la noticia tras un breve comentario dirigido a su madre, que no paraba de gimotear: ¨Mejor darle el mal rato ahora, luego será peor¨. Él hizo la típica escena de mutilado histérico, le tuvieron que sujetar entre tres y le incrustaron una aguja hipodérmica en el brazo, otra vez a dormir. Soñó que una cucaracha enorme le arrancaba la cabeza y la escupía sobre el asfalto de aquella carretera, luego el vacío. Sólo unos días más tarde su madre se obcecó con vender la moto, él ya no podría volver a utilizarla y ella no quería ni verla. Todavía confuso por la medicación, no puso objeciones, aunque el día que se la llevaron fue a despedirse de ella.  Acabó en manos de un gañán del barrio que no la sacaba del garaje.

   Ahora vivía encima del bar, en un cuartucho infame enmoquetado en gris, con los muebles imprescindibles y una sola ventana que daba a un callejón. Sólo subía a dormir, siempre borracho, y la mayoría de los días amanecía en el sofá con la espalda retorcida y la cabeza tan llena de alcohol que le pesaba. Cómo le costaba arrastrarse hasta la ducha, aunque el agua helada hacía verdaderos milagros.

    Se puso aquella mierda de prótesis para no depender de nadie, pero rechinaba demasiado y le ponía de mal humor. Sobrio no soportaba el ruido del tráfico, ni la música, ni las voces; por eso la puerta del bar tenía doble cristal igual que las ventanas, por eso empezaba a beber a media mañana. Desde hacía unos meses tenía tres habituales, dos mujeres y un hombre, sólo pedían café y pasaban horas en silencio. Eran una clientela ideal. Aquel día había amanecido nublado y empezó a nevar poco después de la llegada de aquellos tres, una hora más tarde la nevada ya era copiosa y el viento muy fuerte.

  María entró en el bar buscando refugio. Un silencio demoledor, sólo perturbado por un leve quejido metálico que procedía de la barra, la abofeteó. Ramón se giró al oírla entrar, parecía la cucaracha de su sueño, toda de negro, muy fúnebre, abrigo largo, falda de tubo hasta los tobillos, medias gruesas, zapatos de vieja. Ella avanzó con paso seguro, sus tacones cuadrados hacían retumbar la madera que cubría el suelo del local como si se tratara de un tambor plano, golpes secos y constantes. Se paró súbitamente junto a la primera mesa. Observó el aspecto de la chica que estaba sentada allí y le pareció perfecta para iniciar su recorrido. Delgada, de piernas largas, melena rubia brillante, afanada en la lectura de Las uvas de la ira. Una mujer cultivada y segura de sí misma, de ahí su gesto indiferente. Con un atuendo discreto: vaqueros, camiseta holgada y deportivas. Probablemente de una espiritualidad por descubrir, sus manos blancas con las uñas al ras de las yemas le decían que no era una frívola. Se sentó y le pidió un café al camarero. La chica levantó la cabeza de su lectura y sonrió. Tenía unos ojos enormes, verdes y muy abiertos, una frente lisa y estrecha como un carril de bicicletas y una nariz curva, puntiaguda.

-¿Necesita algo?- le preguntó

-Quería hablar con usted de algo muy importante que la va a interesar- respondió María con un tono meloso.

-Anda, usted es una de las de los folletitos

-¿Cómo dice?

-En mi edificio tenía una amiga que era como usted

-¿De verdad?

-Sí, un día vino a hablarme de eso tan importante y la invité a un café. Acabamos hablando de mí. Fue divertido. Volvió un par de veces hasta que dejó de venir.

-¿Por qué?

-No lo sé. Se cansó supongo.

-Que desconsiderada

-Tampoco diga eso, se debió aburrir.

-¿Llegaron a hablar de lo que pone en los folletos?

-No, los tengo en casa. Me dio como ocho. Todavía no he tenido tiempo para echarles un vistazo.

-Si quiere yo le cuento de que van.

-Primero deberíamos conocernos un poco ¿No creé?

-Claro, que maleducada. Me llamo María.

-Alejandra. ¿Es de aquí?, de la ciudad me refiero. Yo no. Soy de un pueblo del norte. Soy huérfana. Cuando se murieron mis padres, como no me quedaba familia allí, que yo sepa, me vine a la ciudad.

-Yo sí soy de aquí. Este folleto va sobre el reino…

-¿En qué trabaja? Yo soy paseadora de perros y eso que me dan alergia, me producen urticaria y asma. También soy planchadora de sábanas, no crea no es mal oficio con mis manías. No soporto las arrugas, me dan nauseas. Los encargos me los hacen hoteles, me traen sacas llenas de sábanas hechas un burruño y me paso noches sin dormir hasta que quedan lisas y perfectas, pagan bien, al principio me costaba cumplir los plazos, aunque fueron muy amables y ahora no tienen queja. Por cierto, ¿Usted tiene algún defecto?

-Supongo que muchos pero…

-Yo desde pequeña tengo un problema en los ojos, están desajustados: uno ve de cerca y otro de lejos pero no son capaces de funcionar  a la vez, cuando uno está activo el otro se desenchufa. Veo en dos dimensiones no en tres como los demás. Para bajar escaleras o subirlas cuento los escalones, no calculo la altura ni la distancia de los obstáculos con los que me encuentro y siempre choco con todo,  por ejemplo, cada vez que vengo aquí me estampo contra esa puerta, por eso me siento en esta mesa. Mi oculista encontró una solución, según él perfecta, pero me hacía parecer una nueva versión de Polifemo, porque uno de los cristales era tan grueso que ese ojo se volvía diminuto, así que no las uso.  ¿A que no se me nota nada?

-Que va

-Además, veo tan bien de cerca que es como si llevara una lupa puesta, distingo las arrugas incipientes en la cara de la gente, como esas patas de gallo que se tiene que empezar a cuidar, ya se marcan bastante.

-¿Está segura? Me dijeron que apenas se notaban.

-El maquillaje no las tapa. Y con las cicatrices del acné pasa lo mismo, ya debería estar usando cremas mejores, esas le dejan un brillo grasiento que no la favorece en absoluto. Y debería hacerse una limpieza de cutis tiene muchos poros negros. También debería volver a teñirse el pelo, las canas se le empiezan a notar. Y esa permanente está muy desigual. Parece que el camarero no le ha traído todavía el café ¿Quiere que le llame? ¿Qué quería contarme?

– Ya se lo pediré yo misma. No la interrumpo más.

María se levantó, se acercó a la barra y preguntó por el baño. Ramón la miró sonriendo, estaba descompuesta, todo el temple con el que cruzó la puerta había desaparecido. La chica de la mesa 1 era un verdadero genio. Con un bufido y un gesto de la mano le indicó que se metiera por el pasillo del fondo. Allí sólo había dos puertas, la del cuarto privado y la de los servicios, muy burra tendría que ser para equivocarse.

 —

  Pasaron diez minutos antes de que la pobre mujer volviera al bar. Ramón sí se fijo ahora en aquella cara de neumático abollado, volvía con el abrigo en la mano y andando muy despacio, midiendo sus pasos. Él la llamó para avisar que su café estaba listo, sobre la barra, y ella se acercó a recogerlo esquivando la mirada afectuosa de Alejandra

-Se ha dejado el folleto.

-No se preocupe, tengo más.

-Lo guardaré con los otros y lo leeré cuando tenga tiempo.

 —

   María echó un vistazo a su alrededor, frente a ella, en la mesa del centro, una chica cabizbaja que no apartaba los ojos de su taza, removiendo suavemente el café, concentrada en las ondas que se formaban. Era muy diferente a Alejandra, más gordita y voluptuosa, de corta estatura. Manos de palma ancha, rojizas, dedos gruesos. Vestida con camisa blanca y un traje de chaqueta rojo con falda por la rodilla. Parecía el uniforme de un supermercado. Pantorrillas de Betty Boop, zapatos de tacón de aguja blancos y medias claras, pendientes de perlas. Coqueta y resultona pero sin ser excesiva. No podía verle la cara sólo ese pelo ondulado de un caoba indefinido cayéndole sobre los ojos, teñido en casa. Parecía una red de camuflaje distribuida a propósito sobre el rostro. Probablemente no leía demasiado, tampoco parecía muy comunicativa o tal vez tenía algún problema, sería más fácil de abordar. Sin preguntar se sentó a la mesa con su café.

-¿Le importa? No me gusta sentarme sola.

-Es que…..

-No se preocupe no la voy a molestar. Me llamo María.

-Silvia.

-Sólo quería entregarle este folleto y si lo ojea podemos hablar un rato si quiere

-No estoy interesada- le dijo Silvia en un tono apenas audible

-Ni siquiera lo ha mirado. ¿Le pasa algo?

Silvia levantó la cabeza para poder deshacerse de la extraña de una forma más educada. Sus pequeños ojos negros se dilataron por completo al ver los globos oculares de María intentando escaparse de su cara, como si se tratara del coyote de los dibujos animados viendo un yunque caer sobre él.

-¿De verdad está bien? la noto alterada- la cabeza de la extraña estaba empezando a tomar la forma de un globo aerostático.

-Estoy bien, solo un poco cansada- contestó Silvia casi temblando.

-Me preocupa- María apoyó la mano en su hombro y Silvia observó aterrada aquellos dedos que parecían lombrices rollizas y oscuras estirándose y estirándose.

-No me toque, por favor-una súplica en voz alta, un quejido agudo que ahogó en ese mismo instante.

María apartó la mano consternada.

-Perdóneme- volvió a decir Silvia- No soporto que me toquen, que me hablen, que me miren, ni que se me acerquen. No es culpa suya, es mi problema. Por eso elijo esta mesa, es un lugar estratégico, con las ventanas a mi espalda y la barra enfrente. Como soy bajita, no alcanzo a ver al camarero y además la puerta me pilla de lado, si soy cuidadosa puedo pasar horas sin tener contacto con nadie, sólo me perturban las piernas del camarero si se acerca demasiado. Creo que se expanden a lo ancho y a lo alto hasta quedar mi cabeza a la altura de sus rodillas, es terrorífico.

-¿No ha consultado a un médico?

-Para que me diga que todo está en mi cabeza, eso lo sé.

-Pero podría ayudarla

-No me puede ayudar nadie. No se imagina el infierno que es salir de casa por las mañanas y tomar el autobús para ir a trabajar. Al resto de los pasajeros ni les miro, me coloco muy cerca de la puerta para bajar la primera, aguanto empujones, insultos, pero no me giro nunca. Trabajo en el almacén de un supermercado, allí todo es normal, puedo pensar, no paso miedo ni me confundo, siempre estoy sola y tranquila, llego la primera y me voy la última, no veo a nadie, me mandan el cheque a casa cada mes.

-¿No tiene familia?

– Como si no la tuviera, vivo sola, muy cerca de aquí. Me tuve que trasladar a esta parte de la ciudad después del incidente. Salí de casa de noche, cogí un taxi y sólo le pedí al conductor que me llevara lo más lejos que pudiera. Me dejó en este barrio. Era un señor mayor, muy callado, y no hizo preguntas. Claudio no me buscó, mis padres tampoco. La humillación a la que les sometí no me la perdonarán jamás. Pero ya no pruebo el alcohol.

Aunque María se moría por saber cuál fue el incidente que la volvió tan inestable, se mordió la lengua.

 —

Ramón encendió la radio. En todas las emisoras la misma noticia: un temporal de nieve había dejado la ciudad con cortes de energía y se recomendaba que nadie saliera de donde estuviera, la ventisca era fuerte y hasta medio metro de nieve se acumulaba en algunas zonas. Él se acercó a la puerta para constatar lo evidente, estaban atrapados dentro del local. Desde la barra advirtió a los clientes de la situación y para tranquilizarles les explicó que tenía un generador de emergencia. Allí estarían bien hasta que limpiaran las calles. Intentó ser cordial pero le fastidiaba tener que cargar con aquellos cuatro lastres y perderse una noche de jueves tan especial como aquella. Tenía comprometido el reservado y el viejo vendría esta vez con propina y de las suculentas, tenía muy buen gusto.

 —

Silvia, que parecía más calmada empezó a temblar de nuevo.

-¿Ahora qué le ocurre?-la interrogó María

-También siento pánico de los espacios reducidos, de los amplios, de las alturas, de las profundidades, de la oscuridad y del exceso de luz. Voy a entrar en shock, ¡Voy a entrar en shock! No me puedo quedar encerrada aquí con gente- esta vez sí había subido la voz mucho, todos la oían y el camarero se acercó con prisa.

-Beba esto, se sentirá mejor

-¿Qué es?-preguntó María

-Un calmante, verá como funciona. Los ataques de histeria hay que controlarlos en el acto. He visto muchos.

Silvia se apuró el vaso de un trago y se empezó a tranquilizar. Pero también a sonreír, se apartó el pelo de la cara y, coqueteando con el camarero, le dio las gracias. Él las dejó solas y de camino a la barra empezó a pensar que a lo mejor no iba a ser tan aburrida la noche.

Silvia, transformada, miraba a María con descaro

-¿No le habrá dado nada con alcohol verdad?- preguntó al camarero de lejos

-¿Qué quería que le diera? Una tila- le contestó riéndose a carcajadas

-Esta mujer no puede beber alcohol

-¿Y usted por qué se mete? ¿Quién se cree que es?- intervino Silvia-¿No vino a endosarme el rollo del reino como a la otra? Llévese su folleto que a mí no me interesa, no soy tan educada como la torpe. Y no se deje el café.

María se levantó aturdida, recogió su taza y se dirigió a la mesa del fondo. Era su última oportunidad de completar el cupo. Sólo necesitaba uno y aquel camarero mal encarado que tenía un lupanar en la parte trasera no parecía ser opción posible.

 —

En el rincón más privado del local, alejado de miradas indiscretas, estaba sentado un chico que no pasaba de los treinta. Un cuerpo bien definido y estilizado que se adivinaba a pesar de lo descuidado de su atuendo. Una sombra enterrada en papeles, que sólo usaba una mano y mantenía la otra inmóvil, pegada al cuerpo, como si ese brazo tuviera alguna anomalía. Sus rizos rubios se desparramaban por lo laterales de su cabeza y unos pabellones auditivos despegados y firmes atravesaban la cascada.  Su aspecto taciturno la hizo pensar que se trataba de un chupatintas cualquiera, un don nadie, con escasas habilidades sociales y perfectamente dispuesto a disfrutar de la compañía y la conversación de una mujer discreta y considerada. A diferencia de las otras dos éste parecía tranquilo y lo peor que podía pasar es que la rechazara amablemente.

-¿Le importa si me siento? No me gusta tomar café sola

-Como quiera- dijo él, sin levantar la cabeza

-Me llamo María

-Simón

-Probablemente esté muy ocupado pero me haría un gran favor si me prestara atención por un instante.

-Claro ¿Qué necesita?

-¿Usted cree en Dios?

-No. O tal vez sí, aunque no me llevo bien con él

-¿Y eso por qué?

-¿No ha visto lo que me hizo?

-Lo dice por su brazo

-¿Se ha fijado? Como todo el mundo. Por lo menos no me mira con pena, ni con asco

-Por dios, ¡Cómo iba a hacer eso!, bastante tiene con su desgracia

-Le parezco un inútil ¿Verdad?- Simón subió la voz irritado

-No era mi intención molestarle- se disculpaba ella, hundiendo la cabeza entre los hombros, abochornada por su falta de tacto.

-Tranquila, es que mi trabajo me tiene muy alterado. Soy corrector de textos. Se me dan bien las palabras, siempre me han dicho que soy un genio de los sinónimos y los antónimos, pero no soy bueno ordenándolas. También soy un maestro de la puntuación. Este trabajo es frustrante, sobre todo en días como hoy. Vengo de hablar con el autor, bueno, de oír vociferar a ese tirano, un escritor de libros de autoayuda. Exige demasiado, controla cada corrección, como si supiera de lo que está hablando, encima se indigna porque intenté hacer unos ajustes a esas malditas frases ilegibles, demasiado largas e intrincadas. Se puso como loco. ¨Qué alteraba el sentido original del texto¨, decía. ¡Qué sentido! Si son imposibles de entender. Él dice que un libro de autoayuda sencillo lo escribe cualquiera, pero si el público tiene que romperse la cabeza para saber de qué estas hablando entonces piensa que eres todo un experto en la materia. Menos mal que hará como todos, se atribuirá mi trabajo y no me incluirá en los agradecimientos, manteniendo mi reputación intacta. Aún así no es mal oficio teniendo en cuenta mi discapacidad.

-¿Qué le pasó?

– No recuerdo cómo lo perdí. Fue hace dos años. Era músico. Tocaba el violín y era bueno, aunque demasiado mayor para ser una joven promesa. Me presentaba a todos los concursos de interpretación que encontraba y siempre quedaba entre los finalistas. Acababa ganando un niño prodigio porque tocaba igual que yo pero tenía diez años menos, de ahí el prodigio. Con 26 años era viejo y tuve una crisis tras otra. Un día desperté en mi cama, me habían traído del hospital. Nadie me quiso decir por qué estaban tan nerviosos, no hizo falta. Sentía el brazo, aunque sabía que me lo habían amputado a la altura del bíceps. Luego leí sobre el tema, el trauma hace que sigas sintiendo el miembro faltante durante mucho tiempo. Sin embargo, ese día, mi familia intentaba animarme convenciéndome de que todo era normal. ¿Cómo podía serlo? Un violinista con un solo brazo está muerto. Querían que me mirara al espejo para que fuera consciente de que era una alucinación. Era una crueldad por su parte, someterme a semejante humillación. Insistían tanto que abandoné mi casa sólo una semana más tarde, me trasladé a este barrio. Llegué a plantearme la idea de ponerme una prótesis, aunque la deseché rápidamente. Me hicieron ir a un psiquiatra, nunca supe muy bien con qué intención, porque en cuanto llegué a la consulta resultó estar tan loco como mi familia, todos negaban una evidencia que yo ya había asumido. Después de la primera sesión no volví.

-No lo entiendo.

-¿Qué no entiende?

-Usted no ha perdido el brazo-María alargó la mano para tocarle la extremidad que no estaba ausente y recibió un fuerte manotazo inesperado de una mano femenina

-¿Qué hace? ¿Está loca?- Silvia apareció de improviso truncando su acercamiento

-Yo solo quería…

-¡Déjele en paz! ¡Váyase de aquí!- el tono agresivo y dominante en la voz de Silvia hizo sentir a María avergonzada y culpable por importunar a Simón.

Se levantó inmediatamente, se dejó el café, los folletos, el abrigo y el bolso en aquella mesa. De pie observaba a Silvia desenvolviéndose como una boa, enroscándose en torno al chico, exuberante y seductora, arrullándole con palabras amables y encandilándole con sus formas voluptuosas.

Rescató sus cosas todo lo discretamente que pudo, disculpándose continuamente, pero ellos ni la escuchaban. Se sentó en la barra, como si fuera su último refugio posible, y Ramón la recibió con un gesto obsceno mientras susurraba

-El alcohol cura todas las histerias y despierta de las inhibiciones. No fue tan mala idea que esa loca se metiera un copazo. Por lo menos el del rincón lo va a disfrutar. María ignoró el comentario. Absorta en su propio fracaso. Había elegido precisamente aquel bar con letrero en portugués con la esperanza de que fuera refugio de emigrantes lamentándose por su suerte: el público ideal para escuchar sus enseñanzas. Sin embargo, ese día, su capacidad de deducción la había traicionado muchas veces. Ahora estaba encerrada con aquellos tres locos y un camarero pervertido. Guardó los folletos dentro del bolso, dando por perdida la jornada.

-¿No va a intentar predicar conmigo? Lo mismo hasta me convierte

Aquello fue la puntilla, sintió el impulso incontrolable de aplastarle la cabeza contra la barra y aquellos ojos que le calcinaban excitaron muchísimo a Ramón. Ella dejó el bolso y el abrigo en la banqueta y se fue camino del baño, necesitaba mojarse la cara o respirar, empezaba a sentir claustrofobia en aquel lugar. Él la vio alejarse por el pasillo, los de la mesa 7 estaban muy ocupados, la otra dormida, tenía vía libre. Se deslizó hasta el cuarto privado y esperó agazapado. Cuando María pasó junto a la puerta no le dio tiempo a reaccionar, una mano gigantesca la agarró por la cintura, la arrastró al interior de la habitación y la empujó sobre el respaldo del sofá más cercano. Cerró la puerta y encendió la luz.

-Grita si quieres, la habitación está insonorizada

Ella se intentó girar pero aquella mano sólida como un martillo hacía presión sobre sus lumbares, obligándola a inclinarse en ángulo recto. Los dedos de la otra mano, rápidos y ágiles como insectos, le bajaron la cremallera de la falda y tardó un par de minutos en quitársela, con las medias no fue tan cuidadoso, las rasgó a tirones y su carcajada sonora, al ver aquellas bragas blancas, anchas y gastadas, fue humillante. Ninguno de los dos dijo una palabra. El chirrido de la prótesis se hizo más intenso cuando Ramón, sin molestarse en desnudarla del todo, se limitó a apartar la tela de su ropa interior y con los dedos llenos de saliva la manoseó; a pesar de que los mordiscos de su mano eran bruscos y casi violentos, el cuerpo de María reaccionó al instante. Le empezaron a temblar las piernas y casi se desmaya cuando Ramón clavó un dedo hasta el fondo de aquella cueva deshabitada. Todos sus músculos se contrajeron, apretó las nalgas y empujó hacia atrás el culo buscando piel. La sonrisa perversa en el rostro de Ramón no la vio pero sí sintió como el mástil de un velero de gran eslora le levantaba los pies del suelo de una estocada.

-Predica ahora, soy todo oídos- le decía mientras la empalaba sin descanso sujetándola fuertemente por las caderas.

María se agarraba al sofá y gemía y jadeaba enloquecida. Aquel animal se iba a ir directo al infierno pero la nevada había sido providencial. Estaba siendo el mejor polvo de su vida.

 —

Ramón se había dejado la radio encendida. La alerta había sido cancelada. Estaban limpiando las calles. Apenas diez minutos después de que abandonara la barra se abrió la puerta del bar y entró un hombre muy alto con un abrigo negro largo, aspecto de predicador protestante, gesto adusto y nervioso. Al pasar junto a Alejandra chocó con su silla y la chica se despertó.

-¿Está buscando a alguien?

-A mi compañera, es bajita, morena, con el pelo rizado, unos 40 años. La vi entrar aquí cuando empezó la tormenta.

-Ah, María

-Sí, ¿La conoce?

-Estuvimos charlando un rato, pero no la veo. Mire,  su bolso y su abrigo están ahí debe estar en el baño. Por ese pasillo del fondo.

-Muchas gracias

El hombre se quedó parado a la entrada del pasillo esperando, cinco minutos y no aparecía, así que preocupado avanzó despacio y unos ruidos extraños le llamaron la atención, chirridos fuertes y gruñidos, como si hubiera animales en alguna parte. No abrió la puerta por curiosidad, más bien alarmado, y la escena que se desarrollaba frente a él le resultó dantesca, sacada de cualquiera de aquellas representaciones de los tormentos del infierno: una bestia mutilada fornicando con la puta de Babilonia. Ella sacudía la cabeza y profería aullidos desconcertantes. Se quedó petrificado, no podía respirar, se llevó una mano al pecho y se desplomó junto a la puerta. El golpe seco del cuerpo al chocar contra el suelo retumbó por el local y Alejandra, Simón y Silvia corrieron a socorrer al extraño. Los cinco se congregaron entorno al cuerpo, Alejandra le tomó el pulso, certificando la defunción muy convencida, ninguno de los tres clientes prestó atención al aspecto de la pareja y se retiraron con calma dejándoles solos con el difunto. María se abrazaba a Ramón llorando, no podía volver a la comunidad. El que yacía inerte en el cuarto privado era el líder del grupo, su mentor, un hombre piadoso, casi un santo.

 —

-Podemos llamar a los servicios de emergencia y decir que le dio un infarto por culpa de la tormenta- sugirió Ramón mientras se ponía los pantalones.

-¿Tú crees?- preguntó María, colocándose la falda.

-Sí, no sería tan raro. ¿O quieres que les digamos como la palmó?

-Lo de la tormenta me parece bien.

-¿Te quedas a dormir?

-¿Si quieres? Me encantaría.

-Entonces voy a echar a esos tres y a llamar a emergencias.

Cogidos de la mano, haciéndose arrumacos, salieron del cuarto privado camino de la barra

-¿Me preparas una copa para que se me pase el susto?

-Claro, cariño.

———-

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