Brindis, bromas y bramidos: “Decembrinos” (I)

Fernando Morote

Orate II

EFECTO TELÚRICO

Si me preguntan, no tengo la menor idea de por qué nací en este lugar. Jamás me enteré si la construcción era vieja o nueva, la fachada bonita o fea, las habitaciones limpias o sucias. Mi madre siempre habló de él, pero nunca lo describió. Sólo repetía –sin cambiar una palabra- que el evento ocurrió a las cinco y media de la tarde de un día sábado.

—¿En qué lo puedo ayudar, señor?

Faltaba poco para que dieran las seis. Al sol le quedaba media hora de vida mientras yo trataba de reconocer algún vestigio que me ofreciera una pista.

—Señor —volvió a decir el tipo a través de la reja—, ¿puedo ayudarlo en algo?

¿Sería el portero? No vestía uniforme que lo identificara. Tenía la cabeza cónica y el pelo como mantequilla (no por el color sino por la grasa). El peso de su cuerpo destrozaba la horma de sus zapatos. De su cuello colgaba un pito de árbitro de fútbol. “Tiene que ser el portero”. Simple deducción de mi parte, basada en una libre interpretación de su aspecto exterior.

—¿Sabe si éste es el Hospital Belén? —pregunté, entre curioso y desconfiado.

De cualquier modo no creía que aquel vejete mal trajeado pudiera proveerme información válida.

—Lo fue hace muchos años, señor —el anciano trasladó sus manos cruzadas de la espalda hacia el abdomen.

—¿No lo es ya?

Mis intentos por encontrar algún rótulo que distinguiera la edificación fueron vanos.

—No, señor.

El portero se mostraba cauto en su mirada.

—¿Qué es entonces?

—Un asilo para orates, señor.

La negación me hizo cuestionar.

—¿Está seguro?

Mis defectos de carácter son como esas criaturas traicioneras que se mimetizan en el fondo del mar. Astutamente ocultas bajo la arena -parecen ni siquiera existir-, cuando alguien las pisa, descubre o amenaza, reaccionan automáticamente de manera letal.

—Trabajo aquí hace 18 años, señor.

Un joven campesino, con un gigantesco sombrero redondo de paja cubriéndole no sólo la cabeza sino toda la cara y un par de gastadas ojotas desollándole la piel de los pies, hizo su aparición justo detrás de mí arreando un lánguido y decrépito burro, cuyo largo, delgado y blanco pene era arrastrado sin timidez por la pista en tanto resoplaba exhausto por la carga de algarrobo que llevaba sobre el lomo.

Cruce de pensamientos.

A los 12 años visité por primera vez el solar donde Miguel Grau vivió cuando era niño. El lavatorio de mármol y la jarra de loza en el baño quedaron registrados en mi corazón para el resto de mi vida. Siendo ya adolescente, durante una excursión del colegio, trepé absorto de emoción las estrechas escaleras escarpadas que conducían al segundo piso de su casona colonial en el centro de Lima, de donde salió para dirigirse a lo que sería su último combate naval en Angamos. Su sable y uniforme de gala lucían en irreprochables condiciones. Finalmente, en una exposición de objetos pertenecientes al Huáscar, organizada por un museo de Miraflores, pude posar mi mano sobre uno de los proyectiles disparados por el ilustre navío. ¿Verdad histórica o truco publicitario? Difícil de creer. Imposible saber. Acabé llorando.

—¿Es el mismo edificio que cuando era el Hospital Belén?

—Casi todo. Sólo una parte fue demolida y reconstruida para acondicionar un nuevo pabellón.

La respuesta del viejo portero piurano explicó en un par de minutos la intriga de toda mi existencia.

—¿Usted es de aquí, señor?

Espera un momento. ¿Qué hace aquí la tía Celina? Va de paseo por la avenida principal de mi memoria con sus anteojos negros de gato, sus elegantes guantes blancos y sus finos zapatos de taco aguja. ¿Por qué? Ignórolo.

—Pásame los fideos, hijito.

Era tiempo de probar a la familia entera, reunida para el almuerzo en la mesa de la cocina, lo mucho que había crecido ese verano. Decidí hacer alarde de la fuerza que tenía ahora en mi brazo derecho. Sin levantarme de la silla, giré el torso hacia el aparador ubicado detrás de mí. Tomé el azafate con una sola mano. Estaba hirviendo. Casi se me quedan pegados los dedos al metal. Pero no era momento de mostrar cobardía. Soltar la bandeja, ponerme de pie y dirigirme a buscar un secador, para agarrarla por las asas con ambas manos, hubiera sido un acto de total mariconada. En vez de eso, la mantuve en vilo por unos segundos. Demostraciones de estoicismo han sido siempre mis favoritas. Sin embargo mis manos empezaron a temblar y la fuente a evidenciar cierta inclinación hacia las losetas del piso. El siguiente cuadro describió una maraña de tallarines envueltos en salsa de tomate cubriendo por lo menos cuatro de cinco dedos en cada pie de la tía Celina. Mi pulso fallido terminó quemándole las patas.

—¿Así que te gusta fumar, no?

¡No! ¡Tú también, tío Eusebio! ¿Qué es lo que quieren de mí?

—¿Te crees ya en edad de hacer cosas de grandes, no?

—No, tío. En serio.

—Entonces, ¿qué hacías encerrado tanto rato en el baño?

—Se me aflojó el estómago, tío.

—El estómago, ¿no? Qué gracioso. ¿Y todo ese humo que no llegó a salir por la ventana?

—No sé, tío. Yo encontré la ventana abierta.

El tío Eusebio estaba retirado de la Fuerza Aérea. Pero a sus años poseía una esbeltez colosal. Yo lo sentía dulce y temible a la vez.

—Muy bien —dijo—. Dejémonos de tonteras. Quieres fumar, ¿no?

Sabía que algo bueno venía para mí. Con un temor escondido en los ojos, acepté.

—Entonces vas a fumar conmigo. ¿Está bien? Tú y yo solos.

Esta vez mis ojos refulgieron de alegría. Aunque muy pronto cambiaron de color. El tío Eusebio sacó del bolsillo de su guayabera blanca una cajetilla de cigarros y la arrojó con desdén sobre la mesa.

—Son todos tuyos —me dijo, tirando ahora una cajita de fósforos.

Era un desafío, sin duda. Y con una clase de cigarros que nunca antes había yo probado: negros sin filtro.

—¿Vas a fumar o no? —insistió, ante mi súbita parálisis.

Azuzado por un secreto sentimiento de vergüenza (o amor propio, según como se vea), tomé el paquete y le quité el sello de seguridad. Extraje con torpeza un cigarrillo. Mis dedos temblaban. Seguí el mismo procedimiento con los fósforos. Raspé la lija y encendí el primero. El tío Eusebio observaba atentamente. La primera bocanada me dejó sin aire. Quise disimular, pero resultaba obvio que ese tabaco grueso me estaba rompiendo el pecho. Empecé a toser como un perro.

—Vamos, muchacho grande, sigue fumando.

El tío Eusebio se había acomodado bien en su silla para ver hasta dónde llegaba.

—¿Está bueno?

No llegué muy lejos. El humo me salía ya por las orejas y los ojos. No podía parar de toser. Se me escaparon algunos pedos a causa de la agitación.

—¿Qué pasó, hombre grande? ¿No era que querías fumar?

La tía Celina se acercó para salvarme la vida.

—Déjalo ya, viejo —dijo, como siempre, con su voz tierna—. Creo que ya entendió lo que quieres enseñarle.

Entre las arcadas que me convulsionaban el cuerpo entero sólo recuerdo ciertos gestos del tío Eusebio que, al parecer, aprovechó la coyuntura para lanzarme un sermón -según él- inolvidable. También llevo grabada en el alma la expresión de la tía Celina, quien -al escucharlo hablar de ese modo- tenía los ojos bañados en lágrimas. Tan grande era el respeto hacia su esposo, que sus mejillas tiritaban de admiración y le resultaba imposible disimular sus deseos de abrazarlo, besarlo y arrodillarse a sus pies para adorarlo.

—¡Papel! —grité con todas mis fuerzas.

Encontré imperiosa la necesidad de una decente actuación para ocultar mi pánico. Errol Flynn y su valiente tripulación en aquel bombardero B-27 tuvieron la suficiente habilidad para desencadenar un vértigo indomable en mi sistema digestivo. No fui capaz de resistir. Demasiado ruido de motores, demasiada sangre bajo las ametralladoras, demasiados muertos en los aviones. Demasiada oscuridad en el cine Variedades. La tía Celina y mis 4 primos estaban enganchados en la película y en sus bolsas de canchita. Algo tenía que hacer para escapar de la muerte. A pocos minutos de iniciada la función, mi estómago también entró en escena. El baño ha sido siempre la solución para mí. Lo que necesitaba era abandonar mi butaca cuanto antes. Pero tenía que atravesar toda la fila hasta ganar el pasillo. Sin poder evitar la molestia, empecé a pedir permiso uno por uno a mis vecinos. El espacio era sumamente estrecho. Me quedé atracado a mitad de camino. Alguien me asestó una patadita solapa para que avanzara, otro me dio un empujón bastante violento por la espalda. Yo también devolví uno que otro puntapié, incluso uno me salió de taquito. Tampoco reprimí un buen empellón sin disimulo cuando lo consideré justo. Me encaramé sobre el respaldar de los asientos, despeiné a los espectadores de la fila de adelante, provoqué un par de cabezazos involuntarios. Por último descargué sin querer un sófero caldo que impregnó el ambiente de un hedor abominable. Reconocí varios intentos de vómito entre los asistentes. Entonces me abracé a las cabeceras de los asientos delanteros, levanté una pierna tratando de trepar y abreviar la ruta de escape, pero en el intento sentí el fundillo aguadito, así que recogí mi extremidad y me arrastré a gatas hasta llegar al corredor. Exhalé la angustia contenida. Finalmente conquisté el baño. Detrás de mí quedó un rastro disuelto de caca que había chorreado en mi urgente recorrido. Una vez instalado solté abiertamente una explosión de excremento que se empotró en las oxidadas particiones de metal del excusado. Descubrí que no había papel higiénico en el rollo.

—En todo caso, tal vez sea yo uno de esos seres que siempre dijo que nunca iba a ser. Uno de aquéllos que en determinado momento de su vida desplegó con fervor su talento natural, entregando sin tregua su entusiasmo, atención y energía a una loable causa, jurando apasionadamente que jamás la abandonaría, sólo para encontrar luego de un tiempo (corto o largo) que tanto esfuerzo y sacrificio en verdad no valía la pena.

—¿Cómo dice, señor?

—Nada. Sólo vengo de visita a ver a la familia.

El anciano y resinoso portero me quedó mirando como si estuviera reconociendo en mí un nuevo y potencial paciente del hospital cuyo ingreso resguardaba.

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