Perlas de pasión

Noa Xireau

Perlas II

Contemplé sorprendido el largo collar de suaves y brillantes perlas dentro de la elegante cajita, enrollado bajo un pequeño mando que poseía poco más que una rueda de velocidad. Reconocería aquellas perlas en cualquier sitio, formaron parte de mi vida desde que fui poco más que un jovenzuelo de dieciséis años que empezó a esconderse junto a sus amigos entre los arbustos de la vecina para observar cómo se desvestía cada atardecer en una especie de sensual y fascinante ritual.

Me dejé caer sobre la cama. ¿Qué mensaje traía recibir ese regalo, esa joya cargada de morbosas memorias, hoy? ¿el día en el que Adela me convertiría en un hombre decente? ¿el día de mi boda?

Los recuerdos de mi vecina solterona, casi cuarentona y, para más inri, mi profesora de historia en el instituto, me asaltaron. Acudía cada día a clase con su larga falda de tubo, su blusa de blanco inmaculado, sus gafas de intelectual y, cómo no, su elegante collar de perlas. Fue pura casualidad que, mis compañeros y yo, descubriéramos que bajo aquella fachada de puritana sosa se escondía un cuerpo de pecado que usaba ropa interior de puta. Al menos en aquella época pensábamos que era de puta, porque nuestras madres no usaban nada por el estilo y tampoco las niñas a las que espiábamos a través de las ranuras de los vestuarios.

A partir de aquella tarde en que nos aventuramos en su jardín para vengarnos de nuestras malas notas, el ritual se convirtió en parte de mi rutina diaria, como lo era el cepillarme los dientes o hacerme una paja antes de acostarme. Pasaron semanas antes de que mi voyerismo juvenil se convirtiera en algo más gracias a aquella cadena de perlas. Fue la tarde en que mi amigo Paco me hizo mi primera mamada.

Sólo con cerrar los ojos aún puedo verla arrodillada allí, sobre la alfombra, gloriosamente desnuda, con aquel largo collar deslizándose rítmicamente entre sus muslos abiertos, rozando sus delicados pliegues con el vaivén de sus voluptuosas caderas. Su cabeza echada hacía atrás, con la rebelde melena escapándose del rígido moño que solía llevar, nos permitió contemplar hipnotizados su rostro transfigurándose por el éxtasis.

En un instante mi universo se redujo a ella, a esa mujer madura y apasionada, tan fuera de mi alcance. Allí mismo, en la parte trasera del jardín, apenas cubierto por los arbustos, me bajé los pantalones para masturbarme viéndola cabalgar hacia el orgasmo sobre su larga ristra de perlas. Su angelical grito me arrastró consigo hacia el placer y casi hasta la locura, cuando sentí sus etéreos dedos deslizándose sobre mi sensible verga, arrancándome espesos chorros blancos que casi podía ver resbalándose sobre sus firmes, redondeados senos y sus dulces labios entreabiertos. Volví en mí, con los dedos de Paco alrededor de mi aún duro miembro y fueron sus labios inseguros los que acepté en frustrada agonía.

 ¿Qué adolescente sería capaz, después de aquello, de asistir a sus clases sin rememorar una y otra vez sus exuberantes pechos desnudos, sus rosados y orgullosos pezones y el nácar de las perlas deslizándose por su cuerpo haciéndola jadear? ¡Yo no, desde luego!

Ahora, viéndolo en retrospectiva, supongo que sólo fue cuestión de tiempo que ella me descubriera desahogándome en el cuartito de la limpieza. Después de una de sus clases debió verme entrar, o quizás solo fuera casualidad. Nunca llegué a preguntar. Recuerdo su expresión de shock y la dilatación de sus oscuras pupilas cuando se paralizó en el umbral al pillarme con los vaqueros caídos, mi aliento brotando en bufidos entrecortados y mi mano moviéndose casi frenética sobre mi dolorida y rígida erección.

 —Señorita Garrido, ¿puedo ayudarla? —tronó la desagradable voz del conserje desde el pasillo, sobresaltándonos a ambos.

—Yo… –Turbada despegó la vista de mi verga para alzarla hacía mi enfebrecida mirada. Dando un fuerte tirón al collar hizo que decenas de pequeñas perlas se esparcieran saltando escandalosamente por el suelo—. ¡Oh! —exclamó entrecerrando la puerta tras ella, poniéndose a cuatro patas a recoger como desesperada las diminutas bolas.

Pensándolo bien, fui un gilipollas arriesgado pero, en aquel momento, verla sobre sus rodillas con ese culo redondo tan pedantemente dirigido hacia mí… me corrí y, cuando el chorro salió disparado por el hueco entreabierto para dirigirse a su empinado trasero, me seguí corriendo y tampoco pude parar cuando ella se giró alertada contemplándome con aquellos enormes ojos y su sensual boca entreabierta.

Solo puedo imaginarme cómo me vería ella en aquel instante, con el rostro contraído por el esfuerzo y las rodillas cediendo bajo mi peso, mientras mi semen salpicaba su sonrojada tez y regaba sus labios.

Tragué saliva cuando por fin me percaté de lo que había hecho. La miré horrorizado. Ahogado, vi cómo relamió sus escarchados labios y luego sus dedos recubiertos con los vestigios de mi delito. Me quedé allí escondido, en aquel diminuto y asfixiante cuartito, observándola recolectar las dichosas perlas, sintiéndome culpable y maravillosamente asombrado al mismo tiempo.

Reticente a perder el objeto de mis fantasías, me pasé aquella noche enfilando cuidadosamente todas y cada una de las nacaradas esferas que hallé en la papelera. Durante el fin de semana las disfruté una y otra vez, de todas las formas imaginables, sobre mi insaciable carne juvenil, imaginando lo que ella sentía al deslizarse las sedosas perlas por sus tiernos pliegues con aquel lujurioso masaje. Aun así, y a pesar de lo placentero, comprendí que sin ella las perlas habían perdido parte de su magia y acabé por devolverlas envueltas en terciopelo, abandonándolas ante su puerta.

A partir de aquella experiencia algo cambió. Jamás hablamos sobre ello, sólo compartimos miradas, pero las cortinas de su dormitorio –situado justo frente al mío–, nunca volvieron a cerrarse y yo jamás regresé a los arbustos.

Una anaranjada luz comenzó a bañar cálidamente su cama cada martes y jueves a las once, permitiéndome espiarla acariciándose sensualmente hasta alzar sus caderas en espasmódicas sacudidas, con sus dedos empapados hundidos entre sus muslos. Yo no podía menos que devolverle la misma cortesía y así, los miércoles y viernes, me masturbaba delante de la ventana, ajustándome al creciente vaivén de las cortinas en su oscura habitación para dejarme alcanzar por mi propio placer.

⨳⨳⨳

Unos meses después terminó el curso, ella dejó de ser mi profesora y yo cumplí diecisiete. Fue entonces cuando ella comenzó a introducirme en el fantasioso mundo del sexo desde la distancia. Los lunes, se convirtieron en los días en los que invitaba a alguien a casa para jugar. Para mi consuelo, jamás repetía y siempre me dejaba observar cómo los seducía y montaba, muchas veces usando la ristra de perlas para excitarlos, o el erótico balanceo de su collar bamboleándose sobre sus pechos cuando la embestían desde atrás.

Usábamos el gran espejo de su armario para que yo pudiera compartir su experiencia. Sus ojos encontraban los míos a través del reflejo, dejándome fantasear que era mi nombre el que murmuraba cuando su rostro se contraía de placer.

Las ocasiones más lujuriosas surgían cuando invitaba a otras mujeres. Siempre fue muy selectiva con ellas: guapas, con elegantes curvas, cintura fina y un buen culo. ¡Justo como me gustaban! A veces hacía el amor con ellas de una manera sensual y delicada: besando, provocando y acariciando; otras, las dominaba, exigiéndoles que arrodilladas relamieran su exquisito sexo, abriendo sus brillantes y suculentos pliegues ante ellas y dándoles a sus lascivas lengüitas acceso a los rincones más recónditos e impúdicos de su voluptuosa anatomía. Al final, casi invariablemente, acababa agarrándolas por el pelo, enardecida y descontrolada, para restregar su desamparado sexo contra las indefensas bocas en busca del ansiado goce.

Los lunes fueron también los días en que comencé a traerme amigas a casa. He de admitir que las usaba como un cabrón sin escrúpulos, pero en aquella época no me importaba. Las besaba lo justo, desnudándolas siempre delante de la ventana, dónde las acariciaba hasta acabar hundiendo mis dedos en su suave calidez, ocupando mi pulgar en juguetear con su pequeño tesoro escondido hasta inundarlas de placer. Las mantenía así durante una eternidad, contorsionándose y gimiendo hasta enronquecer, en una tortuosa espera por ver a mi profesora preparada. Solo entonces les pedía que se postraran ante mí a devolverme el favor y cuando hacía uso de lo que realmente me interesaba: su húmeda y acogedora garganta.

¿Y por qué no su coño o su apretado culo?, se preguntarán algunos. La respuesta es bien sencilla: no podíamos follar a otros y mostrar nuestra mutua lujuria frente al ventanal sin que los susodichos se percataran. Resultaba más sencillo conformarnos con sexo oral. Nuestros consoladores se ocupaban de satisfacernos en tanto nosotros calmábamos nuestra lasciva hambre compartiendo nuestro éxtasis. ¡No creo que puedan imaginar lo que era bombear en una ardiente y dispuesta boca, que me aferraba y chupaba, en tanto mi profe amasaba sus magníficos pechos para mí, acompañado del húmedo concierto de mis pelotas chocando contra una empapada barbilla!

No voy a negar que lo disfrutaba. ¿Quién no lo haría con unos labios envolviéndole, succionándole voraces en un jugoso y caliente interior, con débiles gemidos reverberando sobre su verga al son en que los envites se aceleran y aventuran hasta el fondo de una estrecha garganta, cogiéndole entero, tragándole… devorándole?

⨳⨳⨳

Con el tiempo descubrimos los antifaces, las esposas… y yo, el lujo de hundirme en un ceñido trasero. Aceptaba a casi cualquiera que se me pusiera delante, con tal de fantasear con mi hinchado miembro envuelto por el angosto pasaje de mi profesora, ordeñándome hasta secarme. Incluso Paco, mi querido Paco, volvió a caer.

También con la edad aprendí los beneficios de tener compañeras estables para follar. Entre sus inconvenientes estaba el tener que mantenerlas contentas; entre sus ventajas, que podía enseñarles y acostumbrarlas a mis excentricidades hasta que aceptaban gustosas la rutina de empotrarles mi polla hasta la tráquea ante el ventanal abierto o de disfrutar del sexo sin complicaciones que suponía tomarlas desde atrás.

⨳⨳⨳

Con la universidad las cosas cambiaron. Pasaba largas temporadas fuera de casa. Aprendí a experimentar por mi propia cuenta, aunque mis amantes siempre acababan siendo dueñas de preciosas gargantillas de perlas y en mi mente a menudo surgiera la imagen de las nacaradas bolas chocando deliciosamente contra los pechos redondos y llenos de mi profesora.

Supongo que esa fue una de las razones para aventurarme a saltar por el balcón de su dormitorio cuando regresé. Necesitaba constatar si todavía conservaba la misma joya que le devolví aquel día. Rebusqué en la habitación oscura, en su mesita de noche, el cajón de su ropa interior… Debo admitir que allí me entretuve más de lo necesario. ¿Y quién no lo haría? Cuando la dichosa cadena no apareció acabé rindiéndome, elegí un tanga de rojo satén, me tiré sobre la cama con la bragueta abierta y envolví mi larga y dura carne con la sedosa tela.

—¿No encontraste lo que buscabas?

¿Cómo es que nunca me había dado cuenta de cuan ronca y sensual sonaba su voz? Miré sobresaltado hacia el umbral.

—No… sabía que… estabas… aquí –¿Se podía tartamudear mayor gilipollez?

Sonrió mientras se acercaba a mí con el provocador balanceo de sus caderas, apenas tapadas por el estrecho corsé que levantaba y achuchaba sus tetas convirtiéndolas en dos enormes bolas de cucurucho listas para lamer.

—¿Es esto lo que buscabas? —Ella subió a la cama, sentándose a horcajadas sobre mi alucinado rostro, mostrándome en un primer plano cómo algunas bolitas nacaradas se escapaban de entre su fina ranura.

Acepté la excusa que me ofreció, enterrando mi nariz entre sus rojizos y brillantes pliegues y me concedí el lujo de olerla y saborearla con fruición. Atrapé la cadena entre mis labios y tiré de ella. Apenas emergió un pequeño tramo. Gruñí. Mi lengua se hundió en su irresistible feminidad, jugueteando y explorando entre sus múltiples recovecos hasta encontrar el pequeño botón que activó sus más deliciosos jadeos. Tiré lentamente de la interminable cadena que parecía resistirse a salir de su ceñido escondrijo haciéndola correrse allí mismo, sobre mi cara, con un largo y agónico gemido que me calentó la sangre e hizo pulsar mi verga.

Aquello fue sólo el principio. ¿Me creería alguien si confesara que terminamos haciéndolo en una mecedora delante del espejo? Sí, claro, no es tan difícil de imaginar, ¿verdad? La parte que ni yo me habría atrevido a soñar –ni en mis más salvajes fantasías–, fue que quien terminaría arrodillado sobre la mecedora, contemplándose en el espejo sería yo. Yo, con una polla de silicona encajada en mi estrecho culo; ella, apretando y frotando su pelvis contra mis nalgas mientras sus elegantes dedos me complacían… ¿Y lo más alucinante de todo? Me daba igual tener el trasero estirado y lleno para reventar. Me gustó casi tanto como tener sus palmas aliviando mi dolorida erección, el roce de las perlas al estrellarse una y otra vez sobre mi punta o sus tetas balanceándose rítmicamente sobre mi espalda; casi tanto como su boca limpiándome los restos de semen y chupándome de nuevo justo después de correrme por segunda vez.

⨳⨳⨳

La insistente llamada a la puerta me obligó a cerrarme la cremallera con un suspiro de insatisfacción. Me levanté, abandonando la caja vacía sobre la cama. Guardándome el mando me paré delante del espejo para arreglarme la camisa. Los nervios de la boda estaban casi olvidados. Claro que si no me hubiesen interrumpido habría estado mucho mejor.

En el altar respiré hondo para infundirme valor. Aunque los motivos por los que necesitaba ese valor se me escaparon cuando Adela atravesó el pórtico de la iglesia y nuestras miradas se encontraron. Jamás una novia me pareció más guapa y encantadora, con aquellos inocentes ojos azules y sus largos rizos azabache esparcidos a su alrededor como un manto. Cuando llegó a mí nos sonreímos y con nuestras manos entrelazadas nos giramos hacia el altar.

—¿Recibiste el regalo? —preguntó ella en un susurro cuando el sacerdote comenzó a leer.

Aprovechando que el frontal tapizado de nuestro banco nos guardaba de la vista del viejo cura, al tiempo que nuestras espaldas lo hacían de los invitados, le coloqué la mano sobre mi ingle para que pudiera sentir mi pene envuelto en perlas.

Adela no miró pero, en vez de retirar la mano escandalizada como era de esperar, tiró de la cremallera y sus intrépidos dedos se abrieron camino por el ajustado espacio. Podía sentir las perlas clavándose en mi creciente erección alternándose con la suavidad de sus templadas manos. Sin apenas moverse consiguió ordeñarme con destreza, aprovechando las pequeñas gotas de líquido que rezumaba de la henchida cabeza para esparcirlas con sus aterciopelados dedos.

¿Quién no sabe lo afrodisíaco que es el morbo de lo prohibido? Ahí estaba yo, en la iglesia, en mi boda, con decenas de ojos puestos en mí, con las manos de mi mujer a punto de hacerme explotar… ¿Alguien sabe lo difícil que es mantenerse recto, sin mover las caderas y evitar gemir cuando sabes que se está acercando el orgasmo de tu vida?

Mi fantasía de poner a Adela a cuatro patas en el asiento trasero de la lujosa limusina que alquilé para la boda se iba evaporando a medida que mi respiración se aceleraba. Claro que si ella me ayudara con su experimentada boca y me la empinara de nuevo… La simple idea de ella contemplándome desde abajo, con aquellos hambrientos ojos y sus jugosos labios hinchados apretados alrededor de mi inflado glande me hizo encoger el estómago de placer. Recordé el pequeño artefacto en el bolsillo de mi chaqueta. Curioso, giré la ruedecilla del mando hasta la mitad. Cuando el leve jadeo de Adela confirmó mis sospechas, terminé de deslizarla hasta el tope. Ella me miró con ojos horrorizados y sus labios comprimidos en una fina línea. Intentó retirar sus suaves dedos de mi entrepierna, pero esta vez fui yo quién le apretó la temblorosa mano con fuerza a mi alrededor para ayudarla a terminar lo que empezó.

 Me corrí allí mismo, en medio de una iglesia llena de gente, con su mano embadurnada en mi bragueta. Ella vino conmigo, y de nuevo cuando el cura me dio permiso para besarla y, quizás, unas cuantas veces más, por el silencioso ruego que no paraba de lanzarme desde sus inmensos ojos vidriosos y por la manera en que sus rodillas parecían colapsarse bajo ella.

Hay algo extraordinariamente poderoso en saber que dispones del placer de otra persona a tu voluntad y yo, como ya admití, a veces soy un cabrón. Un cabrón afortunado si lo piensan bien, porque tuve una profesora que me enseñó a disfrutar del morbo y la pasión que la vida nos ofrece. ¿Y acaso no era un gozo saber que cuando las puertas de la limusina se cerrasen y yo levantase la vaporosa falda de mi mujer, sus muslos estarán empapados y su dulce recoveco preparado y deseoso de acoger mi mástil en toda su hermosa gloria adornada de perlas?

¿Qué hacer con el vibrador que estaba haciéndola estremecerse? Mi mente se colapsó de gemidos e imágenes de su carnoso trasero expuesto. Siempre me ha fascinado observar a esa pequeña y delicada roseta respondiendo cuando la preparo con mis dedos para extenderla y agrandarla. Me excita sentirla abriéndose y contrayéndose mientras me succiona y se resiste al mismo tiempo. ¿Y qué decir de sentir mi sensible polla rozándose y frotándose contra el vibrador a través de la fina membrana que separa ambas cuevas?

Fueron las voces a mi espalda las que me arrancaron de mi prometedora visión.

—Cariño, creo que quieren sacarnos una foto —murmuré, conocedor de la manera en que sus labios se estrechaban preparándose para acallar sus nuevos jadeos.

 —¡Sonría profe! —gritó un joven en el mismo instante en que sentí su barriga contraerse en espasmos bajo mis dedos.

—¡Te detesto! —masculló entre dientes apretados.

—Profe… pero si fuiste tú quien me pervertiste con tus perlas —carcajeé ronco en su oído.

3 Respuestas a “Perlas de pasión

  1. Genial! Me encanta cómo haces que algo que podría llegar a ser grosero, resulte elegante. Es un placer leerte, en todos los sentidos y con todos los sentidos.

  2. uuffff me ha encantado! y la voy a recomendar en twitter a un grupo muy chulo.
    La verdad que cuando empiezas a leer no te imaginas que va a acabar así ni por asomo, te sorprende a parte de excitarte, que es el objetivo principal del relato Of Course!
    De nuevo impresionada con tu redacción e imaginación.
    Es fantástico!!!

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