Una cobra entre víboras

Estefanía Farias Martínez

Puro II

Julio y Luisa fueron los últimos en llegar. Dejaron las bicicletas junto a la puerta. Mientras ella advertía a la anfitriona de su presencia dando golpecitos con los nudillos en la ventana de la cocina, porque llamar al timbre quedaba para los otros, él contemplaba tristón los coches aparcados. No le había dejado traer el suyo. Le daba vergüenza que sus amigos vieran aquel mamotreto esperpéntico y anticuado: su precioso jaguar del ´75, color selva profunda, un clásico; pero era de segunda mano y sólo costó 3000 euros. Ninguno de los trastos que veía allí bajaba de los 50.000; coches eléctricos, verdaderos tanques sin estilo ni clase, metalizados, con morros planos o poco definidos. Un insulto al buen gusto.

 Marina, la anfitriona, les abrió la puerta, les cogió los abrigos y los lanzó dentro del armarito del pasillo sin ningún cuidado. Luisa cambió la cara al ver su precioso zorro falso allí tirado y torció el gesto, pero la otra no lo apreció. Esa ofensa era aún mayor. De camino hacia el salón, Luisa no pudo evitar dedicarle algunas palabras amables como revancha, en voz baja, para que sólo él la oyera.

−Le da igual que sea su fiesta, se pone unos push-up. Qué vulgar. Si por lo menos tuviera un buen culo. Está demasiado delgada y le quedan fatal. ¿Qué pretenderá que levanten?

Él observaba detenidamente el culo de Marina y no le veía ningún defecto, era pequeño y recogidito como un melocotón.

Después de días y días de búsqueda infructuosa, Luisa por fin dio con el atuendo ideal para la fiesta: un vestido vaporoso, estampado con caballitos de madera pintados de colores. Un carrusel sobre unas masas de carne embutidas en medias de rejilla, bamboleándose sobre unos tacones de 10 centímetros, y resistentes al oleaje gracias a aquellos tobillos como tuberías de gas. A él le había obligado a ponerse su terno negro, con la horripilante corbata estrecha que usaba para los funerales; tenía aspecto de enterrador. Su aparición estelar, cogidos del brazo y observados por los invitados, provocó un murmullo generalizado, cuchicheos discretos que ella consideró una muestra de admiración ante la distinguida pareja que hacía acto de presencia.

A Julio le seguía impresionando la casa, era enorme, tres veces la suya. Un jardín cuidado rodeaba la parcela: árboles frutales, enredaderas, un césped impecable, estanques con peces de todos los tamaños, un cobertizo de madera con terraza. Lo que Luisa quería en su jardín, aunque no había sitio ni presupuesto. Y eso sólo por fuera. El salón, amplio y luminoso, con grandes ventanales, ocupaba casi toda la planta baja y unas escaleras de caracol de madera maciza conducían a las habitaciones. Ésa era la casa con la que Luisa soñaba, pero no podían meterse en una hipoteca de medio millón; con la suya de 180 ya tenían problemas. El sueldo de su mujer era más alto que el de Marina, sin embargo, el suyo, ni la mitad que el del marido: el director de ventas de una empresa de alta tecnología, con una larga agenda de clientes de fama internacional. Vamos que a su lado era una nulidad; no sólo por ser un miserable director de sucursal de un banco local sino porque no era ni la mitad de alto, ni de guapo, ni de interesante. Lo que no se le pasaba por la cabeza a Luisa era que, con esa cara de enfermera de psiquiátrico y ese cuerpo de celadora carcelaria, nunca hubiera conseguido un marido así. Tenía que conformarse con él y él con ella. Si hubiera dependido de las aportaciones genéticas de ambos, el niño hubiera acabado integrando un elenco circense, pero tuvieron suerte, fue un salto atrás, eso era obvio, salió guapo y listo. Así que las aspiraciones frustradas de ella encontraron en él la víctima perfecta. Quería convertirle en concertista de piano, director de orquesta o, en caso de fracasar en esos intentos, en director de cine. Por supuesto de fama internacional en cualquiera de los supuestos. El inconveniente principal era que el niño, con diez años, sólo quería ser judoka o karateka o cualquier cosa que sonara a película de artes marciales. De ahí que la madre, con toda delicadeza, decidiera desalentarle.

−Ese tipo de deportes son muy peligrosos, Juan, te darán palizas y te romperán los dedos. Esas fracturas se curan siempre mal y no podrás tocar el piano nunca, ni dirigir una orquesta. Además, ¿Qué futuro tiene un director de cine con las manos deformadas?

−Tienes razón, mamá. Mejor me olvido de las artes marciales− dijo el pobre, aterrado.

La madre, orgullosa de su trabajo educativo, le dejó a solas con el niño y él intentó tranquilizarle, explicándole que su madre exageraba. Juan ya había tomado una decisión muy en serio.

−No voy a insistir más. No quiero ser pianista, ni director de orquesta, ni director de cine, pero tampoco quiero que me rompan los dedos.

Nada más cruzar la puerta del salón se les acercó Víctor, el anfitrión, con dos copas vacías en la mano, dándoles a elegir entre vino tinto o blanco. Su mujer pidió un rosado y el aceptó aquel rioja con una pinta magnífica. Unos minutos después ella disfrutaba de un vino verde y desaparecía dejándole a su suerte. La mayoría de los invitados eran compañeros de trabajo de su mujer y el resto sus parejas. Una mesa repleta de viandas varias era el centro de atención. Todos se congregaban en torno a ella como buitres ante el cadáver de una pieza de gran tamaño. Demostraban lo holgado de sus cuentas corrientes con atuendos informales de marcas reconocibles. Sin embargo, ante el rosbif, se transformaban en vulgares mortales, devorándolo sin piedad. Él siguió el orden natural de la fiesta: no respetar los buenos modales en la mesa, picotear las gambas de la ensalada tan cuidadosamente ornamentada, destrozar la carne al cortarla o usar el cuchillo inadecuado para convertir una tarta de almendra en un triste budín. Fueron unos minutos de silencio relativo, un concierto de mandíbulas batientes, de cubiertos que entrechocan, y tras el frenesí vino la calma. Aún quedaban restos en las fuentes y algunos las rebañaban sin pudor. Entonces se empezaron a formar grupos; los comensales se apartaban con sus copas llenas y él veía cómo se distribuían por el salón. La televisión, una pantalla plana que ocupaba media pared, estaba encendida y dos parejas se acomodaban en el sillón de cuatro plazas que había justo enfrente. Su mujer charlaba animadamente con la anfitriona hasta que la dejó muda.

−Luisa, ¡Estarás contenta!

−¿Por qué tengo que estarlo?

−¿No han metido a Laura en tu equipo?

−Sí.

−Llevas tanto tiempo trabajando sólo con hombres. Por fin te ponen a una mujer a tu cargo.

−¿Qué tiene eso de bueno? Yo odio trabajar con mujeres, son inútiles.

 Estaban sentadas junto a la mesa. Era un espectáculo ver a Luisa cruzando las piernas con dificultad para resultar elegante. Aquellos muslos rollizos se aplastaban el uno contra el otro, luchando por mantenerse unidos, mientras sonreía coqueta al anfitrión. El espejo de cuerpo entero que le regaló para su último cumpleaños no había hecho mella en ella, seguía convencida de tener un cuerpo voluptuoso y sumamente deseable para el género masculino. El pobre anfitrión huyó tan rápido como pudo y su actitud despertó el espíritu conciliador de Luisa.

−¿No te preocupa la reestructuración, Marina? Por lo que yo sé va a ser en tu departamento.

−¿En el mío? Si fue hace tres meses.

−Debe sobrarles más gente.

−Yo no he oído nada, ¿Tú cómo te has enterado?

−Me lo contó uno de finanzas, a ellos se la hicieron el mes pasado. Estoy segura de que Mónica también lo sabe ¿No te ha dicho nada?

−No.

−Que raro, con lo amigas que sois, lo mismo ella sabe algo que yo no. Te aviso para que estés alerta. En tu equipo hay mucha gente que tiene todas las papeletas para irse.

−¿Y eso por qué?

−Esta vez están deshaciéndose de los sueldos muy altos, no creo que tengas que preocuparte, debes estar en el límite pero no podría asegurarlo. Ya sabes como funcionan las cosas, si con los que han previsto no cumplen los objetivos pueden bajar el listón. Desde luego Camilo y Vicente se van. El trabajo que hacen no compensa lo que cuestan, eso lo sé de muy buena fuente. Esto es confidencial, no les digas ni una palabra

−Claro que no. Gracias por avisarme.

−¿Para qué están las amigas?

−¿Si quieres le preguntamos a Mónica?

−No hace falta, si no me ha dicho nada será por algo.

−Supongo……, aunque tú eres muy confiada, debes tener un poco más de cuidado con la gente.

La anfitriona se quedó muy callada y él podía adivinar la mueca de felicidad de Luisa, era su pequeña venganza.

Julio siguió recorriendo la habitación con la mirada y se fijó en el terceto que charlaba junto a la puerta abierta del jardín, fumaban y bromeaban y le parecieron lo más interesante. Se acercó bordeando la mesa, cogió un trozo de queso y mordisqueándolo escuchó la conversación discretamente.

 −Estoy harta de estas políticas de ascensos de las empresas americanas, son una putada. Para que te promocionen lo que te hace falta no son méritos, sino ser parte de una minoría étnica, ser gay, discapacitado o mujer.

−Tú por lo menos eres mujer. Yo soy hombre, heterosexual y sano, o sea, no asciendo ni de coña.

−Ya, Arturo, pero mujeres somos muchas. Necesitaría ser además parte de una minoría y, como soy española, los hispanos no me quieren en la suya, así que me quedo sin ascenso.

−Yo tengo suerte, como soy gay y negro, ya me han ascendido dos veces en los últimos tres años, si me corto un brazo llego a vicepresidente.

Los tres reían como locos y a Julio le pareció el mejor momento para acercarse e intentar integrarse como le había dicho Luisa que hiciera. Por lo menos se sabía los nombres de estos tres, aunque iba a resultar un poco raro porque a él no le había presentado nadie, ni su mujer ni la anfitriona consideraron oportuno hacerlo, ni esa noche ni las seis anteriores. No era el único, el nuevo novio de la loca, su cuñada, también era un desconocido para el resto. Al menos ella se agarraba de su brazo y paseaba con él por la fiesta, alardeando de su espíritu libre y moderno. −Que hay que ser muy moderna − decía Luisa − para ser una ejecutiva de una empresa como la suya y dormir con un pintor de brocha gorda. Por lo menos le ha dejado la casa preciosa y gratis, algo bueno tenía que tener. Mejor que el último. Ése le duró 20 años, un músico bohemio que llegó a los cincuenta sin haber trabajado ni un solo día en su vida, porque las clases particulares de guitarra que daba sólo eran una excusa para tirarse a las incautas que pasaban por su estudio. Al final la dejó, después de destrozarle la casa y vaciarle la cuenta corriente. Y la muy imbécil le sigue esperando, convencida de que volverá cuando se quede sin dinero-. El pintor le parecía buena gente, muy callado y casi mejor porque desentonaba más que él entre la elite. Dejó de prestarles atención para centrarse en el trío de nuevo: Arturo, Mónica y Mitchell. Ella era muy guapa, una larga melena rubia perfectamente despeinada, un maquillaje impecable, un vestido granate que le marcaba sus suaves curvas y unos zapatos rojos de tacón de aguja que realzaban sus largas piernas. Ellos completaban la imagen: pura calidad estética los tres. La chica se aproximó a la mesa para deslizar aquella mano blanca en la fuente de los ibéricos. Cogió una rodaja de lomo y la masticó con la boca cerrada, los labios apenas apretados. Él  dejó el trozo de queso mordido sobre la bandeja y se olisqueó los dedos; los restregó en una de las servilletas, tomó un sorbo de vino y se lanzó, recurriendo a lo poco que sabía de la chica.

−Mónica, ¿Verdad?

−Sí.

−Yo soy Julio, el marido de Luisa, ¿No te acuerdas de mí? Nos conocimos en abril, en el cumpleaños de Víctor.

−Lo siento, había tanta gente.

−No importa. Me presento otra vez. Julio.

Ella le extendió la mano, cortando el acercamiento frontal, y él se recompuso estrechándosela suavemente.

−Mónica, encantada.

−Un placer. Mi mujer me ha hablado mucho de tí.

−Qué amable por su parte.

−Es que me gustaría invertir en bolsa y, por lo que me ha contado ella, tú eres una verdadera experta, un broker en la sombra, un genio.

−¿Ella te ha dicho eso? Pues dale las gracias de mi parte, pero no es para tanto. Sólo asesoro a algunos amigos.

−Ya somos amigos, ¿No? Podrías asesorarme a mí también. He estado consultando algunas opciones y me gustaría comentártelas, a ver qué opinas. Me vendría muy bien contar con tu experto consejo.

−Claro, cuando quieras, aunque no me parece que ahora sea el momento.

−Tienes razón, en otra ocasión lo hablamos. Ya te llamo yo.

Ella se dio la vuelta y volvió con sus chicos de postal, ignorándole por completo, dejándole aislado. Él se termino su copa de un trago y el anfitrión, compasivo ante su patética actuación, se la rellenó y se alejó, botella en mano, para hacer lo propio con todos los invitados. Julio volvió a atacar el trozo de queso que había abandonado y lo acompañó con las rodajas de lomo que quedaban en la fuente a modo de represalia, mientras escuchaba el parloteo de su mujer. Era el turno de presumir de vacaciones de alta gama, la envidia la corroía cada vez que Marina le hablaba de sus viajes de primavera, de verano, de otoño, de invierno. Ellos que eran tan corrientes, que sólo podían aprovechar los quince días de julio a los que desde hacía años se había abonado para facilitar la sustitución en el banco; lo malo de ser el director de la sucursal, era imprescindible. Por lo menos eso se decía a sí mismo. Luisa pensaba que le veían cara de idiota. Sus vacaciones no tenían nada que ver con las de sus amigos: tocaba visitar a la familia. Un verano lo hacían con clase, yendo a Los Angeles a ver a los padres de ella y otro, permanecía en el anonimato, porque Valladolid era un destino difícil de presumir.

−Este año no voy a hacer la fiesta de nochevieja− le explicaba Marina a Luisa.

−Pues que pena.

−Si el año pasado no viniste.

−Ya sabes, estábamos en Venecia.

−Sí, ya me lo contaste.

−¿Y por qué no vas a hacer la fiesta este año?

−Nos vamos a esquiar a Austria. Víctor se ha empeñado y metió al niño en un curso de esquí.

−¡Que bien! ¿Entonces ya no vais a Sharm el Shaij en octubre?

−Claro que sí, una cosa no quita la otra.

−Si Víctor no va a bucear a Egipto se muere. No ves que es un loco de los tiburones.

−A mí me han dicho que Egipto, estos dos últimos años, se llena de rusos, de baja estofa además. Debe ser un destino barato.

−Depende, nosotros vamos al Hilton. El problema con los rusos es que hacen excursiones para ver tiburones y les tiran pollos vivos, los escualos ya se han comido a más de un turista. La culpa es de ellos. Víctor dice que siempre la mala prensa se la llevan los pobres animales y no es justo. De todas maneras en octubre ya no hay rusos, esos veranean en agosto. Yo fui una vez y nunca más, hacía un calor terrible.

 Luisa le miraba de reojo y él se hacía el loco, con dos largos en la piscina se agotaba y los tiburones le daban pánico. Bastante tuvo con las famosas vacaciones falsas en Venecia. Una semana encerrados en casa, haciéndose los muertos, las ideas brillantes de su mujer. Luego tocó decir que no habían hecho fotos porque les robaron la cámara nada más llegar. Por lo menos les salieron gratis, aunque tuvo que pedir permiso en el banco y como no le quedaban vacaciones se hizo el enfermo. Ella se aseguró de que la coartada fuera perfecta, le tuvo sin comer unos días y cuando volvió, demacrado y ojeroso, nadie se quejó.

Se acercó al grupo del sofá para intentar otra vez lo de la integración. El anfitrión estaba con ellos y, cuando le vio llegar, le ofreció una de las banquetas de la cocina, tan roja, tan móvil, tan alta, tan difícil de mantener la compostura sobre ella, sobre todo después de cuatro copas de vino bien llenas. Luchaba por recordar los nombres de aquella gente. Ya no estaba tan fresco y le resultaba más difícil. Tampoco era tan importante, se limitaba a observar y a escuchar. Las mujeres hablaban entre ellas sobre un tal Vicente, divorciado dos veces en dos años, ninguna le había durado más de seis meses y ahora estaba planeando la boda con una tercera. Ellos se reían de un tal Camilo que había ido a Escocia a que le abrieran el tercer ojo. Julio apuró la quinta y se levantó porque ya no podía escuchar más estupideces. Tambaleándose llegó hasta la puerta del jardín, ahora solitaria y bien cerrada. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para poder abrirla y lo consiguió, necesitaba aire. Ojalá  hubiera estado lloviendo pero era verano, un día seco y caliente. Le sobraba la chaqueta, el chaleco, la corbata hasta la camisa. Lo mismo, si bebía más mandaba al carajo la fiesta y se quedaba en calzoncillos tumbado en el jardín. Una fantasía irrealizable porque el divorcio sería inmediato y Luisa haría que le embargaran el sueldo para poder costear el puto colegio del niño como poco. ¿Para qué quería el pobre ir a ese sitio? Volvía todos los días enfadado, medio histérico, quejándose de lo que no tenía y de lo que le sobraba. Esas peleas se las dejaba a la madre. En esos momentos sí parecían madre e hijo, igual de resentidos y frustrados. Estudiar, no estudiaba mucho; era tan listo que se aburría en clase y no había aprobado ni una. De nada servía que él se enfadara y le gritara. Ella se paseaba por los despachos del colegio amenazando con sacar al niño, si no mejoraba su rendimiento. Que el crío fuera un vago no entraba en su cabeza, todo se debía al profesorado incompetente. La solución que encontraron fue ponerle tutores y tuvieron que pagar un extra. La madre más contenta, el niño al borde del colapso y él teniendo que aguantar las broncas porque su sueldo daba para vivir y pagar la hipoteca, así que el resto de los gastos corrían por cuenta de ella, vacaciones incluidas. Si se divorciaban y le obligaba a pagar el colegio, la hipoteca y la manutención, acabaría trabajando como un mulo y viviendo como un indigente. Mejor no hacía el tonto.

El anfitrión apareció repartiendo puros de los buenos y él, que apenas se había fumado un par en su vida, tuvo la precaución de pedirle ayuda para encenderlo. Julio lo disfrutó en soledad, contemplando el interior de la casa por la ventana. Así, de lejos, se veía muy bien el efecto del vino en las caras, los ojos somnolientos, cómo movían la cabeza al hablar, las idas y venidas del anfitrión, que no permanecía demasiado tiempo con nadie, sus gestos de fastidio ante los alardes de aquellos individuos, que se fueron haciendo evidentes a lo largo de la noche. A veces sonreía, debía ser cuando no les escuchaba. A Marina y a Luisa se les había unido Mónica, no veía por ninguna parte a los otros dos. La loca estaba sentada con el pintor, bebiendo whisky y riéndose con desgana de los comentarios que él le hacía al oído, más pendiente del resto de los invitados, contrariada por la poca atención que despertaba.

El puro le mareaba, pero al menos no tenía ganas de vomitar como el día de su boda.  Menudo desastre fue el baile de apertura; el vestido blanco de encaje de Luisa estampado en vino tinto; las carcajadas de los presentes. Aquella humillación pública no se la perdonó nunca. Se la recordaba cada aniversario, durante la cena, aunque él se hubiera molestado lo indecible para encontrar el sitio perfecto y siguiera disculpándose diez años después. Así que dejó de tomarse tanto interés y ahora le chillaba por más cosas en esa cena, que por cuestiones de presupuesto se celebraba en casa.

Notó a Luisa inquieta, estirando el cuello y moviendo la cabeza de un lado a otro. Le buscaba y era mejor que le encontrara pronto. Entró con su puro en la mano como todo un potentado, su mujer al verle volvió a ignorarle pero más tranquila. La anfitriona charlaba con Mónica y Luisa se limitaba a escuchar. Él se acercó a la cocina y vació en su copa lo que quedaba de la primera botella de vino que vio. Ya le daba igual que fuera blanco, tinto o whisky, tenía la lengua dormida y sería incapaz de distinguirlos. Luisa se levantó y con gestos le indicó que se acercara. Él, obediente, fue a su encuentro. Ya no le cabía una gota más de alcohol y se moría por salir de allí. En las fiestas ella siempre seguía un código: llegar la última, irse la primera. Una cuestión de pura distinción. Recorrieron la habitación despidiéndose de los invitados, una retahíla de besos al aire y roces de mejilla contra mejilla. La anfitriona les acompañó a la puerta, les entregó los abrigos y les insistió para que se quedaran un poco más, por pura educación o reglas del juego entre la elite. A pesar de que montar en bici con tanto alcohol en el cuerpo era muy difícil, consiguió llegar a casa entero. Sin embargo, al cruzar la puerta y oír a Luisa planeando un viaje a las Maldivas para que aprendiera a bucear, sintió que el vino ingerido se rebelaba en su estómago y vomitó sobre su vestido estampado.

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