Huarón

Estefanía Farias Martínez

Mina

−Marcos, no te lo pienses y acepta el trabajo.

−Es que los niños son muy pequeños y Sofía ya está acostumbrada a vivir en Cartagena.

−Sé que estás contento con la fundición pero esto es un ascenso. A tu edad vas a ser director de una mina en Perú. Muchos darían un brazo por estar en tu lugar. Que sólo tienes 29 años. Ten en cuenta que los sueldos en América son mucho más altos.

−Todo eso ya lo sé, aún así no estoy seguro, no me fío de los franceses. Además, está muy lejos.

−Pásame el teléfono, papá.

−Marcos, sólo serán dos años y Malicha ya te ha contado lo bonito que es aquello, te ha enseñado fotos. A los niños les van a encantar las llamas. Las playas son preciosas.

−Mamá, vamos a la cordillera. Llamas verán, playas ni de lejos. Va a hacer mucho frío.

−Eso se arregla abrigándose. ¿Sofía qué dice?

−Le hace mucha ilusión.

−Entonces no lo pienses más y vete. No te olvides de escribir para contarnos todo.

−De acuerdo, prometo que lo haré.

−Cuidaros mucho.

−Os aviso cuando lleguemos.

 —

−¿Le has contado a tu madre que cuando me lo dijiste ya habías firmado?

−Si ni siquiera les he dicho que he firmado, pero me han estado animando a hacerlo.  Como Malicha es una nostálgica y les habla tanto del Perú están encantados con la idea. Dicen que les escribamos mucho. ¿Y tus padres qué han dicho?

−Mi madre quiere matarte y mi padre no quiere volver a verte. Dicen que eso me pasa por casarme contigo.

−¿El qué?

−Acabar de vagabunda en el fin del mundo. Será mejor que nos despidamos de ellos por teléfono. Ya me encargo yo.

 —

 A principios de octubre de 1973, Marcos y su familia abandonaron España en dirección a Perú, embarcaron en Madrid y tras un viaje de 17 horas aterrizaron en Lima. El director general de la empresa en el país andino fue a recogerles al aeropuerto y les llevó al hotel. Era una magnífica señal. Tres días más tarde, aquel hombre le recibió en las oficinas de Lima; tras casi una hora de antesala, le notificó un cambio en su situación. El ingeniero francés que ocupaba el puesto no iba a ser sustituido por otro español y novato, por mucho que insistieran desde París. Tampoco sería el asistente del director, ese puesto permanecería vacante, aunque dejarían a su cargo una sección de la mina. Por lo menos le mantendrían el sueldo −Lo pagan desde París, no es mi problema−le dijo. Al salir de la oficina lo que de verdad le preocupaba era cómo contárselo a Sofía. Temía que le pidiera que se quejara, que reclamara, que se negara a aceptar el puesto. No podía hacer nada de eso. Las reclamaciones no le llevarían a ninguna parte, sólo le quedaba seguir con lo planeado y esperar a que ocurriera un milagro. La actitud de Sofía, al enterarse de la noticia, le sorprendió: cabizbaja y resignada no dijo nada.

El 13 de octubre la empresa envió un haiga a recogerlos (así llamaba su padre a aquellos viejos coches americanos destartalados). El chofer metió el equipaje en el maletero. Al entrar en el vehículo vieron unas botellas de oxigeno junto al conductor.

−¿Para qué son? − preguntó Marcos intrigado.

−Para el soroche−contestó el chofer, sin darle importancia. Marcos prefirió permanecer callado, no quería pasar por ignorante.

Ahí comenzó su viaje a la sierra, por el valle que atraviesa la cordillera de los Andes, una carretera serpenteante que les condujo a Ticlio−Abra de Antícona− a 4890 metros sobre el nivel del mar. Lo primero que vio fue un cartel desproporcionado: ¨Atención, contacto con ovnis¨. Tampoco dijo nada.

El chofer, buscando entretener a los pasajeros durante el viaje, les habló del tren de la luna.

−Ese tren alcanza la mayor altura del mundo. Tiene dos máquinas, una en cabeza y otra en cola, porque en el tramo de Lima a La Oroya hay tan poco espacio para maniobrar que no puede hacer curvas, así que sube en zigzag, un trozo hacia delante y un trozo hacia atrás, muy despacio, y así más de dieciocho veces, reptando por la ladera hasta coronar Ticlio. En La Oroya se separa en dos trenes: uno va a Huancayo, al sur, y el otro a Cerro de Pasco, al norte. Lo construyeron unos chinos a principios de siglo, eran muchos y morían como conejos. Todavía quedan unos cuantos por aquí, hijos de los hijos de aquellos.

Los niños se asomaron a la ventana y quedaron fascinados al ver la cremallera tallada en la roca y el enorme gusano, con una cabeza amarilla delante y otra detrás, serpenteando por la pared como si estuviera colgando. Los padres observaban aterrados.

 —

Sofía se llevó una profunda desilusión al llegar a Ticlio, para ella una cordillera significaba grandes montañas rocosas, como los Alpes, nada que ver con los montes de tierra que tenía ante sus ojos.

−Esto que ves aquí estuvo antes en el fondo del mar formando capas de sedimentos de miles de metros de espesor, con el plegamiento subieron hasta aquí arriba…

−Ya, ya Marcos. Sigue siendo una cordillera falsa.

 —

Bajando del Ticlio hacia La Oroya, la carretera tenía a un lado un cortado con una enorme laguna al fondo y al otro, una pared de pizarra morada descompuesta.

−Como ésta es zona de terremotos y llueve muchísimo, esa pared se desmoronará sobre la carretera−le explicaba Marcos a los niños que le miraban aturdidos.

−Los huaycos dejan sin suministros a Huarón continuamente−aclaró el chofer.

Marcos aprendió una palabra nueva y los niños empezaron a llorar, convencidos de que se les iban a caer encima esas piedras enormes.

 —

Al dejar atrás la laguna, disfrutaron del paisaje minero: un erial lleno de maquinaria, plantas de tratamiento, edificios de hormigón y uralita. Lo que la niña confundió con otra laguna era una balsa de estériles, casi equiparable en tamaño, y ya al entrar en la ciudad destacaba la imponente presencia de la fundición de cobre, causante de la lluvia ácida que asolaba el valle.

 —

El chofer inició el descenso de La Oroya a Tarma para pasar la noche. –Vamos a la selva- decía y los niños pegaban la cara a las ventanas para ver de cerca esa selva amazónica en la que iban a adentrarse, pero sólo había plantas y árboles, no era una selva de verdad.

El hotel de Tarma era pequeño y confortable, y en el desayuno les volvieron a dar aquella infusión, mate de coca, que ya la noche anterior les dejó aturdidos; les habían explicado que debían tomarla todos, incluso los niños, para evitar el soroche, el mal de altura.

Al día siguiente continuaron en dirección a Cerro de Pasco, atravesando la Pampa de Junin, con sus pueblos de casitas de barro y techos de paja, en los que había crecido vegetación, y unas cabras gordas y viejas pastaban tranquilamente. Después de cien kilómetros infernales, por una carretera de tierra plagada de curvas y llena de agujeros, cogieron el desvío que les conduciría al campamento minero. Otros 50 kilómetros cruzando la Pampa.

Hicieron una parada para estirar las piernas en el Bosque de piedras. Era un paisaje tan verde, después de kilómetros y kilómetros de desierto, que los niños salieron corriendo y se lanzaron sobre las plantas.

–¡Pincha!- gritó la niña.

–Eso es champa– dijo el chofer, sin mover un músculo de la cara.

Otra vez en camino con los niños llorando y Yauri, el chofer, que como guía turístico era discutible por lo conciso, consiguió calmarlos, identificando las figuras del Bosque. Al dejarlo atrás, más lagunas de agua muy cristalina y riachuelos, que parecían metal fundido, hasta La Calera; un manantial de aguas termales. Ellos sólo veían una explanada y un solitario edificio de color blanco en medio de la nada.

–Ése edificio es de la compañía. Es un club para el staff de la mina y tiene piscina de agua caliente. Ahí se organizan las fiestas de Navidad.

 —

Y cuando por fin llegaron  a su destino, Yauri se volvió más locuaz.

–Esto es San José, el primero de los campamentos de la mina, el más bajo y el más nuevo. En el llano están los barracones de los obreros, una central de energía (la principal está en Francois), las oficinas del chef, la cooperativa y el cine, y al otro lado del riachuelo, las casas del staff. La del chef está arriba del todo, la suya en la parte de abajo, es la última de la primera fila. Tengo gente esperando para ayudarles a subir.

–¿Entonces esto no es Huarón?

–No, Huarón está más arriba, cuando se instalen le llevo, o si prefiere subimos mañana.

–Prefiero ir hoy.

 —

Las casas habían sido talladas en la ladera. En caso de derrumbe las más seguras eran las de la parte alta, desde luego la suya -pensaba Marcos- sería un moridero. La vivienda que les habían asignado era amplia, de una sola planta, con espesos muros para combatir el frío y una galería acristalada en el frontal que cobijaba un jardín interior. Estaba recién pintada; por fuera, de rosa y amarillo; por dentro, de un blanco inquietante; completamente vacía. La mudanza aún tardaría unos días, así que la compañía les había prestado las camas y todo lo imprescindible. Al llegar, Delia, la mujer contratada para atenderles, les recibió con rostro severo pero cordial. Una india muy delgada y pequeñita que tenía buena mano con los niños y con los peones. Les había preparado algo de comer y daba órdenes a diestro y siniestro a los porteadores que les llevaban las maletas y a los niños.

 —

Esa noche, ya instalados, Marcos aprovechó para escribir unas líneas en su diario:

 ¨14 de octubre de 1973.

Por fin en Huarón. Esto es el fin del mundo. Sofía está aterrada, los niños decepcionados y yo no sé lo que me voy a encontrar en la mina. Sólo nos quedan 730 días, hoy no cuenta, hasta mañana no empiezo a trabajar. Mi oficina está a 4625 metros de altura aunque aquí le quitan el 4 a todo, San José es 250 y las vetas son la 660, la 700,  será para no acordarse de donde estamos.¨

 —

Ya habían pasado ocho meses. La subida a Huarón era criminal: 15 kilómetros de carretera de tierra con una pendiente muy fuerte y curvas cerradas y peligrosas, sobre todo en el último tramo, al pasar junto a la laguna negra, a 30 metros de altura, casi en vertical. El agua estaba a 0 grados, así que cuando un coche caía había que socorrerlo rápidamente o los ocupantes morirían congelados; lo complicado era acceder a la zona. Con esa idea en mente, por una cuestión de mera supervivencia, Marcos había perfeccionado sus habilidades para conducir sobre el hielo su viejo Volkswagen verde, obsequio de la empresa. Observar la laguna por la ventana de su despacho era muy diferente, era inmensa, impresionante: la oportunidad de evadirse de la realidad de la mina. Un placer del que no disfrutaba muy a menudo.

 —

Como encargado de la zona sur tenía que visitar seis vetas de forma quincenal y algunas precisaban más de un día. Lo peor eran las condiciones en que se encontraban las chimeneas, las galerías, todo. Por no hablar del aspecto deprimente del poblado. Allí vivían unas trescientas personas.

 —

Huarón era el campamento más antiguo, por eso tenían hospital, un edificio heredado de los anteriores propietarios. Maita, el médico, era bueno, sólo había dos enfermeras y las medicinas escaseaban. El invierno era especialmente crudo y desde la ventana observaba, aún impresionado y compungido, las hileras de barracones, desvencijados y sucios, con tejados de uralita de colores vivos; las chimeneas humeantes y las pilas de leña tapando las ventanas y las puertas de los cuartos (uno por familia); unas fachadas que no se habían pintado jamás, con salpicaduras de lodo, antiguas y nuevas, provocadas por los coches al pasar por los enfangados jirones. Junto a los barracones había casas de barro con gruesos muros y techos de paja; perros,  cerdos, gallinas y niños revolcándose en el lodo; ropa raída, mantas y carne seca tendidas al sol sobre un armatoste metálico. Por los jirones sólo podía contemplar los rostros sucios de un poblado minero; pieles curtidas, quemadas por el sol y el frío; caminando despacio, con la cabeza baja; cuando le miraban de frente en sus ojos sólo veía resignación y una tristeza profunda, muchos de ellos morirían jóvenes, lo sabían, pocos llegarían a los cincuenta.

 —

Entre los niños habría muchas bajas ese invierno por el frío, la altura, las condiciones de vida, la escasez de medicamentos, la mala alimentación; la empresa se encargaba de sus ataúdes; se los regalaba a las familias en muestra de duelo. Marcos aún recordaba la muerte de la hijita del jefe de guardas, a Sofía le dio tanta pena ver el cuerpo de la niña envuelto en una mantita que le regaló, a la madre, el faldón de bautizo de sus hijos y la enterraron con él.

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Durante tres meses, una avería en la central de energía dejó el campamento sin luz, aunque, a 100 metros de las viviendas, las ventanas de las oficinas permanecían iluminadas. Un generador enviado desde Francois, el campamento base, permitió que el asunto quedara solventado de forma provisional tres días después. Los habitantes del poblado tenían que esperar.

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Cuando el viento rugía en los cerros, los jirones se quedaban desiertos; familias enteras se recogían en los cuartos ante una estufa de leña, algunos hasta tenían carbón, y avivaban el fuego con keroseno. Los animales les daban calor por las noches. Cuando nevaba, hombres, mujeres y niños cruzaban los jirones como si fueran fantasmas, cubiertos con un periódico o un trozo de plástico. Los obreros más afortunados trabajan 8 horas a la intemperie, los otros, 7 en los estrechos tajeos de la mina, a 500 metros de profundidad.

 —

¨3 septiembre de 1974

Las visitas a la veta de Tapada son agotadoras y por un error de planificación la salida es una caminata de más de 100 m por una pendiente terrible. Cuando salgo a la superficie el dolor en el pecho es atroz. Es la parte más antigua de la mina y el nivel de mantenimiento roza lo ridículo. Las chimeneas son estrechas, mal ventiladas, y entre el polvo en suspensión, los gases, la falta de oxigeno por la altura y la humedad, los pulmones acaban destrozados. Las escaleras están rotas, mal colocadas, a veces incluso sueltas. Ya en la galería, una profunda oscuridad, el sonido de los pasos, las goteras alternándose, el crujido de marcos y cuadros, señal ineludible de un pronto hundimiento, pero sigo avanzando hasta la parte más baja, donde tengo que encorvarme porque me golpeo con el casco en el techo, incrustándomelo aún más en la frente, haciendo equilibrios sobre tablas húmedas y resbaladizas para evitar acabar con el agua hasta la cintura, sintiendo las gotas de agua helada y fangosa metiéndose por el cuello de la camisa. Llego a una nueva chimenea que me conduce al primer tajeo. Ahí empieza la visita. Hay que comprobar la calidad del mineral, los riesgos graves de derrumbe, medir los avances en los frentes de voladura (es lo que determina el pago al obrero por el trabajo realizado porque ellos cobran por metros, trabajan a destajo y son los mejor pagados, hasta 5000 soles, por ser la zona mas peligrosa), evaluar la estabilidad de la estructura de sostenimiento de los accesos, el estado de las tolvas, de la wincha (como llaman aquí al scraper), la estabilidad de los hastiales y el estado del relleno en los tajeos. Vuelvo a internarme en la chimenea para iniciar la bajada más larga, 120 m por una escalera angosta a la que le faltan peldaños o está tan embarrada que no hay donde sujetarse. Cuando alcanzo el nivel base inicio otra peregrinación entre galerías semiderruidas y quejosas y una subida eterna camino del siguiente tajeo. Llevo la batería de la lámpara en el cinturón, a la espalda, pesa unos seis kilos, el cable de conexión es muy corto y eso me obliga a ponerlo lo más alto posible en la cintura, dificultándome la respiración, pero evito perder el casco, uno de los pocos sistemas de protección que realmente funcionan en una mina. Al salir de Tapada necesito recuperar el aliento, no es sólo físico, es la angustia de pensar en los hombres que trabajan jornadas de siete horas en ese infierno. Peinado, mi secretario, me ha explicado que la única forma de aguantar ese esfuerzo, a la altura que estamos, es chacchar coca. La venden en los estancos, son bolsas como paquetes de picadura que ellos mezclan con cal viva, hacen una pasta y la mascan durante todo el día, las mujeres y las ancianas también, ancianos no hay.¨

 —

Sofía acudió a Maita nada más llegar porque el pequeño sufría de faringitis. El médico les advirtió que todas las enfermedades respiratorias en aquel lugar eran muy peligrosas, a causa de la altura, y derivaban en neumonía con facilidad; el hospital no estaba preparado para atender casos graves y era preciso trasladarlos a Lima, por eso una neumonía allí era mortal, sobre todo en un niño. En cuanto a la alimentación, debían hervir siempre el agua y habituarse a los productos de la zona; obligó a Sofía a deshacerse del lote de potitos que trajo de la ciudad y, durante un tiempo, el niño berreaba continuamente, volviéndoles locos, hasta que se acostumbró. Con Sofía no pasó lo mismo; no soportaba el aceite de pescado; lo único que ingería era café con leche y pan. Adelgazó mucho en unos meses. Marcos, preocupado, encargó un cordero a uno de los obreros, uno de los afortunados propietarios de un caballo de montaña, el mejor medio de transporte en la zona. Sin embargo, un viaje de dos o tres días se convirtió en uno de quince. Cuando volvió con el bendito cordero les explicó que tuvo la mala suerte de llegar a la finca el día de la muerte de la dueña y se vio obligado a quedarse a los preparativos del funeral, al entierro, y hasta que no pasaron unos días no le quisieron vender el animal. Traía un documento firmado por la familia de la fallecida para justificar su ausencia.

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Las voladuras de superficie en la zona próxima al campamento de Huancavelica habían sufrido muchos retrasos; ya sólo les quedaban unos días para terminar; tenían que aplanar el terreno para instalar la maquinaria y acceder a la bocamina de Providencia 660. Utilizaban dinamita de alta potencia, 30 cartuchos por barreno y una guía de 50 segundos. A pesar de lo escandalosas, por el humo, eran lentas y había tiempo suficiente para alejarse. Los barrenos solían salir bien, al menos estando Marcos presente no hubo ningún contratiempo. Al grito de ¨Tiro¨ la gente huía  corriendo a encerrarse en sus cuartos. Por la fuerza de la explosión algunas piedras pequeñas rodaban por la ladera hasta la laguna; en tiro directo ninguna alcanzaba los 100 metros de distancia. Tuvieron que hacer 4 ó 5 tiros por jornada para completar el desquinche. El principal problema eran los niños, que subían como locos desde el poblado para ver los fuegos artificiales; los intentaban controlar pero era inútil; siempre aparecían en rebaño, saltando y gritando, para ellos era una fiesta. La única opción que les quedaba era reducir el tamaño de la voladura para evitar desgracias.

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Marcos mandó construir una jaula gigante y la llenó de pichuchancas, unos pajaritos parecidos a los gorriones; pero se les murieron todos, no estaban habituados a vivir en cautividad y se estrellaban contra los barrotes intentando escaparse, fue un drama. Les regalaron un cachorro negro y Delia le puso un lazo rojo, como el que llevaban las llamas, los toros, los corderos, todos los animales de los alrededores; sólo entonces supieron que era para ahuyentar a los malos espíritus. Marcos estaba convencido de que era para distinguirlos a través de la espesa niebla, tan habitual en la zona, aunque nadie avalaba su teoría. Tuvieron una llama recién nacida, la madre había muerto y un día apareció un obrero por la casa para regalársela a los niños. Tres días después el animalito se murió y acabó convirtiéndose en una bonita piel en el suelo del cuarto de juegos. Criaban cuys para comer pero los niños se encariñaron con ellos y tocarlos estaba terminantemente prohibido; lo mismo pasaba con los conejos y las gallinas; ellos subían cada mañana a contarlos para asegurarse de que no faltaba ninguno. El único animal que se ganó el derecho a fallecer fue un pavo; picó al pequeño y Marcos lo estranguló con determinación, después de emborracharlo. El picotazo les permitió disfrutar de una sabrosa cena.

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Siempre había escasez de repuestos, no sólo por estar en la puna sino también por los problemas de divisas para pagar las importaciones. Así que la mina contaba con un experto, Calderón, el hermano del jefe de operaciones de la zona norte, dedicado exclusivamente a obtener los materiales en las minas vecinas: un maestro de los cambalaches que se valía del trueque o de los préstamos. En aquel lugar lo más valioso era la capacidad de improvisación y en eso Gago era un genio, un verdadero artista. Durante una reunión semanal, en las que pedían el equipo necesario para los trabajos previstos, Marcos informó que necesitaban rieles y cambios de dirección. Gago se comprometió a conseguirlo todo; el chef le dio el visto bueno y él cargó un camión con varios obreros; desaparecieron un domingo de madrugada y a media mañana volvieron; había cumplido con lo prometido. Nadie preguntó, el chef dio por hecho que lo habían tomado de una vieja línea de ferrocarril estatal, a medio desmontar, que probablemente en su momento llegaba a alguna mina. Sin embargo, al día siguiente, apareció un guarda de los ferrocarriles nacionales preguntando si sabían algo del robo en Shelby. ¿Qué robo? Pensó Marcos. Por lo visto el material que habían llevado a la mina procedía de la línea principal y habían parado el tráfico. Se hizo el silencio, nadie sabía nada de semejante latrocinio. Esa noche tuvieron que devolver el cambio de vías, el resto no era necesario.

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El mayordomo del chef tenía una cabra enorme, muy vieja, y la costumbre de soltarla para que pastara en los jardines de las casas del staff. Aunque tuvo que interrumpir aquella práctica a partir del día que el animalito devoró la ropa colgada del chef, de milagro logró salvarle la cabeza. También tenía un toro que se aficionó a la casa de Marcos y, por mucho que reforzaran la valla, entraba y arrasaba el pasto. Los niños envolvían piedras en papel para lanzárselas al bóvido y espantarlo; le tenían pánico pero no querían hacerle daño. Cuando Marcos volvía a casa se encontraba a los dos parapetados tras el columpio, la niña, como era la mayor, lanzaba las piedras, y el niño ejercía de ayudante; apenas le rozaban y si le daban ni se inmutaba. Marcos también lo intentaba con más fortuna que ellos pero aquel bicho era imparable y el dueño sordo. Desde que llegaron hasta que se fueron lucharon infructuosamente por evitar que cruzara la cerca, sin embargo, era un animal con muchos recursos y siempre lo conseguía, destrozándola. Un visitante pintoresco y obligado.

 —

Cometa era la veta más antigua de todas, explotada desde la época de la conquista, aunque de aquella mina sólo quedaba un derrumbe gigantesco que ocupaba toda la ladera. La entrada a la nueva explotación estaba a 20 metros del término de dicho derrumbe y se comunicaban por el interior. Sin embargo, alcanzar ese límite real entre ambas les daba problemas porque los mineros insistían en que allí había un fantasma: un soldado sin cabeza de las huestes de Pizarro. Marcos no sabía si reír o llorar. En todas las minas hay un fantasma, pero estar emparentado de alguna forma con éste no le hacía mucha gracia.

El pozo de Cometa tenía un ascensor que soportaba 2000 kilos, en realidad era una jaula abierta con suelo y techo de plancha. 350 metros de profundidad por los que la jaula se deslizaba a gran velocidad sobre unas vigas de madera con guías de hierro, como  un tren sobre raíles, en vertical; cada ocho metros había cambio de viga; si el traqueteo era suave todo iba bien; si se escuchaban golpes fuertes y secos se daba la alarma y en el cambio de turno los entibadores, los carpinteros de mina, procedían a revisar las guiaderas y a repararlas o cambiarlas; si se paraba no podrían sacarlos; y si el cable del ascensor se rompía la instalación contaba con un paracaídas, unas garras de acero que se lanzaban contra los vigas para evitar la caída, aunque no solían funcionar, salvaban pocas jaulas y al dispararse destrozaban los pozos y la reparación eran lenta y costosa.

Cometa estaba excavada bajo la laguna de Huancacocha y las filtraciones eran constantes, así que se decidió abandonar la zona más peligrosa y hacer un cierre de seguridad para evitar una posible inundación violenta: un tapón de hormigón de 5 metros de espesor con dientes de sierra. Una compuerta central permitía controlar las entradas menores de agua, de ese modo podrían evacuar la mina en caso de amenaza.  Lo que los obreros no sabían, pero los ingenieros sí, es que si al abrirla descubrían que la inundación había comenzado no la podrían volver a cerrar; más de cien personas morirían sin remedio. La única manera de evitar abrirla era disponer de unos mecanismos de control demasiado caros de instalar y difíciles de mantener. Ni se había hecho, ni se iba a hacer.

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¨Nochebuena 1974

Aprendí a jugar al poker para congraciarme con el chef, es parte del trabajo. Esta noche organizó una partida en su casa. Me tocó perder como a todos, así al francés le tenemos contento. Sonó el teléfono cuando apenas llevábamos unas manos. Él se tuvo que levantar a atenderlo. Llamaban de la mina. Tardó unos minutos en volver. Nos dijo que había habido un accidente en Tapada. Un obrero se había caído por una chimenea de acceso porque otro de sus compañeros se la dejó abierta. Me ofrecí a subir a Huarón pero se negó en rotundo. ¨No hace falta¨, me dijo, ¨ha sido una caída de 50 m chocando contra las paredes, ya está muerto. Ellos sacarán el cuerpo¨. Y se empeñó en seguir con la partida. Los demás se lo tomaron con calma. Luego supe que lo último que quería el chef es que apareciera por allí uno de los ingenieros, por si se producía algún altercado. ¨Una muerte siempre trae complicaciones, de quien sea la culpa no importa¨-decía.¨

 Marcos no llegó a cumplir el contrato, la delgadez de Sofía le preocupaba cada vez más y escribió a París solicitando el traslado. Respondieron más rápido de lo previsto, necesitaban a alguien para cubrir el puesto de Director de la mina de Boquira, en Brasil, a 700 km de Salvador da Bahía. No sabían que estaban a punto de iniciar una nueva aventura en el sertao brasilero. Dejaron Perú a principios de marzo de 1975.

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