Carta de un amordazado a Jorge Fernández Díaz, Ministro de Interior por la gracia de Dios y María Santísima sin pecado concebida

Francisco Segovia

Grito

Muy señor mío.

            Lo primero que tengo que hacer es pedirle disculpas por tan extenso título para un artículo que podría resumirse en una sola palabra: DICTADURA.

            A partir de aquí, y con todos los respetos debidos y por deber –que nunca se sabe qué acontecerá en el futuro con su nueva ley y lo que conlleve anexo- le manifiesto lo siguiente:

            Su ley de seguridad ciudadana, conocida ya como “Ley mordaza”, está generando malestar y controversia. Usted se extrañará de ello, pero hay razones más que sobradas para provocar esta reacción en la ciudadanía y toda la oposición política.

            No le voy a contar los detalles de la ley, dado que usted la ha parido desde el principio, pero debería recapacitar porque es innecesaria dado que sus propias estadísticas manifiestan que la conflictividad en el país ha bajado, y que las manifestaciones son en su inmensa mayoría pacíficas, pero deduzco que usted, y los suyos, buscan otros objetivos, que no pasan por garantizar nuestra seguridad (eso lo dejará en manos de su amantísima virgen, y de sus no menos queridísimos santos, que es lo que le pide el cuerpo), sino para salvaguardar sus privilegios.

            No se me vaya a excitar, ni a poner vallas electrificadas entre sus razones y las mías. Tal vez usted no quiera amedrentar al ciudadano de a pie, y solo pretenda recabar más dinero gracias a las cuantiosas multas que se pueden poner porque uno se pase de una raya, se acerque a un edificio gubernamental, se reúna con tres o cuatro amigos para clamar por sus derechos, o grabe a un señor de sus fuerzas de seguridad golpeando o haciendo de las suyas porra en mano, pero permítame dudar de sus intenciones recaudatorias.

            Sé que a usted le gustaría un país como el de antes; cuartelero y de misa de doce todos los días. No lo niegue, lo lleva en la sangre. Pero una cosa son sus creencias personales y su ideología cubierta por una ligera capa de democracia, y otra muy distinta el país en el que le toca gobernar, pese a lo que le pese. Y este país no necesita de leyes que nieguen el derecho a manifestarse, prohíban el grito y la pancarta, multen la indignación y la reivindicación de la justicia, y pretendan traer la paz de los cementerios o de los conventos, que ahí están todos calladitos, como dios manda.

            No, señor ministro. Con todos los respetos, la calle no es suya. Ni de usted, ni de nadie. Es de todos. Es un bien público, un derecho, una obligación, incluso. Porque fuera de la calle no nos queda sino el silencio de los sofás, eso que usted y los de su gobierno llaman “la mayoría silenciosa”. Sí, esa que calla y otorga, que se encierra por miedo y consiente los despropósitos.

            Pero no se preocupe, señor ministro. No hay problema. De aquí a pocos meses, usted, su gobierno, y su ley van a ir al cubo de la basura. No merecen otra cosa. No se han ganado el respeto de aquellos a los que deberían gobernar con justicia, equidad, y patriotismo.

            Con todos los respetos, un ciudadano alérgico a las mordazas.

 

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