El retorno de la crisálida: “No es más que sangre” (XXXVIII)

 

Pablo Martínez Burkett

Vampiros

“Pero con más frecuencia se encamina directamente a su objetivo, vence por la fuerza y devora a su víctima en un festín” Sheridan Le Fanu

Desde mucho antes del holocausto climático, la humanidad había olvidado cómo era matar para ganarse el sustento. Las muchedumbres apiñadas en ciudades irrespirables quizás sospecharan que aquello que se llevaban a la boca había sido parte de un ser vivo, pero daba igual, todo tenía el mismo gusto a plástico. La asepsia, los envoltorios, la ausencia de sangre humanizaban la ingesta. Si hasta el acto de faenar se había vuelto tarea de unos pocos. Mucha, muchísima gente, no sabía lo que era ver a un animal vivo, los animales era meras imágenes en ordenadores y algún libro nostálgico.

Pero aún peor, los criaderos, feed lot y tal, habían desplazado para siempre la necesidad milenaria de cazar. El trato igualitario había prohibido corridas de toros, cacería del zorro y otras felices tradiciones. Nadie, nadie, se tomaba ya el trabajo de estudiar los movimientos de la presa hasta volverse uno, hasta ser capaz de anticipar un giro en la carrera, una finta, una acometida. Nadie recordaba la agitación de aguardar, paciente, en un escondrijo, el corazón desmadrado en sienes y dedos, la vista obligada a proezas imposibles. Y el silencio. Y la respiración contenida antes del ataque. Y correr y correr y correr. Y el golpe mortal con la piedra, el palo, el puñal, la lanza, la bala, la mira telescópica. No se me escapa que las generaciones se las fueron ingeniando para estar cada vez más lejos de la sangre.

No los culpo. Los animales presienten la agresión. Huyen. Y si se los acorrala, se defienden, contraatacan, muerden, chillan, patean, se sacuden, no se rinden ni aún con el hierro abriéndoles la carne. No obstante la inutilidad de toda resistencia, la bravura del botín honra al cazador. Con los humanos pasa igual. Creen que pueden escapar. Y si finalmente son atrapados, en sus ojos siempre se puede ver el mismo destello: confían que en el último instante algo o alguien los rescatará. No creen que eso les esté pasando. No creen ser gente que merezca perecer. Porque se tienen por hombres probos, mujeres rectas a quienes protege una invisible cadena de causas y efectos que justifica la esperanza. El empeño por imaginar una trama donde hay algo más que mero azar es realmente conmovedor. Como conmovedor es que se amparen en silogismo tan claudicante. Sin embargo, una y otra vez, se mueren aguardando una salvación que no llega.

En estas cavilaciones me había extraviado al contemplar las calles de Cheshire. Los muertos se apilaban, desmadejados, rotos, la sangre pegoteada, las vísceras esparcidas, la carne desgarrada conformaban un magma hediondo. Como era la guerra, los jóvenes del Clan Bloody Sunset no tuvieron delicadeza alguna y atacaron olvidando acudir al mesmerismo. Las muecas en los guiñapos era demostración suficiente de la falta de piedad. Las Criaturas de la Noche buscaron que el dolor fuera intenso. Pero sobre todo, que el horror no tuviera límites.

Al doblar una esquina, nos topamos con una de las tantas escenas de barbarie deliberada: un joven vampiro yugulaba a un pobre desgraciado. Otros tres Hijos del Sol Negro miraban divertidos. No tenían la obligación de conservarlo ni convertirlo ni siquiera alimentarse. Ya iban ahítos de sangre y correrías. Mataban para experimentar. Mataban por placer. El homicida se incorporó para atestiguar desde mejor ángulo los momentos finales de su víctima. El hombre tenía los ojos vidriosos, un vagido inhumano iba perdiendo intensidad y un surtidor de sangre se apocaba desde la mordida pareada del cuello. Un último temblor empezó a sacudirlo. Las piernas sin control vibraban en espasmos enloquecidos mientras un charco nauseabundo se agigantaba bajo la cintura. Otro que perdía el control. Ajeno a la ignominia, incorporó la cabeza, quiso enfocarnos en un gesto desesperado. Enseguida, floreció la mirada de incredulidad, de despecho, de malograda esperanza. Y con un vómito de sangre se murió.

Los jóvenes vampiros rubricaron la faena con una risotada macabra y desaparecieron para continuar con el raid criminal. A lo lejos, alcancé a ver como una horda cebada ponía sitio a un pequeño que se abrazaba a un muñequito de algún superhéroe.

No quise saber más. Me senté en una escalera a llorar. De estas carnicerías sin sentido no hay regreso. Una vez que se libera al animal despiadado que hospedamos, todo se vuelve barbarie. Ya no hay honra. Ya no hay frenos inhibitorios. Da lo mismo atacar humanos que vampiros. La honra no resida más en la cacería sino en la acumulación de cuerpos.

Yo tenía que detener esa locura. Porque con el final de la raza humana también estábamos labrando el nuestro.

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