Química Biológica

Alberto Ernesto Feldman

Química

A Marita Rodríguez-Cazaux

Cuando el doctor Galarzi  me llamó para que trabajase con él  en el laboratorio del Hospital  Franco-Alemán,  toqué el cielo con las manos.

Apenas una semana antes, lo había visitado para saber si necesitaba un empleado, movido por  mi necesidad  y el aprecio con que lo recordábamos los cinco amigos que fuimos sus alumnos  dilectos en el Colegio secundario, compartiendo con él, además, muchas conferencias, visitas a museos, los clásicos conciertos en la Facultad de Derecho  y charlas en largas veladas de café los fines de semana, donde arreglábamos el Mundo a nuestro antojo, siempre  con su guía.

El profesor Galarzi nos marcó intelectualmente, mucho más allá de la claridad con que nos enseñó Química, y  cuando  vimos la película “La Sociedad de los Poetas muertos”, no pudimos evitar identificarlo con el personaje,  aunque  yo, sólo  en parte. Mi  opinión sobre él  cambió radicalmente,  porque   lo  conocí  en otra etapa de su vida y también de la mía. Seguramente ni él ni yo, éramos los mismos.

Imbuido de las ideas políticas  progresistas, solidarias y románticas que él había sembrado en nosotros, nos decía que aunque seríamos profesionales, debíamos ganarnos el pan  al menos un tiempo al lado de los obreros), me encontraba trabajando en una importante fábrica, como obrero  textil, con  las máquinas  continuas, que convierten en hilo las hebras de algodón,  máquinas que exigen una gran atención y rapidez; quinientos carreteles  girando,  retorciendo hilo y enrollándolo.

Cuando algún hilo se cortaba, en segundos se originaba un bollo de algodón que crecía como  bola de nieve al tocar los carreteles vecinos. La máquina no se podía detener, por lo que con una cuchilla especial había que eliminar inmediatamente la bola y volver a empalmar los hilos cortados, cada uno en su correspondiente  carretel,  todo esto a gran velocidad para ganarle a la bola creciente. Este proceso descubría  una sensación de sometimiento del hombre frente a la máquina (y sus dueños). Toda la atención debía ponerse sobre el trabajo y, de tal manera, que no había tiempo para otra cosa que no fuera un saludo fugaz con los compañeros.

Desalentado, estaba teniendo  pesadillas con esas máquinas continuas de la textil, que,  por si algo faltara, hacían temblar el piso bajo los pies  y producían un ruido infernal,  que llegaba hasta el cerebro.  Por otra parte, tenía que aprobar Química Biológica para pasar a tercer año de la Facultad y se me ocurrió que el cambio de trabajo y la aprobación del examen podían  surgir  de esa visita a mi antiguo profesor,  quizá porque parte de la materia a rendir tenía que ver con los análisis clínicos que eran rutina en  un hospital.

Me llamó un viernes a última hora.

–¿Podés  empezar el lunes, de  7.00 a 12.00?…  – preguntó.

Le  contesté  afirmativamente  antes de que él terminara la frase.

 –De 8.00 a 11.00 vas a hacer extracciones junto con Tomás, él te va a  ayudar y enseñar  en  los casos complicados  –dijo tranquilizándome.

Durante  dos  semanas, pinché  brazos a troche y moche, buqué venas,  bajo  la supervisión del viejo  Tomás,  y perdí el miedo que tenía a medida que fui ganando confianza.  A los pocos días pude hacer las extracciones sin supervisión. Tomás se  fue;  me comentaron que se había jubilado.

Galarzi me dijo que observara, después  de  terminar con las  extracciones  y  el lavado del material utilizado, cómo se hacían los  extendidos  y el  recuento de células sanguíneas con el microscopio, lo mismo que el examen completo de orina.

Estaba entusiasmado, aprendía rápido, me desempeñaba con seguridad, sin embargo,  cuando  pasaron los primeros cuarenta días, me enteré que recién cobraría mi primer sueldo al mes siguiente, por cuestiones administrativas.

Ahora estaba trabajando sin parar desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde.  Días después,  agregaron a mis tareas los análisis más comunes  y frecuentes,  como glucemia,  uremia, y otros   de investigación diaria en los pacientes internados.  Al mismo tiempo, Galarzi me dijo que se iba la chica que dactilografiaba los protocolos  y me preguntó si podía quedarme,  todos los días, un poco más tarde  para  reemplazarla en esa tarea.

Finalizando  el tercer mes, trabajaba desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche,  terminaba agotado por la exigencia de la jornada y, todavía, sin haber cobrado un peso.

Con preocupación,  le advertí a mi antiguo profesor que, en esas condiciones, me iría.  Respondió que si quería ser médico, era  mejor que trabajara gratis en un hospital que por un sueldo cualquiera en una fábrica.

No reaccioné como hubiera debido; todavía me quedaban los recuerdos de los años del colegio secundario  y de su antigua  bondad, pero esa  misma noche, cuando salí del hospital,  tuve una sorpresa: Me esperaban el viejo Tomás,   la dactilógrafa y el técnico que hacía los análisis de sangre y orina.

Me increparon  agitando  los puños apretados.

– ¿Estás contento,  carnero?, nos dejaste en la calle, ¿no te diste cuenta  que nos iban echando a medida que vos acaparabas más trabajos?…

Escaso de luces para lo que estaba fuera de mi interés  inmediato, completamente ciego a lo que pasaba a mi alrededor, ni siquiera lo había sospechado.

Cuando  les dije que en tres meses no había cobrado un solo peso, se me rieron en la cara.

–¡Bienvenido al club! – me dijeron, y nos hicimos amigos.

Comprendieron que yo no era mala persona, era solamente un idiota.

Esa noche no pude dormir, cerca de las diez de la mañana entré al hospital para retirar mis pocas pertenencias, el guardapolvo y unos libros.

Una larga hilera de personas  hacían cola  con cara de fastidio,  mientras que  dos enfermeras,  sacadas de  algún otro servicio, se esforzaban por cumplir una tarea que no les era habitual.

En el suelo, una larga fila de  orinales  repletos,  pertenecientes a  los pacientes internados, ocupaban el espacio desde la entrada del laboratorio, atravesando  dos habitaciones, hasta la mesa  de mármol donde el profesor los  analizaba  a toda velocidad, con los ojos desorbitados y una mueca de rabia.

Pasé por detrás de él sin saludar, abrí el armario a sus espaldas y  arrollé el guardapolvo en el antebrazo izquierdo.

–¡Podías haberme avisado! – me dijo bufando, casi sin mirarme.

Tomé el  orinal de vidrio que tenía  más cerca y se lo partí en la cabeza.

Sin un grito, con expresión  de asombro y  cubierto  de sangre y orina, Galarzi se deslizó lentamente hacia el piso, llevándose la mejor parte de mi adolescencia.

Hoy somos cuatro los que salimos en libertad.  Después de tantos años nos han rebajado las penas por buen comportamiento y por contracción al estudio.

Dos, se han recibido de abogados, el tercero de contador. Yo, estudié Química, voy a dar examen, tengo idea de aprobar,  por fin, Química Biológica.

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