La sospecha

Estefanía Farias Martínez

Jerónimo

1

Seis años antes, Jerónimo llegó a la casa que se convertiría en su peor pesadilla. La gestoría había abierto una sucursal en el pueblo y le trasladaron allí como brazo derecho del gerente. El primer mes vivió en un hotel. El encargado de la recepción le habló de la posibilidad de alquilar un apartamento en buen estado y amueblado. La intención de los dueños era conseguir un inquilino discreto y él era un candidato perfecto. El precio no era desorbitado, asequible para su sueldo, y no lo dudó. Se instaló en febrero, lo recordaba muy bien porque hacía mucho frío. Tenía calefacción central: una caldera gigantesca alimentada con gasoil. La gasolinera estaba al lado del edificio y conseguir el combustible era fácil, aunque subir las garrafas de 20 litros, los tres pisos y sin ascensor, era totalmente imposible para él. Así conoció a Germán, dos metros de chico del norte, acostumbrado a esas maniobras. Haciendo bailar la garrafa sobre su hombro derecho, atacaba los escalones como una cabra montesa escalando un risco, a saltos. No aceptaba propinas pero agradecía la conversación y fue una fuente de información muy útil sobre su nueva vivienda.

 El inmueble pertenecía a tres hermanas. El padre era todo un visionario y llamó a sus hijas Caridad, Piedad y Esperanza. El tercer piso, el suyo, era de Doña Esperanza, la hermana pequeña, por suerte no vivía en el país y su contacto con ella sería a través de un abogado. Doña Caridad, la mayor, la dueña del primero, era viuda y vivía allí sola, y era la propietaria del local que estaba en la planta baja del edificio, un antiguo concesionario de coches reconvertido en tienda de electrodomésticos. “Una mala pécora” decía Germán, aún resentido con ella. Por lo visto, tras la muerte de su marido, utilizó una serie de artimañas legales  para declarar la empresa en quiebra y no dar un céntimo de indemnización a sus empleados. El padre de Germán era uno de esos infelices, “20 años de trabajo y mira como le pagaron” repetía el hijo. Desde entonces, el local se había alquilado varias veces, aunque el carácter de la casera no permitía que los contratos se prolongaran. Los últimos inquilinos, más prácticos que los anteriores, utilizaban a un abogado de intermediario y ya llevaban allí más de un año. Aquella Rebeca disfrazada de Doris Day no saludaba jamás, sólo le miraba con displicencia. El segundo era de Doña Piedad, la mediana de las hermanas, una mujer torturada por una hernia de disco, encorvada tras una operación digna de un carnicero. Aún sin cumplir los cincuenta, tenía la apariencia de una anciana indigente, desgreñada y andrajosa, y el carisma de una mujer siniestra y avariciosa. Jerónimo supo, desde el primer momento, que estaba ante una verdadera víbora. Era la dueña del hotel que había al otro lado de la gasolinera y de una finca a las afueras. Ese apartamento del segundo piso tuvo muchas utilidades para ella, antes de que llegaran  los primeros inquilinos estables. El lugar ejercía de extensión del hotel cuando este se llenaba, de residencia de empleados de la finca o de dormitorio provisional para trabajadoras que realizaban tareas extra.  Sobre la famosa finca de Doña Piedad supo, por Germán, que al principio plantaron nogales, porque a Don Silvestre, su marido, le parecía una idea magnífica, pero se le secaron. Entonces decidieron dedicarse al ganado porcino. Los mandaban a Melilla y se vendían muy bien al parecer. Inquietante comercio con una ciudad llena de comunidades que consideraban prohibido a ese animal. La conclusión obvia de Germán: se trataba de una burda tapadera para el tráfico de ilegales. La presencia del yerno, un guardia civil, de Doña Piedad en la ciudad acrecentaba aún más el rumor. Aunque esa actividad pasó a manos de su hijo, Clemente, porque los padres descubrieron un filón en la cría de ganado vacuno a base de hormonas.

Clemente también era el encargado de gestionar todo lo relativo al apartamento del segundo, desde hacía dos años. Era la viva imagen de su padre, alto y desgarbado con más cuerpo que piernas, un cuello poco definido y una bola de bolos por cabeza con ojillos azules en vez de agujeros, igual de simétricos y hundidos. El don de gentes lo había heredado de su madre y  la pericia, de su padre.

2

El fatídico día que dio comienzo la pesadilla Jerónimo se quedó perplejo al entrar al cuarto de baño. Del sumidero de la bañera salían en masa gusanos blancos del tamaño de los dedos de un niño obeso. Los veía marchar en fila de a uno, trepando por las paredes, estableciéndose en los bordes anchos. Permaneció petrificado, observándolos. Eran gusanos de muerto. Se alimentaban de la carne tumefacta. Eso había aprendido en las series de televisión que devoraba noche tras noche. Cogió la manguera de la ducha y abrió el grifo al máximo. Durante veinte minutos les vio ir desapareciendo, casi por parejas, y cuando ya no quedaba ninguno restregó y restregó la zona comprometida, utilizando un potente desinfectante. Incluso olisqueó el sumidero, si había un cadáver en alguna parte el hedor debía ser insoportable, sin embargo sólo olía a agua y a tubería. Bajó la escalera pensando en el vecino de abajo, llevaba meses sin verle, era un buen candidato a finado. Al pasar por la puerta, la olfateó, un aroma a madera vieja fue lo único a destacar, acercó la oreja y no se oía nada en el interior. A media tarde, volvió de la oficina y la puerta estaba abierta, se asomó. Nadie a la vista. Avanzó unos pasos. El apartamento era idéntico al suyo, a la izquierda se abría el pasillo que conducía a la cocina y un poco más allá, el cuarto de baño. Le salió al paso un gigante con el pecho descubierto, pantalones de tirantes y brazos de hormigón armado. Él titubeó, se echó hacia atrás, impresionado por semejante mole.

-¿Esta buscando al patrón? Hoy no creo que venga.

-Entonces me voy- dijo rápidamente, con voz temblorosa e intentando fisgar a través del hueco entre el cuerpo del obrero y su brazo izquierdo. Fue inútil, el otro le impidió saciar su curiosidad. El armario le acompañó hasta la puerta, asegurándose de que se largara y él, sonriendo como un idiota, subió las escaleras sin apartar la vista de aquel individuo tan hosco. Siguió  observándole hasta el recodo de la escalera, temiendo que se le echara encima al primer descuido. Ya en su territorio concluyó que el patrón sólo podía ser Clemente y un escalofrío le recorrió la espalda.

3

La incertidumbre le impidió conciliar el sueño esa noche y a la mañana una nueva invasión azotó su casa. Él estaba en la cocina cuando oyó un ruido extraño en la terraza. Espantado y asqueado reparó en una marea de cucarachas, de tamaño imposible, saliendo del sumidero de la pileta, negras, gordas, enormes. Se movían con rapidez hacia el interior, pasando entre sus piernas, rodeándole, ignorándole. Debía haber más de cien. Y por si fuera poco, oía un quejido metálico procedente de la pared. Olvidándose del pánico que le daban los insectos de gran tamaño empezó a saltar sobre ellas, aplastándolas. Dejó un reguero de cadáveres en su recorrido hasta la puerta. La cerró de golpe para contener su avance y sacó, de debajo del fregadero, el spray matacucarachas. Rezando para que no estuviera caducado o vacío, lo agitó. Dejando el dedo presionado roció a diestro y siniestro, intentando gasear al mayor número posible de individuos, sintiéndose un verdadero genocida. Las supervivientes huyeron hacia la terraza y se lanzaron al vacío. Fueron diez minutos de batalla cruenta y al terminar se deshizo de los cuerpos. Una hora tardó en considerar que aquello estaba controlado y la cocina esterilizada. Entonces decidió darse un baño de espuma con sales incluidas, de los que sólo se daba algún domingo alterno. Se metió en el agua, cerró los ojos y se relajó. Cinco minutos después, un fuerte ruido le sobresaltó, las paredes temblaban, la bañera se movía, todo el cuarto vibraba y escuchaba un golpe seco tras otro. Aterrorizado, se puso en pie. Por un momento llegó a creer que se abriría el suelo, que acabaría, con bañera y todo, desnudo, tiritando de miedo y de frío, cara a cara con el gigante. Salió como pudo, resbaló al apoyar el pie en la alfombrilla y acabó de bruces en el suelo, con un fuerte dolor en las rodillas se arrastró hasta la puerta, se incorporó y estiró el brazo para coger la toalla. El aterrador estruendo parecía no terminar nunca. Se sintió un poco más seguro en el pasillo, pero hasta que no llegó al dormitorio no recuperó el aliento. Media hora después todo quedó en silencio, él seguía temblando. Le costó recomponerse y cuando lo consiguió se vistió con prisa. Tenía que averiguar qué demonios pasaba. Sin embargo, cuando bajaba las escaleras, descubrió a Clemente cerrando la puerta a cal y canto. Frenó en seco, intentando ser invisible, paralizado, sin respirar apenas. Cada vez más convencido de que allí ocurría algo que madre e hijo intentaban ocultar. Esperó que Clemente desapareciese y se acercó a la puerta otra vez. No se oía nada. En la pared de la bañera, del piso de abajo, debía haber un fiambre escondido y ahora intentaban sacar los restos sin que nadie se diera cuenta. Decidió preguntar a Clemente por el anterior inquilino. Siguió bajando la escalera algo temeroso, intentando mantener el temple. Estaría perdido si hacía patente su sospecha y podría acabar siendo otro cadáver en la pared del salón.

 Encontró a Clemente en la cafetería del hotel. Se acercó a pedir un café y le saludó. Se quedó a su lado, buscando la forma de hacerle una pregunta tan complicada. Clemente estaba a punto de terminarse su café y él le miraba de reojo, de repente se envalentonó y bruscamente se dirigió a él.

-¿Hay vecinos nuevos?

Clemente se mostró confuso y molesto ante el repentino interés de aquel tipejo por entablar conversación.

-No- contestó secamente.

-¿Entonces sigue viviendo allí el mismo inquilino?

-Se fue hace meses. Su contrato era muy corto, sólo estaban haciendo unas obras por la zona.

-Ya me extrañaba a mí no haberle vuelto a ver- nada más decir eso observó detenidamente la expresión de Clemente. Este ni se inmutó.

La conversación no daba más de sí. Sus pesquisas como detective le llevaron a la certeza de que ese hombre tenía nervios de acero. Decidió no retenerle más, era una misión inútil.

Casi se desmaya cuando apareció Doña Piedad y agarró con fuerza a su hijo por el brazo, mirándole a él fijamente, con esos ojos aterradores. Ella arrastraba a Clemente hasta la puerta que conducía al hotel y él se dejaba vapulear como si hubiera cometido alguna falta.

4

Gervasio, que lucía como una bola de demolición anclada al suelo por débiles vigas, era el guardia de seguridad de la oficina de la SS. Era curioso por naturaleza y el primer saludo que Jerónimo le contestó se transformó en una amena charla sobre aficiones y fracasos que se repetía a diario, al pasar por la puerta camino de la oficina.

Gervasio le vio llegar angustiado, inquieto, con los ojos muy abiertos, la ansiedad estampada en la cara.

-¿Que pasa Jerónimo?

-Tengo un problema muy gordo.

-¿En el trabajo?

-No, en el piso ¿Tú sabes algo sobre los gusanos de muerto?

-¡Qué cosas preguntas! Lo mismo que tú. Lo que hemos aprendido en CSI.

-Entonces ¿Nunca has visto un cadáver? Como eres guardia de seguridad, pensé que a lo mejor…

-¿Por qué  iba a yo a ver uno? Un ladrón es otra cosa, pero un cadáver…

-¿No eres lo mas parecido a un policía? Si tienes hasta un arma.

-Es para asustar. Si la uso acabo en la cárcel.

-¿Y si pillas a un ladrón in fraganti?

-Rezo para que sea listo y no le coja.

Profundamente decepcionado, Jerónimo cambió de tema rápidamente

-¿Qué sabes de las hermanas?

-¿De cuáles?

-De las dueñas de mi edificio

-¿Las virtudes?

-Esas mismas.

-No mucho, lo que todo el mundo. Que su padre era un capo por aquí. Debía ser fino, para mí que él fue el que enseñó a las hijas a ser como son. Ese edificio lo hizo para que vivieran las tres juntas pero no se soportaban. La pequeña se largó a Sudamérica con un novio gallego que se consiguió; la segunda se casó con un perito industrial que nunca ejerció, Silvestre, afiliado a Fuerza Nueva; y la mayor con Braulio, un fiscal suplente que siguió siéndolo hasta que se murió. Lo mejor del viejo era la confianza que tenía en las hijas y ya en los maridos no digamos. Por eso repartió su herencia en vida, para que esas tres no se sacaran los ojos y para que pudieran vivir de algo. El tío tenía de todo, pisos, tierras, era dueño del concesionario, la gasolinera y el hotel. A la pequeña le tocaron los apartamentos y los tenía alquilados, no vendió ninguno, al principio, luego sí. A la segunda, le dio el hotel y a la mayor el concesionario. La gasolinera la vendió y repartió el dinero entre todas y las tierras se las quedaron las dos mayores. Doña Caridad malvendió las suyas cuando empezó a tener problemas. Sin embargo, Doña Piedad se hizo una casona en la finca y montó una explotación agrícola, un tinglado confuso en el que hacen de todo. Se dice que usan ilegales para trabajar allí y los reemplazan cada poco tiempo para que no les pillen, aunque no he oído que les hicieran ninguna inspección. Su padre era muy amigo del Panzer. Hacían negocios juntos. Todavía hoy en memoria del padre los sigue haciendo con la hija, con Doña Piedad y supongo que le echa una mano con algunos asuntos sensibles. Doña Caridad ni le trata, se considera de otra clase.

-¿Y quién es el Panzer?

 -¿De verdad no lo conoces?

-No.

-El Panzer es el chatarrero del pueblo y de la región.

Entonces recordó, le vio una vez, en el banco, y el director de la sucursal le habló de él. Hacía honor a su nombre, más de 100 kilos de carne rebosante e intimidante, de andares pesados y renqueantes pero con la agilidad de un felino. Amante de las discusiones que acababan a golpes, quebrantahuesos involuntario, aún en esas melés inesperadas y anheladas, fruto del alcohol y la buena mesa, en reuniones de amigos y conocidos, o tras un partido de fútbol entre veteranos y novatos de la misma cofradía.

-¿Te acuerdas que trabajé muchos años en una cantera, como vigilante nocturno?- preguntó Gervasio.

-Claro, de la que te echaron por lo de la narcolepsia.

-En realidad no me echaron, lo iban a hacer pero la acabaron cerrando y me fui a la calle igual.

-Todavía no entiendo como se te ocurrió trabajar de vigilante nocturno con tu enfermedad.

-Se me daba bien y como iba y venía no se daban cuenta, hasta que una noche hubo un corrimiento de tierras y se enteraron por la guardia civil. Vinieron los jefes en persona y me pillaron roncando en la cabina de uno de los camiones. Todo anegado, media pared derruida y yo allí. Qué gritos. El desastre fue tan gordo que se olvidaron de mi descuido, cuando les cayeron encima los acreedores y acabaron cerrando. Suspensión de pagos. Formé parte del comité que les demandó para conseguir las indemnizaciones.

-Me acuerdo, os timaron.

-Entre el abogado y la dichosa empresa nos dieron dos perras y a correr, y encima callados o nos quedábamos sin nada. Habían comprado al juez.

-¿Y todo eso qué tiene que ver con el Panzer?

-Nada. Lo que te iba contando es que el Panzer tenía en nómina al jefe de mecánicos y al encargado del almacén. Ellos fueron los primeros en darse cuenta de mi problemilla y se aprovecharon. Aunque no sabían que a veces me despertaba, así que les vi hacer sus tejemanejes, calladito, yo sólo trabajaba allí, tampoco me iba a llevar un navajazo por los cabrones de mis jefes. Pagaban fatal. El caso es que el día que llegaban los repuestos para las máquinas, siempre de noche -mira por donde-, pagaban al camionero que hacía la entrega y luego el encargado del almacén reclamaba el pedido. Se lo volvían a mandar y nadie se enteraba de nada. Una hora después sacaban de la cantera los repuestos. Iban a parar a manos del Panzer y él los vendía a canteras más pequeñas a buen precio.

-¿Y ese hombre es peligroso?

-Depende. Algunos dicen que tiene muy mal perder, que no soporta que le salgan vagos los trabajadores, que le partió el cráneo a un imbécil por llevarle la contraria ¡De una bofetada! ¿Te imaginas? A mí me parece muy exagerado. Si sé, de muy buena fuente, que lava dinero comprando billetes de lotería premiados, paga un 20% más del valor y ya está. Esa es  la práctica habitual en esta zona.

-Eso lo sabía, me lo contó el del banco. A veces iba a verle, le pedía que le llamara, si le tocaba a alguien la lotería y el del banco lo hacía.

-El Panzer tiene muy buenos contactos y le avisan cuando tiene que mantener el perfil bajo, tiene untado a todo el mundo.

-¿Pero es peligroso o no?

-Nunca se sabe, con tíos como ese mejor no meterse.

-Pues me dejas más tranquilo. ¿Y dices que tiene tratos con Doña Piedad?

-Si. Eso lo sabe todo el mundo.

-Estoy muerto.

-¿De qué hablas?

-Otro día te cuento.

A Jerónimo la conversación no le tranquilizó en absoluto. Si sus sospechas eran ciertas estaba metido en un lío tremendo y tampoco podía desaparecer así como así, entonces sería evidente que sabía demasiado. No le quedaba otro remedio que disimular.

  5

Otra noche sin dormir, ni siquiera pudo cerrar los ojos. El corazón le latía con fuerza, a ratos se calmaba, pero sentir las manos del Panzer retorciéndole el cuello. Le angustiaba tanto que volvían las taquicardias. Antes de que amaneciera se levantó desesperado. Avanzó a oscuras por el pasillo, atemorizado, alguien podía estar acechándole escondido en uno de los cuartos, esperando para atacarle. Cuando encendió la luz de la cocina se calmó, no había nadie. Se preparó un café y desayunó. El efecto milagroso del primer cigarillo de la mañana le llevó a sentarse en el váter. El cuarto de baño estaba helado y le pareció ver luz a través de la pared, en la esquina de la ventana. Se adivinaba el techo del garaje del antiguo concesionario. Era una grieta del tamaño de un dedo. Se duchó, se vistió y un apretón le obligó a volver al baño. No podía dejar de mirar la grieta, había crecido. Cuando la midió de nuevo tenía dos dedos de ancho. Era una locura. Decidió irse cuanto antes para olvidarse de sus paranoias. Su amigo brillaba por su ausencia en la puerta de la SS y se oía jaleo dentro, alguna reclamación que se les fue de las manos. En esos casos la secretaria llamaba a Gervasio y él sólo necesitaba aparecer para que la discusión acabara en silencio. Era su verdadero cometido en ese lugar: acojonar a los rebeldes.

 Aquella mañana, Jerónimo no consiguió concentrarse en sus obligaciones, una idea muy retorcida le torturaba. El gerente le llamó la atención varias veces. Documentos incompletos, datos incorrectos, una verdadera colección de errores, algo impropio en él, tan metódico y concienzudo siempre. Alegó una enfermedad familiar para justificar su dispersión y obtuvo el gesto condescendiente de su jefe y una reprimenda por faltar a sus obligaciones. Una palmadita en la espalda y un “lo siento de verdad pero el trabajo es lo primero” fue lo más cariñoso que podía esperar. No le amenazó con el despido, no era necesario, el era más que suficiente. Durante el resto de la jornada se vio obligado a poner los cinco sentidos en todo lo que hacía y repitió cada documento defectuoso. Su horario laboral se vio prolongado un par de horas. Llegó agotado y consiguió dormir de un tirón.

 6

Al día siguiente, lo primero que hizo fue comprobar la grieta del cuarto de baño. Cabía un brazo, de los suyos, delgado y huesudo, pero un brazo. Cuando salió a encender el calentador, el quejido de los días anteriores se había transformado en un crujido constante. El calentador se movía ostensiblemente, intentando desprenderse de la pared y salió  disparado al interior de la cocina. Lo que le faltaba, morir aplastado. En su cabeza una idea se fue abriendo paso de forma alarmante. ¿Sería posible que intentaran asesinarle tirándole la casa encima? No era tan descabellado. Ellos podían haberse dado cuenta de su intrusión, el obrero le delataría. Había cometido la estupidez de interesarse en el antiguo vecino, de espiar las idas y venidas de Doña Piedad y sus empleados, desde la ventana de su dormitorio y sin tomar la precaución de apagar la luz. A nadie le gustan los fisgones y había hecho oposiciones a occiso. Muerto de miedo, castañeteándole los dientes, aún ajustándose el nudo de la corbata, bajó las escaleras derrapando. Su pinta de chupatintas profesional, esmirriado, de un tamaño ignorable, no despertaba el respeto a su paso, ni mucho menos era considerado una molestia. Sin embargo, esta vez se había dejado llevar por un impulso fuera de toda lógica, no estaba capacitado, ni física ni mentalmente, para soportar la presión que aquellos individuos podrían llegar a ejercer sobre él.

 Camino de la oficina esta vez sí se topó con Gervasio.

-Jerónimo, estuve indagando sobre esa casa.

-¿Qué casa?

-La tuya, el edificio en el que vives. ¿Sabes que lo diseñó el marido de Doña Caridad, el fiscal? Consultó a un aparejador pero fue cosa suya y como el otro era un amigo del suegro le firmó los planos. Al principio en ese solar lo único que había era el concesionario y ellos levantaron el edificio encima. Hicieron más gruesos algunos de los pilares para que la estructura soportara la ampliación. Te puedes hacer una idea de lo mal hecha que está. Incluso me he enterado de que, cuando Don Silvestre hizo reformas, todo el piso de arriba se resquebrajó, por eso se fueron los anteriores inquilinos. Después de hacer unas reparaciones chapuceras lo volvieron a alquilar. Creo que fue entonces cuando llegaste tú. Llevaba vacío un par de años, por lo menos.

-Por eso las grietas.

-¿Tienes grietas?

-Si y grandes además, pero eso es lo de menos. Ayer se me desencajaron un par de puertas, la del baño y la del salón, las ventanas saltan de los marcos y la pared de la ducha escupe los azulejos.

-Eso se arregla con silicona y lo de las grietas, masilla. Ya lo de las ventanas no tengo ni idea.

-Gervasio ¿Tú crees que  se puede matar a alguien tirándole una casa encima?

-Me parece complicado, pero claro que si, además es un plan perfecto, todo el mundo lo vería como un accidente. ¿Y te refieres a tirársela encima de golpe?

-No, poco a poco.

-Eso es más retorcido, pero la idea no es mala.

-Déjate de joder Gervasio. Hablo en serio.

Enfadado se despidió y llegó a la oficina temprano. Fue una jornada larga y deprimente, pero la estiró todo lo posible. Las señoras de la limpieza le echaron de muy malos modos. No tuvo más remedio que recoger sus cosas y emprender el camino de regreso a la que a su juicio sería su última morada.

 Apenas atisbó el portal quedó paralizado. Clemente conferenciaba en voz baja con la mole, el obrero que había visto unos días antes. Una furgoneta blanca de reparto, aparcada delante del edificio, con la puerta trasera abierta y aire sospechoso, permanecía con las luces encendidas y el conductor jugueteaba con el volante y fumaba a tirones. Toda la gasolinera a oscuras, un único punto de luz, la ventana desde la que se veía a Germán, sentado en la oficina. Jerónimo se mantuvo escondido tras uno de los surtidores. Su refugio era perfecto, le proporcionaba una panorámica completa de la escena, lástima que estaba muy lejos para oír la conversación. Sólo veía los gestos crispados en la cara de Clemente. La mole, de perfil, se mostraba impasible. No hicieron intención de subir. Jerónimo intentaba ver qué había en la parte trasera de la furgoneta pero la luz de la farola sólo iluminaba la cabina del conductor, el resto era cuestión de intuición y de imaginación y la suya estaba demasiado fértil últimamente. Aprovechando la oscuridad, fue acercándose de surtidor en surtidor, hasta estar enfrente de la camioneta. Seguía sin ver nada, cada vez más nervioso, y para su mala suerte pudo escuchar parte de la conversación que tenía lugar en el portal.

 -Se lo he dicho, Don Salvador nos necesita mañana a primera hora. Tendremos que venir por la tarde.

-El Panzer me prometió que haríais el trabajo completo.

-Y lo vamos a hacer, sólo se va a retrasar un poco, nada más.

-Es que no entiende que los retrasos nos pueden traer problemas.

-Será mejor que hable usted mismo con él, yo soy un mandao.

-Lo haré. Parece que no se da cuenta del lío en el que nos podemos meter.

-¿Y con el enano qué hacemos?

-¿De qué hablas?

-Del vecino de arriba.

-¿Qué pasa con él?

-Hace unos días se metió hasta la cocina para fisgonear.

-No me jodas.

-Es inofensivo pero…

-Ahora entiendo el interrogatorio. Si que está pesado. Habrá que hacer algo. No me gusta que meta las narices donde no debe.

-Yo me encargo.

 Muerto de miedo, Jerónimo retrocedió y se escondió en el punto más alejado, sin delatar su presencia. ¿Qué demonios quería decir ese tipo con “Yo me encargo”? Las pesadillas que le atenazaban cambiaron de agresor y ahora era ese gigante el que le retorcía el cuello. Temblando siguió escondido hasta que la mole se subió a la furgoneta y desapareció. Clemente cruzaba por la gasolinera para llegar al hotel. Cuando pasó delante de la ventana de la oficina, la luz le iluminó la cara y había algo perverso en su sonrisa. Jerónimo esperó unos minutos, se aseguró de que estaba todo despejado y subió las escaleras de cuatro en cuatro hasta sentirse seguro dentro de su apartamento. Por primera vez, desde que llegó puso todos los cerrojos, incluso cerró con llave por dentro y la dejó puesta en la cerradura. Pasó toda la noche tumbado en la cama con los ojos abiertos, oyendo ruidos por todas partes. Pasos, crujidos, golpes, más pasos.

7    

Al amanecer seguía en la misma posición, hecho un nudo en una esquina de la cama. Se levantó renqueando, entró al baño y por el espejo del lavabo le pareció ver que algo se movía a su espalda, sólo podía pensar en los gusanos de muerto. Sintió que le fallaban las fuerzas y cayó de cabeza contra el lavabo, dándose un fuerte golpe que le dejó inconsciente, tirado en suelo. Se despertó un par de horas más tarde, se incorporó tambaleándose, tenía un intenso dolor de cabeza y veía doble. Seguro de que estaba sufriendo un ictus llegó hasta el teléfono y llamó a Gervasio, necesitaba que alguien le llevara a urgencias. Después de una hora de espera, la conclusión del doctor fue que de ictus nada, los síntomas se debían al golpe, era como si hubiera metido el contenido de su cráneo en una batidora. Tardaría varios días en recuperar la visión normal. Gervasio le dejó en casa, solo, para que descansara, y él se pasó toda la tarde en un estado lamentable, arrebujado en el sofá del salón, oyendo la serie de turno. Por desgracia se trataba de un capítulo sobre el asesinato de un contable a manos de su casero. Se veía en la misma situación que aquel desgraciado. Y eso que todo su problema era una disputa por celos, ¡Qué iba a ser de él que había descubierto el pasado homicida del suyo! Se retorcía en el sillón sudando, aterrado.

Le despertó el timbre. Aún medio ciego consiguió llegar hasta la puerta. Abrió convencido de que se trataba de Gervasio. El pánico lo asaltó cuando le pareció distinguir la figura informe de la mole. Un grito agudo y ahogado, escapándose de su garganta, precedió al saludo cordial del visitante.

-Buenos días, ¿Se acuerda de mí? Nos conocimos hace unos días- saludo la mole. Era él. Las cuerdas vocales paralizadas, un fuerte dolor en el pecho. No tenía escapatoria, le cerraba todas las salidas y, si corría hacia el interior, le cazaría en cualquiera de las habitaciones porque ninguno de los marcos de las puertas seguía en su sitio, no cerraba ninguna.

-Buenos días. ¿Ne-necesita algo?- dijo tartamudeando

-Mi jefe quiere saber si se le ha resquebrajado algún tabique, por lo de las obras.

-Sólo algunas grietas sin importancia.

-Déjeme verlas. Pueden convertirse en un problema serio.

-Pero…- no le dio tiempo a decir más, la mole estaba dentro

-¿Dónde están? ¿En la cocina o en el cuarto de baño?

-En el baño.

-Echaré un vistazo rápido.

Le vio entrar, asomarse, volver a salir directo a la cocina y pasar por delante del calentador bamboleante sin inmutarse hasta. Le pidió que lo acompañara y, sacando valor de no sabía donde, convencido de que iba a acabar de bruces contra el tejado de uralita del garaje, atravesándolo y destrozándose la cabeza contra el suelo de hormigón, avanzó sin prestar atención al escandaloso crujido que procedía de la pared.

-Ve como tenía razón, la grieta es muy seria. Fíjese, una a cada lado de esta terraza. Va a tener que poner un tirante – dijo la mole.

-¿Usted cree?- preguntaba Jerónimo, mostrando interés en la sugerencia aunque no supiera de qué estaba hablando. Más preocupado en averiguar las oscuras intenciones de su visitante.

-Por supuesto. Se lo podemos poner nosotros mismos. Esta tarde, si quiere.

-No sé.

-Van a ser cinco minutos. Venimos esta tarde entonces.

Le dio la mano y se despidieron como viejos conocidos. Todavía no entendía como se había desenvuelto por la casa con tanta soltura, a pesar de su problema visual, consiguiendo que la mole ni cuenta se diera. A la fuerza ahorcan.

A lo largo del día su visión fue mejorando, la ansiedad por la visita de aquellos tipos le impidió comer y cuando sonó el timbre de nuevo, completamente trastornado, abrió, intentando mantener la calma, a punto de vomitar. Esta vez eran dos, la mole, fácil de reconocer por su envergadura y su voz aguardentosa, y un chico muy flaco e inquieto que no decía una palabra, dedujo que se trataba del conductor de la furgoneta del día anterior. Le saludaron tan cerca que podía olerles. Sacudió la cabeza como un gato al notar ese aroma ácido y picante de una dura jornada laboral. Venían con algo parecido a una viga, el jamás había visto un tirante así que supuso que era eso.

-No hace falta que nos acompañe. Cuando terminemos, le avisaremos para que vea como ha quedado- dijo la mole en un tono que no admitía discusión.

Jerónimo se quedó allí plantado, junto a la puerta, sin saber si dejarla abierta asegurándose una vía de escape, huir inmediatamente o sentarse en el salón a esperar. No hizo ninguna de las tres cosas. Esperó a que desaparecieran por el pasillo que daba a la cocina y, cinco minutos después, se acercó a escuchar. Sólo oía ruidos metálicos hasta que cesaron y entonces corrió al salón. Los pasos y la voz de la mole le sobresaltaron.

-Ha quedado perfecto, ya no tiene que preocuparse de nada, la pared no va a seguir abriéndose. Si quiere se lo enseño. Jorge, espérame en la furgoneta, bajo enseguida.

-Como quiera, señor.

-Venga. Ha sido un trabajo fácil.

Le siguió hasta la cocina y una vez en la terraza pudo adivinar la viga, cruzándola de parte a parte. Ya no se oían los crujidos en la pared.

-Ve, está funcionando.

-Ya lo veo, muchas gracias, ¿Cuánto les debo?

-Esto corre por cuenta del patrón.

-Dele las gracias de mi parte.

Acompañó a la mole a la puerta y le despidió. Sólo un par de minutos después se derrumbó en el sofá en estado de shock. Se había librado de una muerte segura a manos de aquel animal y aún no podía creérselo. Aunque también cabía otra explicación, más racional, ese hombre trabajaba para el Panzer y para Clemente pero nunca tuvo intención de hacerle daño, sólo quería asegurarse de que dejara de incordiar. Ni había cadáver en el segundo ni eran tan peligrosos como él lucubraba. Lo más probable es que no tuvieran los permisos necesarios para hacer las obras, de ahí la prisa. Por mucho que repitiera en voz alta sus conclusiones no quedó muy satisfecho.

8

Pasaron un par de días, su visión siguió mejorando y los dolores de cabeza remitieron. No salía para nada. Dormía casi todo el día y pasaba las noches espiando. No había vuelto a ver la furgoneta blanca ni a los obreros. Un jueves aparecieron a media noche. Oía voces, pasos, ruido de arrastre. Su imaginación empezó a volar de nuevo y, cuando les escuchó bajando la escalera, corrió a la ventana. Salían cargando algo entre dos, no parecía que pesara pero era difícil de manejar por el tamaño. Dejaron el bulto en la parte trasera de la furgoneta, cerraron sin hacer ruido y desaparecieron. Luego un silencio sepulcral y una sensación de profundo alivio. La pesadilla se había terminado. Le daba igual lo que hubiera en aquel bulto, no le importaba estar rodeado de estafadores o de asesinos. A partir de ese momento sólo se iba a ocuparse de sus propios asuntos. Si Clemente quería montar un negocio de compra venta de ilegales, bien por él. Si se cargaba a alguno, perfecto. Él a mirar para otro lado y ya.

9

-¡Que pena lo de Jerónimo!

-Desde luego, era algo paranoico y tenía ideas absurdas pero era buena gente. ¿Tú crees que alquilarán el piso pronto?

-No creo, da mala imagen que el anterior inquilino muriera aplastado por un calentador.

-Tú me dijiste que no lo mató el calentador.

-Ya, pero se le cayó encima y, como Jerónimo no abultaba nada, lo dejó plano, lo mismo si le llegaban a encontrar antes se salva.

-¿Cuanto tardaron?

-Cinco días, porque se había retrasado en el pago del alquiler. El abogado fue a buscarle y como no le localizaba abrió con su llave y ahí estaba, espachurrado en la terraza de la cocina.

-¿Como pudo pasar eso?

-Por lo visto, los tornillos que sujetaban el trasto a la pared estaban más flojos de la cuenta, dicen que pudo ser por la obra de abajo, Dios sabe.

-Bueno me voy, que los de la SS deben haber vuelto de comer. Hasta mañana Germán.

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