Polvos ilegales, agarres malditos (LX)

Fernando Morote

Suny

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Se veía tan recatada y asustada…La dominicana dijo llamarse Suny, pero al revisar con más cuidado su solicitud de trabajo, apareció que su verdadero nombre era Brunilda. Relató una historia trágica de humillaciones por parte del marido, un policía de Brooklyn que la dejaba sola la mayor parte del tiempo, a veces la golpeaba y la insultaba diciéndole “campesina” en tono despectivo.

—Este trabajo es duro —expresó Judas, conmovido—, no estoy seguro de que….

Suny, al borde de las lágrimas, lo interrumpió:

—No te preocupes, yo me adapto. Si no me ocupo en algo, voy a volverme loca.

—Si tienes tiempo, puedo mostrarte el trabajo ahora mismo —dijo Judas.

Suny se puso de pie. Era extraordinariamente alta y tenía un cuerpo formidable. En el ascensor de carga, Judas no tuvo escrúpulo en desvestirla con la mirada.

—¿Por qué me miras así? —preguntó inocente, ella.

—Eres muy guapa, eso es todo —las piernas de Judas temblaban, pero era experto fingiendo aplomo—. Una mujer como tú no tendría que estar haciendo estos trabajos.

—En casa no tengo nada que hacer —insistió ella, con voz de niña malcriada.

—Eres demasiado linda para ensuciarte las manos limpiando pisos. Mejor vienes todos los días a tomar café conmigo, y así aprovechas de pasear un poco por el mall.

—Pero mi marido no me deja dinero para salir. ¿Tú me pagarías el taxi?

—Si no es muy caro, con todo gusto. ¿Dónde vives?

—No muy lejos de aquí. Me encantaría venir a verte y conversar contigo.

A Judas no le importaba desatender sus labores para hablar por teléfono con ella a cualquier hora del día. Una tarde se le presentó de sorpresa.

—¿Seguro que no interrumpo tu trabajo? —preguntó Suny, dulcemente, a la entrada de una tienda de ropa.

—Para nada —afirmó Judas.

—Me hace falta un pantalón elegante. Aunque no sé si estos me van a quedar. Últimamente he engordado un poquito.

La dominicana retrocedió unos pasos, abriendo los brazos para exhibir su tronco.

—¿Cómo me ves? —preguntó.

—Estupenda.

Se internó entre los colgadores, pasando rápidamente un pantalón detrás de otro, revisando los colores, las tallas. De pronto sintió las manos de Judas descender de su cintura a la vulva. Hizo algunos comentarios acerca de la textura de las telas y se movió con ligereza, como un pugilista experimentado que escapa de las cuerdas. Atravesó el establecimiento de punta a punta.

—¿Qué te parece éste? —preguntó.

—¡Excelente! —respondió Judas lacónicamente, el fierro caliente le quemaba la entrepierna.

—Voy a probármelo.

Entró a uno de los vestidores. En ese estado, Judas no medía las consecuencias. Examinó a sus espaldas que nadie lo estuviera observando y se empinó para ver por encima de la puerta.

Debajo de la blusa sin sostén, dos papayas enormes colgaban del pecho de Suny.

—¡Cierra! —dijo ella, contemplando el contorno de su cuerpo frente al espejo—, no vaya a ser que digan algo si te ven aquí conmigo.

Al rato salió con la prenda doblada en el brazo.

—¿Cuánto costará? —preguntó, ingenua.

—No tengo idea —replicó Judas— ¿No viste los precios en las etiquetas?

—¿Cuánto es, por favor? —preguntó Suny en la caja.

La dependienta pasó el código de barra por el scanner.

—50 dólares —contestó.

—¿50? —inquirió Suny, alarmada.

—50 dólares —repitió la dependienta.

Suny volteó a mirar a Judas.

—¿Me los regalas, Judi?

—¿Cómo? —preguntó Judas, haciéndose el distraído.

—Me di cuenta de que no traje efectivo. ¿Me los compras?

La cabeza de Judas fue flagelada instantáneamente por la imagen de su mujer recordándole lo permanentemente escaso del presupuesto familiar mensual.

—No puedo —exhaló—. Tampoco traje dinero hoy.

La dominicana lo fulminó con una mirada que extinguió de un tirón el incendio debajo de su bragueta. Después de verla pagar con tarjeta de crédito y partir volando de la tienda, tristemente lograba mantener el paso a su lado. Sabiendo que no podría alcanzarla, le preguntó a viva voz:

—¿Te llamo más tarde?

Esta vez Suny ni siquiera se dignó voltear a mirarlo. Se alejó, se alejó, hasta desaparecer. Judas aprendió finalmente que a los 44 años había llegado a la etapa de su vida en que si quería comerse un culito rico tenía que pagar por él.

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