Sin sentidos

Lucía del Mar Pérez

Sentada frente al espejo, observo mi cuerpo nuevo, fuerte y erguido. Mi mano, se alza armada con una aguja y un dedal, mientras mis ojos, exigentes, buscan exactamente el lugar donde remendar: un parche aquí, un zurcido allá. En mi regazo un cesto, donde se enredan los hilos dorados, las organzas y los linos, prestos a la reconstrucción de mis sueños.

Llegué a tu casa con mi maleta de cuero vieja, y mis pequeños tesoros acumulados tras los virajes de la vida. Ocupé el espacio que me reservabas: una cómoda con cinco cajones amplios, de madera de ébano, donde habrían de reposar mis ilusiones.

El primer cajón lo ocupó mi vista, mis ojos cansados de atravesar mundos hostiles, pero que lucían alegres por la esperanza del amor correspondido y por el brillo metálico de tus cabellos de cobre.

El segundo encerró mi tacto: mis dedos ávidos de nuevas sensaciones, ansiosos por explorar nuevos territorios. Mi deseo de nuevos proyectos quedó guardado bajo montones de ropa interior.

En el tercero se quedó mi olfato, atrofiado por tu perfume envenenado que enmascaraba mi desconcierto y tus olvidos, mi voluntad y tus deseos.

El cuarto  de llenó de gritos, del estruendo de tus palabras hirientes, que impactaban en mis oídos ahogando el murmullo de mis anhelos.

Y allí, en el último… quedó mi aliento, cuando sentí la hiel de tu risa y el sabor de tus agravios.

Pero paseando entre tus miedos encontré mi valor perdido. Comprendí que tus terrores eran mis grandezas, tus reproches mis virtudes. Entendí que tu boca doliente ocultaba añejos tormentos. Fue entonces cuando abrí los ojos y me senté frente a mí misma. Comencé a diseñarme un vestido de amor propio. Aferrada a la aguja, me cosí la mirada, la doté de profundidades nuevas, para que no vagase en la superficialidad de las palabras vacías. Después ribeteé con agudezas las yemas de mis dedos, para que palpasen la realidad de tus ofensas.

Mi olfato, por largo tiempo encerrado, vagabundeaba sin rumbo, rebelde, inquieto, resistiéndose a retornar a mi rostro. Pero ya no sucumbió al aroma de tus engaños.

Y tras el silencio, percibí que el estruendo generado por la tormenta de mi culpa, se transformaba en una nueva melodía, y que el sabor de tus besos se desvanecía al ritmo de mis puntadas, cuando mis hilvanes acallaron para siempre la crueldad de tus labios.

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