Polvos ilegales, agarres malditos (LIX)

Fernando Morote

Gordita

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La gordita rubia, alta, grande, de ojos azules, que vendía artículos de regalo en el kiosco del pasillo central, se manejaba unas ubres simplemente monumentales. La barrera del idioma le permitía a Judas ser libre, grosero, sucio. Podía decir lo que quisiera y quedar impune. Sin embargo, la entonación, el tono, la tonalidad de sus palabras lo delataban.

You are so bold —dijo ella, sensualmente.

Judas tuvo problemas para comprender el significado de la expresión. La gordita hizo algunos ademanes a modo de explicarla.

—Ah, ok —cayó finalmente Judas— “Atrevido”. Perfecto… ¿Crees que soy atrevido en verdad? No lo creo, soy muy tímido.

No, you’re not.

La gordita adelantó su mano por encima del mostrador y estiró su dedo índice. Llegó casi a tocarle la bragueta.

¡You are so bold, too! —exclamó Judas, jugando.

Ambos rieron.

—¿Do you want to see something?—preguntó maliciosa, la gordita.

Sure —dijo Judas.

La gordita levantó su laptop del piso. Buscó algo en sus archivos. Hizo clic en uno de ellos y cubrió la pantalla con su cuerpo. Judas observaba intrigado. Al cabo de unos segundos aparecieron una serie de pequeños cuadros.

—¡Wow! —exclamó Judas.

La gordita desnuda en mil poses diferentes: los pechos envueltos en burbujas adentro de la ducha, metiéndose el dedo apoyada al respaldar de una silla, de perfil mirando a la calle por una ventana, jugando agachada con un consolador, etc.

!Wonderful! —dijo Judas, atónito— ¡You are so beautiful!

En medio de su vuelo mental (ya estaba planeando la forma de llevarla a uno de los corredores internos para despachársela), surgió una interrupción.

Wait a minute —dijo ella.

Esperó unos instantes mirando con interés la pantalla. Luego agregó:

I’m sorry. I must to leave you….

Judas no entendía.

He’s my boy—toy.

La gordita le mostró para que comprendiera. En el Messenger aparecía la imagen de un muchacho. Guapo, fornido. Judas dedujo que era su amante joven, el que la defendía del tedio sexual impuesto por el matrimonio. Entonces se retiró para dejarla a solas. Después de algunos minutos volvió a la carga. Encontró el kiosco vacío. Dio media vuelta y caminó a prisa, sin dirección. Erró como diablo enjaulado. Finalmente la vio saliendo de una cafetería. Se hizo a un lado y se escondió detrás de una columna. La espió en su camino de regreso. Se preguntaba cómo sería al desnudo, pero en vivo, cómo tiraría, la mirada de perra que exhibía en las fotos la divulgaban sucia en la cama.

—¿Are you following me? —espetó la gordita— ¡I don’t like that!

Judas lamentó estar a punto de matar una vez más, con su ansiedad, la paloma que mostraba intenciones de volar.

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