Polvos ilegales, agarres malditos (LVIII)

Fernando Morote

Perla

—Mi esposa es la mujer más extraordinaria del mundo. Pero me es imposible vivir en armonía con ella. Porque yo no soy el hombre más extraordinario del mundo. Conozco mucho sobre la luna de miel; no sé nada del matrimonio. Soledad, cuanto te extraño.

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—Mañana te espero a las 6 y media.

—Mi turno empieza a las 7 —aclaró ella.

—Necesito encargarte una tarea especial.

Perla apareció en su casillero a las 6 y 30 en punto. Después de colgar su chaqueta, se frotó las manos con crema.

—¿Lista? —preguntó Judas.

Perla asintió.

—Mejor abrígate —dijo Judas— Adonde vamos hace frío.

A mitad del corredor, en el sótano, abrió una puerta de servicio. El único mobiliario presente era una vieja silla de madera y un par de carros planos para transportar artículos de mantenimiento. Perla sintió desconfianza.

—Para qué me trae aquí —resopló.

—No me digas que no sabías a lo que venías, Perlita.

—No, no sabía. Déjeme ir.

Tan erguidos tenía Perla los pezones que parecían suspendidos en el aire por invisibles ganchos de tender ropa.

—Eres deliciosa, Perlita

—Pero está mal, está mal…

A la mañana siguiente, mientras acomodaba las sillas del food court, un largo y penetrante silbido agudo estalló en el oído de Judas. Súbitamente el mareo se transformó en ahogo. Se detuvo un momento. Parpadeó repetidamente. Cuando recuperó la visión, el zumbido en su circuito auditivo había pintado de amarillo todo el panorama. Uno de sus trabajadores lo llamó por la radio:

—Don Judas, aquí lo buscan dos señores en la estrella, quieren hablar con usted.

—Quiénes son.

—No lo sé, son dos señores americanos.

—Qué quieren.

—Hablan español, preguntan por el mániyer de limpieza.

Judas sintió un sudor frío atravesar su cuerpo. En una décima de segundo sacó sus conclusiones. Nadie lo había prevenido de visita oficial alguna. La época de Halloween había pasado y la Navidad estaba todavía lejos, por lo tanto el inspector del departamento de bomberos no tenía motivos para aparecer por el mall. Su conciencia le aseguraba que los dos hombres americanos, que hablaban español y preguntaban por el manager de limpieza a la altura de la estrella (el diseño que identificaba al centro comercial) eran policías. En consecuencia, no podía ser otra que Perla.

—No me importa nada —le había dicho ella, una vez—. Si me juegan sucio, yo sé jugar peor.

—¿Tienen uniforme? —preguntó Judas, presto a buscar la forma de escapar.

—Están vestidos con traje, don.

Judas pensó en su mujer. En los dueños de la compañía. Qué desgracia. Y qué vergüenza, Dios Santo. Ahora todos se enterarían. Lo más seguro era que lo deportarían.

—Diles que ya voy —respondió, con pesar.

Cortó la radio sólo para verse entre rejas. Sabía bien que el acoso sexual en el trabajo era severamente castigado en este país. Haciendo acopio de valor volvió a su oficina. Estaba listo para estirar los brazos y dejarse esposar.

—Donde están los señores que me buscaban —preguntó por la radio a su empleado.

—No los veo hace rato, entraron al baño, después estuvieron dando vueltas por el fucur, tal vez ya se fueron.

Judas prefirió esperar. No podía cantar victoria tan pronto. Una hora después, luego de realizar varias pesquisas con otros trabajadores y corroborar que efectivamente los dos hombres se habían retirado, ocupó el gabinete para discapacitados. Era el más amplio para arrodillarse a pedir perdón.

Pasada la zozobra, reconoció que tras su aparente incomodidad, y pese a su resistencia inicial, Perla había disfrutado el encuentro. Darle suficiente confianza para que se soltara del todo era el camino correcto.

—Me asustó —brincó ella, cuando lo vio aparecer silenciosamente en uno de los pasillos.

—No tienes por qué —contestó Judas— Fuiste tú la que bromeó cuando me pillaste una mañana orinando en el baño de mujeres.

—Compórtese. Si continúa molestándome, renuncio y llamo a la compañía, ¿me entendió?

Entonces Judas empezó a seguirla. Maquinalmente buscaba sospechosos. La imaginaba arrinconada en una esquina oscura de los corredores interiores, un empleado de mantenimiento haciéndole el amor de pie contra la pared, o ella arrodillada practicándole sexo oral. De considerado y permisivo, hasta consentidor, pasó a mostrarse despiadado e implacable. Le cambió los turnos y las labores, convirtiendo abruptamente su cómoda rutina diaria en un tormento permanente. A pesar de la rebeldía, no hubo marcha atrás.

—Si tiene problemas en su casa no venga a desquitarse conmigo —protestó ella.

—¿Perdón? ¿Cómo dices?

—Si quiere despedirme, hágalo de una vez. Pero acuérdese que no me voy a quedar callada.

—Estás exagerando las cosas, Perla. No tengo la culpa si el anterior supervisor te trataba como si fueras la reina. Seguramente tenía sus motivos, ¿cierto? No en vano dicen por ahí que le cepillabas algo más que los muebles.

—¿Quiere que renuncie? Yo sé cosas de usted también. No se olvide de eso.

—Haz lo que quieras. No tienes corona. Es mi palabra contra la tuya.

Judas odiaba reconocer que estaba enganchado. Pero consideraba que no era estratégico planear el re—abordaje en esas condiciones. Calculaba que lo primero era realizar un trabajo de ablandamiento y demolición. Semanas después, una mañana, mientras sacudía empinada un letrero publicitario, Perla volteó alarmada.

—Estaba viendo cómo lo hacías —dijo Judas— ¿Te ayudo?

Perla se dejó llevar como un perrito mimado.

—¿Sabe qué? —le preguntó de pronto.

—Qué —dijo Judas.

—Tengo malos ratos, pero buenos gustos —declaró ella.

Judas supo en ese momento que el pollo estaba listo de nuevo.

—Cuando termines las entradas —le dijo—, necesito que limpies el corredor detrás de los restaurantes, y luego las escaleras que bajan hasta la puerta del cine.

Perla se rindió mansamente en la clandestinidad del pasadizo. Sus pezones vibraban agitados como una margarita en flor. No funcionó esta vez su expresión a lo Marlene Dietrich, en su memorable rol de emperatriz escarlata, cuando huye del vasallo que la persigue para violarla y, sujetada de una cuerda, se balan cea en el granero diciéndole con ojos desafiantes: “aquí abajo tengo lo que quieres, pero no te lo voy a dar”.

—¡No! —exclamó asustada, cuando Judas se agachó y desprendió el celular que llevaba ajustado a la pretina de su pantalón.

—Sólo un ratito… —dijo Judas, enjuagando en saliva sus papilas linguales.

Perla hizo silencio y reclinó su cabeza contra el muro. Judas no podía creer que fuera verdad tanta belleza. Maravillado, acercó sus labios a la entrada cuidadosamente rasurada.

—¡No! —repitió Perla— Alguien puede venir…

En un segundo de distracción, Judas admitió que era cierto. Un guardia de seguridad podía aparecer en cualquier momento. Perla aprovechó para subirse apurada el calzón. Entre risas traviesas saltó las escaleras como una gacela escapando del depredador.

—Espere —dijo al llegar arriba— Mejor quédese aquí un rato. No es buena idea que nos vean salir juntos.

Judas reflexionó un instante.

—Eres muy astuta, Perlita —dijo.

La espiaba en todo momento. Sus rondas de supervisión eran sólo un pretexto para seguirla. Su corazón se sobresaltaba cuando la veía aparecer empujando el carrito de limpieza, caminando con ese aire mezclado de gran dama y vampiresa del bajo mundo. Corría a esconderse para fisgonearla agazapado. Cuando ella cruzaba la puerta de acceso a los corredores interiores, le caía encima y la envolvía a besos. En más de una ocasión Perla había evidenciado signos de cansancio, pero en un par de oportunidades había cedido de buena gana, se había dejado manosear sin escrúpulo y había entrado en el juego de las escondidas. En medio de esos arrebatos, ella adoptaba el rol de la mujer ingenua; cuando volvían a sus papeles de jefe y empleada, exhibía sus dotes de mujer calculadora y fría.

—¿Te falta mucho para terminar? —le preguntó Judas por la radio, una vez a mediodía.

—Es hora de mi refrigerio —contestó ella, secamente—. Qué necesita.

—Nada. Sólo quiero mostrarte algo.

—Payaso.

Judas había defendido siempre el concepto de que congraciarse con una mujer haciéndole regalos era una treta de baja calaña, que sólo divulgaba falta de poder personal para lograr el objetivo deseado. (¡Cuántos polvos frustrados pudieron haberse concretado si hubiera cumplido esa elemental norma de seducción masculina!). A estas alturas del partido, a la edad que tenía, con Perla rondando su mente y apretándole el pantalón todo el tiempo, no tenía dudas; había llegado a aceptar que no le quedaba más opción que someterse al código de comportamiento del viejo verde. La única intriga era: ¿Victoria’s Secret o Frederick of Hollywood? El precio resolvería la cuestión. No tomó desayuno ni almorzó durante tres días consecutivos para reunir el monto necesario.

Se encontraron en el sótano. Las sombras formadas por la penumbra de la oficina hacían recordar las siniestras siluetas de aquellas viejas películas de terror en glorioso blanco y negro.

Judas le extendió una silla al lado de su escritorio. Se hincó para abrir el cajón inferior. Perla, instintivamente, juntó las piernas y puso sus manos sobre las rodillas. Judas la miró con gesto paternal. Extrajo una gran bolsa negra de plástico. De ésta sacó una más pequeña, en papel estampado y asas blancas. Y de aquélla, un paquetito en celofán anaranjado, que desenfundó con esmero.

—¿Te gusta? —preguntó, con ojos maliciosos.

Perla esbozó una sonrisa de reproche amistoso.

—Está bonito —dijo.

—Lo escogí especialmente —explicó Judas—. Perfecto para ti, ¿no crees?

—Chistoso.

—Diseño felino, digno de una fiera como tú.

—Qué gracioso.

—¿Te gustan los colores? ¿Es de tu talla?

—Es muy chiquito, yo no los uso tan pequeños.

—¿Quieres te lo ponga, a ver cómo te queda?

—No, gracias.

—Aunque, a decir verdad, me gustaría más bien quitártelo.

—No, gracias.

—¿No lo vas a recibir? Tómalo, es tuyo.

Perla, rígida, se encontraba aferrada a la silla. Judas se movía en círculos alrededor de ella. Se inclinó a sus pies.

—¿No vas a ser un poquito cariñosa conmigo?

—Olvídelo. Me voy.

—Deja tus prejuicios, Perlita…

—Ya fue suficiente. Llegamos hasta donde llegamos y eso es todo. Déjeme ir.

Perla intentó levantarse. No soportaba el ronroneo de Judas en su oído; su forzado tono de conquistador la desquiciaba.

—No empieces otra vez con tus dramas, Perla —Judas le impidió el paso clavando sus manos en los brazos de la silla.— No es para tanto.

—Si no me deja salir, llamo a la compañía. De verdad lo hago esta vez.

—Sólo estoy tratando de ser amable contigo. Ya sabes que te aprecio mucho. Y te respeto. Pero me gustas mucho también. Y veo que de alguna manera no eres indiferente hacia mí.

—Se equivoca.

Judas se irguió y tomó corta distancia.

—Te voy a decir la verdad, Perla. Desde el día que te conocí y tuvimos ese primer encontrón, ¿recuerdas?, cuando me reclamaste por qué había mandado a limpiar el salón de conferencias si tú ya lo habías hecho, supe que iba a tener una relación difícil contigo. Me dediqué a observarte con atención, reconocí tus talentos y cualidades, aunque también descubrí las asperezas de tu carácter. Te convertiste en todo un reto para mí. Y comencé a sentir cierta fascinación por ti. En algún momento me di cuenta de que tú también empezabas a mirarme y tratarme de otra manera. Pensé que podíamos llegar a ser buenos amigos, más allá del trabajo. Hasta que un día me pareció que te gustaría meterte a la cama conmigo. Pero no quiero forzarte, ni que lo hagas porque soy tu jefe. Quisiera que fuera algo espontáneo, voluntario. Todo este tiempo he tratado de ganarme tu confianza, de atraerte en la mejor forma posible. Reconozco que a veces me he portado como un pesado, y he sido incluso agresivo, por lo que te pido disculpas. No ha sido nunca mi intención molestarte. Al contrario. Sé que tienes problemas con tu marido, tú misma me lo has contado. Sólo quiero darte un poco de mí, consolarte, ofrecerte mi ayuda. Como amigo. Eso es todo. ¿Qué dices?

—¿Ya terminó? —preguntó Perla, intolerante.

Judas asintió con la cabeza.

—¿Puedo irme?

Judas asintió nuevamente. Perla cogió el calzoncito de tigresa, lo envolvió de cualquier modo y lo metió en la bolsa. Se levantó de un salto y salió a paso ligero, respingando la nariz. Judas se sentó sobre el escritorio y tomó el retrato de sus hijos. Pensó que quizás era tiempo de traer también a la oficina una fotografía de su esposa.

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