No tempo noque fóramos rapaces

Marita Rodríguez-Cazaux

Guerra civil

Llegamos de madrugada en camiones que el ejército había dispuesto para transportarnos hasta un destacamento cerca de Vigo, donde quedaríamos esperando órdenes para partir al frente.

Formados por quintas, nos separaron cerca de la estación de trenes. Algunos siguieron kilómetros arriba, otros cerca de A Coruña, donde iban a establecer el cuartel.

Nosotros quedamos en el mismo lugar y levantamos tiendas de campaña, todavía cansados y hasta entumecidos.

Éramos muchachos de veinte años, con la tristeza de la lejanía y la fuerza y la ilusión de un mundo mejor, pensábamos en desmalezar la injusticia y nada nos desanimaba. Por el ímpetu que solo tiene la juventud, nos abrazábamos al heroísmo.

Nada nos desalentaba. Nada; menos “el rancho”.

Cerca del mediodía, en fila, nos juntábamos con el plato y la cuchara. Allí, en esa fila apretada, nos conocimos. Al ser paisanos, nos gustaba hablar en nuestra propia lengua. De esta manera íntima, coloquial, Britos, Cobas y yo, establecimos una amistad sincera y comprometida.

Camilo Britos, era hijo único y extrañaba desesperadamente las filloas y el cocido de cerdo, la cama de sábanas limpias, las toallas perfumadas con laurel. Cobas se desternillaba de risa por la cara de asco del orensano al oler las sopas espantosas y los guisos desabridos.

Yo era el quinto de ocho hermanos y nada sobre la mesa podría hacer que no lo tragara con desesperación. Cerraba los ojos y pensaba que lo que me pasaba por la garganta era un trozo de empanada de bacalao o un toro de merluza; hasta me parecía sentirle el gusto a la salsa de  morrones que mi madre cocinaba en el pote de la lareira.

Recaredo Cobas, con una infancia desamparada, no podía recordar nada que no fuera el plato de comida que le alcanzaba alguna vecina de su aldea, cuando la madre iba a trabajar al campo o el vaso de leche que tomaba en la parroquia de San Xulián. La madre, una muchacha soltera, había dejado su pueblo y andaba por la vida, cubierta de luto y vergüenza, trabajando a jornal en las huertas o lavando ropa para las casas de señoritos. Hacia la tarde, cuando regresaba, unas sopas de millo eran la cena precipitada que el chico devoraba sin hablar.

Después de cinco o seis “ranchos” pestilentes, los tres nos pusimos de acuerdo para lograr la amistad de Villegas, un chico avispado, nacido en Zás, que era quien lo servía. Así rescatábamos alguna sobra y la repartíamos entre nosotros como si fueran duros de plata a cambio de alguna parvadiña que le dábamos en pago.

Una tarde encontramos a Britos retorciéndose de dolor en el baño;  inclinado sobre la pileta de losa cuarteada, vomitaba convulsivamente, los ojos llenos de agua y la cara blanca. Temblaba y tenía las rodillas dobladas, golpeando una contra la otra en un movimiento extraño. Cobas y yo nos abalanzamos para sostenerlo.

Derrumbado sobre el piso de baldosones, un estertor le sacudía la boca. Cobas le acomodó el cuerpo contra la pared de azulejos, yo corrí a la enfermería.

Lo asistieron el cabo García y un médico joven, Luis Morán, que era de Cesures. Detrás del vidrio esmerilado, oíamos a Britos llamar a su padre, a su madre, a toda la familia y en voz alta, delirando, pedía que pasaran al comedor y se sentaran a la mesa.

Quedó en la enfermería tres días. Cuando volvió a la fajina, supimos que tenía problemas vesiculares que le provocaban fiebre y le habían recetado unas pildoritas que, para estos síntomas, tenía el doctor Morán.

El día de maniobras, después de la caminata la fatiga lo rezagó a tal extremo que el sargento lo castigó y tuvo que limpiar la cuadra antes de comer.

El sudor le mojaba la cara cuando volvió, tenía la camisa empapada. Se sentó debajo de un alero, estiró las piernas, el pecho se le curvó hacia adelante, los hombros agobiados. En un respiro hondo, meneó la cabeza hacia atrás y vimos cómo,  silenciosamente, caía de espaldas sobre el pasto crecido.

Cobas y yo corrimos a socorrerlo. Casi en vilo lo llevamos al consultorio del médico y estuvimos esperando en la puerta hasta que salió el enfermero, un aragonés mal encarado que nos echó a los gritos.

Volvimos más tarde, con intenciones de que el enfermero no nos descubriese, sin embargo, la suerte hizo que pudiéramos pasar sin ser vistos.

Britos estaba en la camilla, cubierto con una frazada, la cara dada vuelta hacia la pared. Cobas se acercó despacio, le tocó el hombro.

Sin prisa, con movimientos lentos, Britos giró la cabeza y abrió los ojos. Sonreía con esa sonrisa particular como cuando hablaba de las meriendas del domingo en la casa de sus abuelos, bajo las parras, donde el sol estiraba caricias hasta la hora del serán.

-Hola -le dijo Cobas  -Nos asustaste, paspán. Vaya que hacernos esto en el momento de la cena… ¡Por tu culpa nos quedamos sin comer, papón!

Yo no sabía qué preguntarle, pero se me ocurrió que no podía irme sin abrir la boca, y, en voz baja, le pregunté si necesitaba algo. Cobas me miró como si hubiera dicho una palabrota en la iglesia.

-¿Qué más va a querer?…Con lo bien atendido que está. ¡Pedazo de palurdo! Mira Pérez, mira la almohada que tiene…Mejor nos vamos porque si nos pescan nos dan grilletes por tres días -interrumpió malhumorado, y me tiró de la chaquetilla, arrastrándome un palmo.

Britos cerró los ojos y los volvió a abrir mirándome directamente.

-Un cocido, eso sí  me gustaría…, un buen cocidito -dijo por lo bajo.

-Un cocido… ¡Tienes talento para pedir! Si serás larpeiro, lambón… –masculló  Cobas -. A largarnos, que no se aguanta más este olor a legía.

Me acosté pero no pude pegar un ojo en toda la noche.

Antes del amanecer lo fui a buscar a Cobas. Lo encontré afeitándose en uno de los baños.

Me quedé al costado, mirándome también en el espejo roto donde se le reflejaba la cara enjabonada y la mano arrastrando con destreza la navaja sobre la piel. Pasó la hoja por un paño y me miró.

-Cobas, el cocinero me dijo que hoy el guiso lleva carne de ternera y unos grelos que trajeron para la comandancia -le dije -. Ayúdame Cobiñas, ayúdame a llevarle algo rico a Britos, mira que el pobre está muy débil, parece o carneriño da morriña.

Sacudió los hombros, pero no contestó. Siguió afeitándose y cuando me di vuelta para irme, carraspeó como acostumbraba cuando quería significar indiferencia.

Después, la mañana transcurrió como tantas. Teníamos prácticas con otro grupo y no vi a Cobas hasta la tardiña, cuando aprovechábamos para fumar un cigarrillo y cantar jotas con el aragonés. Cobas se acercó como al descuido y me hizo una seña con los ojos.

-Tengo todo arreglado, Pérez; después de comer, nos vamos hasta la cocina, le hablé a Villegas -susurró con voz áspera.

 “El rancho” de esa noche que sirvieron a la tropa era un guiso aguado de arroz y guisantes. Yo apenas tenía hambre pensando en la escaramuza que Cobas orquestaba. Los nervios me corrían por la espalda, mientras él, cerca de mi asiento, se llevaba la cuchara a la boca y chasqueaba la lengua paladeando el arroz. Parecía tranquilo.

A las nueve y media fuimos a la cocina porque era la hora en que Villegas se quedaba solo, luego de servir los platos a la plana mayor.

Allí, nos estaba esperando.

-Sacad de esa tartera, que es la cena del teniente, acá tenéis un plato hondo. Y tú, Cobas -apuró -dame ahora el encendedor.

Recaredo Cobas tenía un encendedor con la imagen de una modelo en malla verde que, al encender la mecha, quedaba desnuda. Yo no podía creer que el plato de guiso para Britos costara ese erotismo y se lo iba a decir al miserable de Villegas, pero ya el encendedor estaba en sus manos mientras Cobas, apresurado, quitaba la tapa a la olla y metía el cucharón.

Una albóndiga redonda y gorda, rebosante de salsa, humeante todavía en medio de habas y trozos de unto subió a la superficie de un caldo perfumado de azafrán. Cobas, la dejó caer en el medio del plato abundante y tapó todo con un repasador que estaba sobre la mesada de piedra.

-Toma -dijo -llévalo tú. Yo iré adelante.

Entonces salimos los dos por la puerta del costado, hacia la enfermería.

Quedé pegado a la ventana mientras el otro espiaba. No había nadie. Pasamos al cuarto donde descansaba Britos. Sentado en la cama, miraba las manchas de humedad del techo, y cuando nos vio, pareció sorprendido.

-Te trajimos algo para comer, come tranquilo que es la cena del teniente -dijo Cobas. Puse en las manos de Britos el plato de guiso. Al momento, lo apoyó en las rodillas y tomando la cuchara, la hincó en el centro y levantó la albóndiga. Abrió la boca y masticó goloso, arrancando con los dientes los trozos jugosos, pasándose la lengua por los labios manchados de salsa.

Desde los pies de la cama vimos a Britos, las mejillas rellenas, pasar el dedo por el borde del plato enlozado.

Cuando terminó se limpió las manos con el repasador.

-Gracias rapaces, esto sí que estaba bueno -dijo, y sonrió acomodando la espalda en la almohada después de la comilona.

Al rato volvimos a la cocina y dejamos el plato y los cubiertos. Villegas, sentado en el banco de madera donde pelaba las patacas, se entretenía con el encendedor de Cobas y con la chica de la malla escotada, que ya debía tener nombre propio.

Nos fuimos a dormir sin decir una palabra.

Temprano, a la mañana siguiente, cuando entré al baño, Cobas conversaba con Britos.

-Me dieron el alta, estoy como un carballo -me dijo al verme y continuó pasándose el peine por el pelo. Me apuré a lavarme y salí para la rutina.

Hacia el atardecer, coincidimos debajo del alero con el aragonés y un sargento de Las Nieves.

Britos, a voz en cuello entonaba un alalá  mientras el pobre Cobiñas encendía un cigarrillo negro rascando un misto.

Al rato llegaron tres o cuatro que siempre traían novedades. El de Lugo, que era mozo simpático y lingoreteiro, contó que venía una inspección de higiene y andaban por la cocina limpiándola del suelo al techo.

-Como una patena ha de quedar. ¡Lástima de Villegas! Anda como tolo, ordenando las alacenas y dejando las tarteras brillantes. Y para colmo de males, buscando desesperado el estropajo de arpillera que debió extraviar en el lugar menos pensado. Siempre el mismo distraído -rió el lucense, estirando el cuello para aclararse la garganta -¡Vaya o demo a saber dónde lo puso!

Recaredo Cobas me miró, el humo le cubrió por un momento la mirada sarcástica.

Desde la orilla del patio de tierra, la voz de Britos, llegaba más potente que nunca, recitando los versos de Rosalía, con una galanura inimaginable.

Tres años más tarde, perdimos la juventud, la libertad, los sueños.

Pero, en los recuerdos que vuelven, llega palpable la generosidad de Cobas y la voz de Camilo Britos, como un perfume de chuvia miúda que golpea los cristales daquel tempo noque foramos rapaces.

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Apuntes en torno a  “O tempo noque fóramos rapaces”*, Por Alberto E. Feldman

Para todos aquellos que seguimos desde siempre los avatares de la Guerra Civil Española, todo escrito, sea histórico o ficcional,  nos enriquece y nos apasiona;  muchos de nosotros parecemos esperar después de tantos años lo imposible,  un resultado  distinto  al que fue.

En este cuento delicioso, Marita pone algunas cosas en su lugar, sin una sola gota de sangre,

Destacando en primer plano la amistad  de tres jóvenes veinteañeros  en la “mili”, en un comienzo de la Guerra en España, apenas esbozada por los camiones llegados  de madrugada al campamento cercano a Vigo,  etapa previa de la partida de los jóvenes soldados para el frente.

Con una suavidad, que contrarresta los horrores por venir, describe la amorosa tarea de dos de ellos, los humildes y sufridos  Cobas y Pérez, para  alimentar mejor y más rico a Britos, hijo de una familia acomodada,  internado en la enfermería por un agudo ataque vesicular, y pone de manifiesto que aún dentro de una catástrofe general, hay un lugar para el afecto y la solidaridad individual.

En un marco donde el “rancho” parece jugar un papel principal, descrito con entretenida prosa, los que hemos hecho el servicio militar recordamos un dicho clásico a la hora de comer: “ Los ingredientes son  siempre los mismos,  pero si el plato se da vuelta  en el aire y cae su contenido, es sopa; si éste queda pegado al plato, es guiso”.

Marita Rodríguez -Cazaux  ha conseguido algo más que construir un bello cuento: ha logrado que muchos de los que leemos con pasión, pero tendenciosa y superficialmente sobre la Guerra Civil,  venzamos el prejuicio de creer que  todos los componentes del Ejército  denominado “Nacional”, incluidos los reclutas oriundos de las provincias gallegas,  seguían entusiasmados a su paisano, el caudillo de El Ferrol.

Con una sencillez meridiana, y lo mismo que al principio, sin consignar fechas, Marita  señala: “Tres años más tarde, perdimos la juventud, la libertad, los sueños”.

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*Cuento que  pertenece al libro “Del glamour a la ciénaga”, de Marita Rodríguez-Cazaux- Editorial Dunken (2013).

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