Polvos ilegales, agarres malditos (LVII)

Fernando Morote

Mirada

—No es éste el planeta que recibimos. No es éste el país que recibimos. No es éste el matrimonio que recibimos. Recibimos el Paraíso y lo convertimos —sino en un infierno— en un lugar lo suficientemente incómodo como para querer huir de él todo el tiempo.

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Acostumbrado a sufrir el dolor cosmético de viajar en colectivo y sentir la poesía intrínseca de movilizarse en ómnibus, esa lluviosa mañana de abril tuvo la certera impresión de que aquella hermosa criatura cambiando de asiento se enamoró de él tan pronto lo vio subir. Con sus inmaculadas manos de dama le mandaba besitos volados y con sus ojos divinos estudiaba atentamente sus collares de pukas, su cruz de marfil y la plaquita de plata que su mujer le regaló con las iniciales de su nombre. Haciéndose el desentendido, se dejó mirar todo el trayecto. Ese fascinante proyecto de mujer a lo sumo tendría 5 años. Igual que la maravillosa italiana, a la que le faltaba un brazo, pero le sobraba el resto. Sencillamente fabulosa. Perdió la cabeza escuchándola hablar en su idioma. Hubiera podido hacerle el amor ahí mismo. Mujeres así no abundan en las calles de Lima; en las calles de Lima sólo abunda la basura. ¡Carpe Diem! Se sentó a su lado, con respeto le expresó lo linda que era y le solicitó el honor de invitarla a salir. No le interesaba si se reía, lo rechazaba o llamaba a la policía. Ante la falta de respuesta, cuando ella se bajó en su paradero, le dijo adiós con el corazón.

Esta vez se encontraba, contra todos sus pronósticos medianamente racionales, conduciendo un Pontiac del 98 por las calles de Long Island en Nueva York. La imponente Lincoln Navigator de color plateado, esperando delante de él, venía piloteada por una muñeca que se mordía las uñas de una mano mientras con la otra horquillaba las hebras de su lacio cabello castaño. Como primera reacción, se mostró algo fastidiada. Dondequiera que pusiera su mirada, tropezaba con la de él contemplándola. Se sonrojó un poco. Antes de que la luz cambiara a verde, ya con total ausencia de disgusto, jugueteó por el retrovisor. Emocionado hasta el tuétano, Judas entendió el mensaje. Quizás pudo ir tras ella, pero prefirió seguir de largo. De lo contrario habría desvanecido el encanto de las miradas; esa comunicación íntima, sin palabras, en las que nunca pasa nada.

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