Polvos ilegales, agarres malditos (LVI)

Fernando Morote

cybersexo

—No sabes cómo me sentí cuando esa linda secretaria le dijo a los ejecutivos jóvenes de la empresa que yo era mantequilla. Es terrible que a los 42 años una encantadora criatura de veinte te considere un desecho sexual.

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La barra roja tintineando al pie de la pantalla le indicó que alguien quería conversar con él. Movió el mouse e hizo click.

—¿Te conozco?

—No.

—Quién eres.

—Nonoy.

—¿Así te llamas?

—Sí.

“Sabe Dios de dónde diablos habrá sacado ese nombre”.

—Cuántos años tienes.

—17 .

—Eres una niña todavía.

—No tanto, tengo una hija.

—¿Ah, sí?

—De 1 año.

—Ya veo. ¿Y cómo conseguiste mi messenger?

—Lo vi en la lista de contactos de mi papá.

—Quién es tu papá.

—Manolo, de Arequipa.

—¡Ah, sí! Manolo… tipo estupendo, un buen amigo. Cómo así se te ocurrió llamarme.

—Mi papá habla siempre de ti.

—No me digas.

—Todo el tiempo.

—Y qué dice.

—Te admira mucho.

—No puedo creerlo.

—Siempre me cuenta cómo has ayudado a que la confraternidad crezca en Arequipa.

—Eso es resultado del trabajo que hacen los compañeros liderados por tu papá.

—Pero él recalca siempre que sin tu apoyo no hubieran podido hacerlo.

—Respeto mucho a tu papá. Le pone un gran corazón a su servicio.

—¿Cuántos años tienes?

—43 .

—¿Eres casado?

—Sí, tengo dos hijos.

—¿A qué te dedicas?

—Un poco de todo, hay que buscárselas por cualquier parte. ¿Tú trabajas?

—Sólo por las mañanas.

—Qué haces.

—Atiendo una librería cerca de mi casa.

—¿Te gusta?

—Es aburrido.

—¿Por qué? ¿No entra mucha gente?

—Casi nunca hay nada que hacer.

—Puedes aprovechar de leer algunos libros.

—No me gusta.

—¿Por qué?

—Porque no me gusta.

—Seguro todavía no te has topado con los libros correctos.

—Estoy buscando otra cosa.

—¿Cómo qué? ¿Qué te gusta hacer?

—Otras cosas.

—Cuéntame.

—No.

—¿Por qué?

—Me da un poco de roche.

—¿Por qué?

—Le puedes contar a mi papá.

—No le voy a contar nada.

—No te creo.

—Te lo aseguro, anda.

—No.

—¿Es algo… sucio?

—Más o menos.

—Interesante. Anda, cuéntame.

—Hace calor.

—Sí, aquí también.

—Me tengo que ir.

—No, espera.

—Es tarde.

—¿No me vas a contar?

—Mejor otra vez.

—¿Cuándo entras de nuevo?

—Vengo todas las noches.

—¿Nos vemos mañana?

—Bueno. ¿A qué hora?

—¿Qué tal a las nueve?

—Está bien. Nos vemos.

—Te espero, ¿ah?

A primera hora del día, Judas estaba ya pegado al messenger. Desde el dormitorio que había acondicionado como oficina en su casa, hablaba con amistades de Lima, provincias y el extranjero mientras revisaba su correo electrónico y despachaba informaciones relacionadas a su trabajo. De rato en rato hacía una pausa para entrar a algunas páginas de pornografía. Se masturbaba con chinas, negras y niñas brutalmente desnudas en aquellos sitios. Más que el acto en sí, lo que le proporcionaba mayor placer era el hecho de exponerse a ser pescado in fraganti por su mujer. A veces reprimía la eyaculación en el minuto mismo que sentía los pasos de ella aproximándose.

Al caer la noche sintió un demoledor apremio por empujar las manecillas del reloj. A partir de las ocho y media ignoró toda solicitud de conversación. Varios minutos después de las nueve apareció Nonoy en pantalla.

—Qué pasó. Llegaste tarde.

—No tenía con quién dejar a mi hija.

—Cómo hiciste para venir.

—Mi papá llegó a la casa y le pedí que se quedara con ella.

—Genial. ¿Cómo has estado hoy?

—Pensando en lo de anoche.

—Yo también. ¿Te decidiste a contarme?

—Sí.

—Te escucho… quiero decir, te leo.

—Antes dime si tienes cámara.

—Sí, tengo.

—¿Puedes conectarla?

—Claro. Dame un minuto.

Judas ajustó el pequeño dispositivo y lo programó para que empezara a funcionar.

—Ya está.

—Se ve todo negro.

—Espera unos segundos. ¿Tú tienes cámara?

—Sí, estoy en una cabina pública.

—Qué tal ahora.

—Mejor.

—¿Puedes ver?

—Sí, ahora se ve bien.

—Yo no te veo.

—Eres muy guapo, te quedan muy bien esos lentes.

—Gracias. Me gustaría verte también.

—Espera un poco.

—Haces trampa. Tú me puedes ver pero yo no a ti.

—Me gusta tu pelo corto.

—¿Tú tienes el pelo largo?

—No mucho.

—¿Cómo lo tienes?

—Cómo tengo qué.

—El pelo.

—¿Quieres mirar?

—Por qué no.

—Espera, voy a arreglar mi cámara.

Judas esperó ansioso. La imagen apareció al principio algo oscura.

—Fija bien la cámara, parece que no apunta directo a ti.

—Creo que no hay suficiente luz.

—Sólo muévela un poco más.

—¿Está mejor ahora?

—Sí, ahora te veo bien. Vaya, eres muy linda.

—Mentiroso.

—En serio. Imagino que debes tener muchos pretendientes.

—No.

—Tu esposo debe ser muy celoso.

—No tengo esposo.

—¿No dijiste que tenías una niña?

—El padre desapareció cuando supo que estaba embarazada. Por eso vivo con mi papá en su casa.

—Comprendo. Lo siento.

—Está bien. Es mejor así. Ese tipo no servía para nada. Ni siquiera para…

—Para qué.

—Tú sabes.

—No, no sé. Dime.

—Ni siquiera era bueno en la cama.

—Pero tienes un hijo de él.

—Creo que fue un chiripazo.

—Y ahora, ¿no sales con nadie?

—No.

—Cómo te las arreglas.

—Me aburro.

—Cómo puedes aburrirte siendo tan linda.

—No sé.

—¿No hay nadie que te persiga, que te invite a salir?

—No. Por aquí los muchachos son muy quedados.

—No te creo.

—¿Por qué?

—No existen los muchachos quedados cuando hay cerca chicas tan bonitas como tú.

—No te burles.

—Lo que creo es que tú no les das bola.

—Puede ser.

—¿No te gusta ninguno?

—Me parecen tontos. Busco algo más interesante.

—Como qué.

—Un hombre mayor, alguien que sea más maduro.

—Eso suena bien.

—Estoy aburrida con las zonceras de los chicos de mi edad.

—Y qué harías con un hombre mayor.

—Muchas cosas.

—Por qué crees que sería mejor salir con un hombre mayor.

—Un hombre mayor tiene más experiencia.

—Es verdad.

—¿Haces el amor con tu mujer todos los días?

—No exactamente, ¿por qué?

—Con una chica de 17 seguro que sí lo harías.

—Es posible. ¿Te gustaría probar?

—Por qué no.

—Pero tú estás en Arequipa y yo en Lima, ¿cómo haríamos?

—No sé.

—¿Quieres que probemos un poco por aquí?

—¿Por la cámara?

—Sí.

—Estoy en una cabina pública.

—Busca una cabina privada. ¿Hay alguna cerca de allí?

—Creo que sí, en la otra cuadra.

—¿Quieres ir a buscarla?

—No sé. Ya es un poco tarde.

—Vamos, anímate. No te imaginas cómo estoy.

—Cómo.

—Uff, tendrías que tocarlo.

—Jaja.

—En serio.

—Cómo está.

—Rompería la mesa.

—Malo.

—No soy malo. ¿Tú cómo estás?

—No sé.

—¿Mojadita?

—Algo.

—¿Quieres mostrarme?

—Aquí no puedo.

—Me gusta tu blusa, se ve que los botones se abren fácil.

—Un poco.

—Quisiera poner la lengua en el medio.

—¿Tienes la lengua larga?

—No sabes cuánto. ¿Por qué no sales de ahí y vas a buscar la cabina privada?

—Va.

—Nos conectamos de nuevo en diez minutos, ¿ok?

—Ok.

Cada vez que surgía el recuadro del ángulo inferior derecho anunciando un nuevo contacto, Judas saltaba de emoción. Pero pronto se desencantaba al comprobar que era otra persona. Sus amigos seguían llamándolo y al no responderles se iban.

—Aquí estoy de nuevo.

—Fantástico. ¿Tuviste que caminar mucho?

—No tanto, pero las cabinas estaban llenas y tuve que esperar un poco para que se desocupara una.

—Muy bien. ¿En que estábamos?

—Me ibas a mostrar algo.

—No, tú me ibas a mostrar algo.

—Tramposo.

—¿No quieres abrir tu blusa?

—Tal vez.

—Tú me muestras y yo te muestro.

—No, tú primero.

Judas sintió los pasos de su esposa subiendo la escalera. Instintivamente desconectó el messenger y se puso de pie. Empezó a ordenar en el estante unos libros que no necesitaban ser ordenados.

—Pensé que te gustaría un cocabí hasta que termines de trabajar.

—Gracias, amorcito. Deja la bandeja ahí nomás.

A solas de nuevo, después de un apurado besito en los labios, Judas se reconectó de inmediato al messenger.

—Qué pasó. Por qué te fuiste.

—Vino mi mujer.

—¿Ya se fue?

—Sí.

—¿Puedes seguir conversando?

—Sí. Aunque no creo que tenga mucho tiempo con ella dando vueltas alrededor.

—¿Quieres que lo dejemos para mañana?

—No, no. Está bien.

—Las esposas son una lata.

—No siempre, pero a veces.

—¿Eres feliz con tu mujer?

—¿Por qué te interesa eso?

—Sólo curiosidad.

—Llevamos doce años de casados.

—¡Asu!

—¿Me vas a mostrar tus cositas?

—Si quieres…

—¿Por dónde prefieres empezar? ¿Arriba o abajo?

—Que te gustaría ver primero.

—Arriba.

—¿Seguro que tu mujer no está cerca?

—No, ya se fue.

—Ok, va.

Judas miraba agradecido cómo Nonoy, una adolescente completamente desconocida, se despojaba sin ningún escrúpulo de su blusa y se levantaba el sostén hasta la altura del cuello para mostrarle, en actitud triunfante, sus esferas lozanas, perfectamente erguidas.

—¡Qué pezones tienes!

—¿Te gustan?

—Son sensacionales. Grandes y negros.

—No son tan grandes.

—Párate.

—¿Qué?

—Párate y agáchate sobre el teclado.

—Para qué.

—Quiero ver cómo caen y cuelgan en el aire.

—Estás loco.

—Vamos, anda, no seas mala. Tienes unos pechos soberbios.

—Ok, ok. ¿Así?

—¡Guau!

Judas se reclinó en su silla y se frotó el pene por encima del pantalón.

—Muévete un poco para ver cómo se balancean.

—Me van a ver.

—No seas tímida.

—Hace un rato vi que alguien se acercó.

—Dale, apúrate antes de que venga de nuevo.

—Bueno, va.

—Qué ricas tetas tienes, Nonoy. Podría lamerlas desde aquí.

—Lámelas.

—Es lo que estoy haciendo. ¿Sientes cómo te las chupo?

—Sí, rico.

—¿Cómo está tu chuchita?

—Mejor no te digo.

—Hecha una sopa.

—Más o menos.

—¿Quieres mostrármela?

—Se me acaba el tiempo.

—No seas mala.

—Ya me tocaron la puerta. Debo salir.

—Eres cruel. Mira cómo me has dejado.

—Cómo.

—¿Quieres ver?

—Sí.

—Pero no tienes tiempo.

—Puedo quedarme un minuto más.

—No, mejor mañana.

—Tú eres el malo, ¿ves?

—Tú no me muestras, yo no te muestro.

—Mañana con más tiempo.

—¿Mañana me enseñarás tu chuchita?

—Tal vez.

—Y yo te enseño lo mío.

—Eso espero.

Lo único que hizo Judas el día siguiente fue esperar el momento de ver a Nonoy por la pantalla de la computadora.

—Cómo te fue hoy día.

—Bien.

—¿Viniste preparada?

—Sí.

—Qué color es tu trusa.

—Azul.

—Mi color favorito. ¿Tiene dibujos?

—Es una tanga.

—Fantástico.

—¿Tienes muchos pelitos?

—Me rasuro todo abajo.

—Extraordinario.

—¿Y tú?

—Yo qué.

—De qué color es tu trusa.

—No tengo. Vine listo.

—¿Me lo vas a mostrar tú primero?

—No, quedamos en que tú empezabas.

—Yo te mostré anoche.

—Qué quieres ver.

—Jaja.

—¿Quieres ver mi…?

—Eso.

—Dilo.

—Eso.

—¿Pichula?

—Sí.

—¿Pinga?

—Sí.

—Tú primero.

—¿No me la vas a mostrar?

—Claro, pero antes quiero ver tu chuchita.

—No creo que pueda.

—Por qué.

—Hoy me comenzó el período.

—No importa.

—Tengo toalla.

—Está bien.

—Puede salir un poco roja.

—Mejor, más rico.

—Cochino.

—En serio.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Ok, va.

Judas se puso de pie. En reciprocidad por el sanguinolento espectáculo que Nonoy ofreció a sus ojos, se bajó el pantalón del buzo y acercó su pene a la cámara para mostrarlo en todo su esplendor, vigorosamente erecto, surcado de gruesas venas. Lo cogió con ambas manos, como un bate de béisbol, y empezó a sobarlo.

—¡Qué grande es!

—¿Te gusta?

—Se ve riquísimo.

—¿Te gustaría chuparlo?

—Claro.

—Métetelo en la boca.

—Lo tengo.

—¿Te gusta el sabor?

—No puedo hablar, es un salchichón.

—¿Te lo estás comiendo entero?

—Todito.

—Ten cuidado, no lo muerdas.

—Payaso.

Incapaz de dominar la sensación, Judas dio rienda suelta a su instinto. Al cabo de unos minutos un chorro pesado salpicó el teclado y el monitor.

—¡Amorcito!

La voz de su esposa otra vez, subiendo las escaleras.

—¿Quieres un café? ¿Unas tostaditas?

Alarmado se subió el pantalón, mojado como estaba, y se esmeró en limpiar apresuradamente las huellas con una toalla de papel. Antes de que su esposa entrara al cuarto, tartamudeó:

—Sí, amor. Lo que quieras.

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