Polvos ilegales, agarres malditos (LV)

Fernando Morote

Surey I

—Cuán increíblemente enfermo debes estar, que necesitas sentirte asustado para disfrutar los momentos que pasas junto a tu esposa.

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Archivar adecuadamente la información que llegaba a diario era un proceso que tomaba a Sujey buena parte de la tarde. Mientras lo hacía criticaba sin escrúpulos el trabajo de la secretaria anterior y exponía con arrogancia sus puntos de vista acerca de cómo se debería manejar la asociación. Fiel a su particular manera de expresar interés demostrando aparente indiferencia, Judas la observaba en silencio. Realizaba llamadas por su celular. De tanto en tanto le preguntaba cómo se sentía en el puesto, cuáles eran las tareas más difíciles quehabía encontrado. Ella se desahogaba devolviendo respuestas mordaces, cargadas de inteligente ironía, en algunos casos de cruel sarcasmo. No ocultaba su admiración por la labor de Judas y lo llenaba de adulaciones. Él, por su parte, sólo tenía ojos para apreciar su acrobático cuerpo de prima ballerina. ¿Cuántas poses podría hacer? ¿Cuáles se sabría? Por la forma en que hablaba de sexo, sospechaba que muchas. Lo cual, por cierto, a pesar de su apetito, lo intimidaba.

—¿Cuántos meses tienes ya? —le preguntó.

—Casi ocho —replicó ella.

—¿Y cómo va todo?

—Bien, felizmente. El doctor dice que puedo adelantarme porque tengo placenta previa.

—Ah, sí. Mi mujer también tuvo eso. Mis hijos nacieron con un mes de anticipación.

—Es posible que el niño nazca en pocas semanas. Cuando tienes placenta previa, puedes dar a luz en cualquier momento a partir del sétimo mes.

—¿Y qué tal te va con el gordo?

—Ni me preguntes.

Sujey tomó una cantidad de documentos y caminó hasta el otro lado de la oficina, donde los depositó sobre un archivador negro de metal. Su vientre inflado la hacía ver como un dinosaurio de utilería.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? —continuó Judas.

—No lo aguanto. No quiere hacer nada. Ni siquiera busca más trabajo. No sé de dónde vamos a sacar la plata para el parto.

—Caray.

—Pasa pegado a la computadora, jugando en la internet.

Sujey regresó al escritorio. Judas se acercó por detrás y la acarició a la altura de los pulmones. Verificó la dureza de sus costillas.

—Qué lástima. Entonces, ¿quién le hace cariño a estas mamitas todos los días?

Sujey volteó para mirar por encima de su hombro.

—¿Puedo? —preguntó Judas.

Sujey se mostró sensible a su tacto gentil.

—Tienes las manos calientes —dijo.

—Un poco.

—¿Cómo te puedo gustar con este cuerpo de animal prehistórico?

—Me encantas. Adoro estas bellezas redonditas.

A Sujey le sentaba bien el embarazo, pero era Judas quien estaba preñado de leche.

—Alguien puede venir —se defendió ella, sin hacer mucho esfuerzo.

—Ven…

Protegido por la estrechez y la oscuridad del cuarto de baño, Judas le amasó bien los pectorales. Deslizó las tiras del minúsculo sostén negro y abrió el broche. Los diminutos senos de Sujey florecieron agitados como perlas en su pecho. En contraste, sus pezones eran enormes, oscuros. Inconscientemente, Judas volvía a su primera infancia, tirado en el sillón de la sala, viendo dibujos animados con la mamadera en la boca.

—Mi turno —dijo Sujey, con voz decidida.

En su mirada se leía que no era un pedido, una propuesta, sino una orden. Judas no tuvo oportunidad de resistirse. De improviso estaba sentado en primera fila. Wagner dirigiendo virtuosamente sus Valquirias ante una eufórica audiencia en el teatro de Bremen. Dueña de una prominente dentadura, alineada a la perfección por un experto ortodoncista, Sujey se reveló como una verdadera diva en el arte de soplar la corneta. De allí Judas se transportó, gracias a un inopinado salto histórico, a un hecho de su pasado personal. Diez años de edad. Siete de la mañana. Corredor de la casa familiar. Su mamá desnuda, en cuatro patas sobre la cama, comiéndose a besos la verga de su papá.

—¡Ay, un pelito! —gritó Sujey, despegando de sus labios un vello púbico.

Judas no pudo controlar su sistema individual de riego por aspersión. Una catarata de espermatozoides. Sujey recogió a dos dedos las gotas dispersas en su mentón y embadurnó de semen el resto de su rostro. Antes de que Judas pudiera decirle algo, se apresuró a explicar:

—Es perfecto para el cutis.

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