Las amantes son rubias: “Menos”

Marita Rodríguez-Cazaux

Espera

Siempre lo supo, desde el primer momento. Ella no era el tipo de mujer que se anclase en bienestares, le gustaba el bogar por sentimientos y se lo dijo al conocerlo. Pero, a él, no le importó. Entendió que jugarían a su favor los éxitos en su profesión, el crecimiento en su carrera, el brillo social.

Pudo ofrecerle una vida acomodada, viajes, vestuarios, relaciones. Junto a mí tiene todo, se repetía mientras acumulaba fortuna y fama. En esa atmósfera, su vida en común no podría fracasar. Hasta inicios de aquel verano, cuando ella, sin eufemismos, le confesó que quería irse, o, para decirlo mejor, dejarse el uno al otro, que sería lo justo para los dos.

A él no le sirvieron ni la experiencia ni la terapia, no lo consoló la plenitud de buenos momentos pasados. Imposible, no podría vivir sin ella. Conciliaron un tiempo de reflexión en el mes que faltaba para la llegada del otoño. Ella salió de viaje y él se instaló por unas semanas en la casa de la playa.

Un atardecer, la penumbra que remataba el día, lo incitó a caminar a lo largo de la escollera; de regreso, entró en un bar debajo de los soportales.

Pidió un café cargado. La camarera dejó el pocillo, el azúcar, dos bocaditos en un plato sobre la mesa. Y un periódico.

Bebió el café, perdida la mirada en el pulso de las olas que llegaban hasta los médanos. Le lastimó el reflejo, la silueta del mar. Bajó la vista, en un ángulo de la hoja, un corazón redondo ofrecía en letras del molde, “la solución a su problema”.

“ATAMOS VÍNCULOS ROTOS-RESCATAMOS PAREJAS”, leyó. Eso era para él. Sólo que él, era un hombre de carrera y altura intelectual, era un sujeto de clase, jamás podría pensar en semejante vulgaridad.

Anotó el correo electrónico, la dirección. Al volver a la casa, confirmó una entrevista.

Tres minutos antes de pulsar el portero eléctrico se sintió ridículo, cursi. Se reirían todos los conocidos; lo cabal era retroceder, entrar en el auto, marcharse… ¿Te volviste loco? se preguntó frente al espejo del ascensor.

Una chica suave lo hizo pasar a un cuarto iluminado con velas y paños violetas colgados de las ventanas. Sobre una mesa, la mujer tiró las cartas.

-Demasiado de todo – le dijo- . Mucho de más -recalcó.

Él pensó que se refería a los viajes, los cruceros, aquellos hoteles sobre el Egeo, la costa de Noruega, las rías. Supuso que el gasto en las joyas excedía la ganancia de años y que el rancho en Arizona era un capricho desperdiciado.

-Lo mejor es quitar del medio tanto exceso -volvió a decir la mujer.

Quitar del medio los proyectos para restaurar el palazzo italiano que habían descubierto en remate, o el yate del magnate ruso que superaba su valor real. Quitar del medio, las estatuas encargadas a Marruecos, por ejemplo, se convenció.

-Lo suyo, es cosa de menguar. Téngalo en cuenta. Menos es más, dijo la mujer y le cobró.

Cuando llegó a Buenos Aires, tenía en la cabeza el ansia de deshacerse de todo, de todo menos de ella y por eso mismo, arrinconó las cosas que supuso formaban parte del exceso. Todo podría encontrar lugar en otro sitio, por ahora, mejor despoblar los vestidores, los muebles, la casa. Lejos, para eso había lugares donde guardarlos sin que interrumpieran la pasión. Y si fuera poca, podría seguir con la casa en La Paloma, el estudio, la galería. El piso en Miami, la oficina en Rosario. Sería hora de liquidar la estancia, las caballerizas, el atraque de San Isidro.

Así, la esperó. Sentado en el borde de la cama, con el celular en la mano. En el escritorio frente a la computadora, atisbando los correos. Detrás de la ventana del salón, mientras el reloj apuraba la noche.

El sueño lo venció y descubrió el mensaje en el celular cuando ya habían pasado dos horas. Trató de descifrarlo, de comprender lo que significaba el punto perfectamente redondo que no remataba ninguna frase.

Pulsó la tecla para volver al número, rebotó el intento. Otra vez, otra vez. Inútil.

Lanzó el teléfono contra la pared, fue a la computadora. El correo desconocía al destinatario. La casilla estaba bloqueada.

Tuvo la creencia, la expectación de que, durante el día, ella iba a llamarlo para decirle que había sido una confusión. Pero no lo llamó ni ese día ni los siguientes, y cuando llamó fue para explicar el punto perfectamente redondo que no remataba ninguna frase.

A esa soledad se fue acostumbrando, y al ánimo de tirar todo. Cada día, algo menos de algo. Eso era lo que había dicho la mujer. Menos es más, había asegurado.

Y ahora, él, tenía mucho menos que menos. Por eso mismo, la esperaba.

——

Cuento del libro “Las amantes son rubias“, de Marita Rodríguez-Cazaux

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