Polvos ilegales, agarres malditos (LIV)

Fernando Morote

Culo grande

—Mi mujer —¡otra vez!— tiene razón. Es puro ego. Lo que me pregunto es cómo ella puede saber tanto sin ver nada. Es simplemente alucinante.

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Judas empezaba a caer en desesperanza. Pese a sus devaneos, Lilí no soltaba prenda. Esta vez, sin embargo, existía una posibilidad. Simulando distracción, se había dejado tocar muy cerca de las partes comprometidas. Un solo de implantes por todos lados, su hilo dental resultaba un eufemismo absurdo ante tamañas nalgas. Judas estaba listo. En su rostro no aparecía ni por asomo la expresión del hombre maduro, del padre amoroso y responsable. Pero por algún motivo los alimentos del desayuno le revolvieron el intestino y experimentó una severa urgencia diarreica. De ese modo incomprensible respondía su organismo ante tales eventualidades. No le quedó más remedio que, con el dolor de su corazón, disculparse y despedirse.

—¿En serio? —preguntó Lilí, con voz de gatita desamparada— ¡Malo!

Después del almuerzo volvieron a coincidir en el estudio de grabación. En un intermedio Judas la siguió al baño. Se quedó afuera fingiendo esperar su turno. Terminó tocando la puerta con un golpecillo gracioso. Descubrió que sólo estaba entreabierta. Empujó suavemente. Por el reflejo del espejo alcanzó a verla subiéndose los pantalones. A ella no le disgustó la intromisión; por el contrario, lo recibió con una pregunta a boca de jarro:

—¿Puedo darte un beso?

Sorprendido, Judas inquirió por qué de pronto quería algo que había esquivado tantas veces en el pasado.

—¿Puedo? —insistió Lilí.

Lo único que Judas miró fueron sus tetas grandiosas latiendo a corazón batiente.

—¡Por supuesto! —exclamó.

Fue un ósculo colmado de lujuria.

—Mira con lo que me sales en el momento menos pensado —comentó Judas, despegando sus labios para respirar.

—Así pasan las cosas —filosofó Lilí— Suceden cuando tienen que suceder. No antes ni después.

El estómago de Judas reclamaba ahora una celebración.

—Cuando hablaste de postre pensé que te referías a un hotel —mencionó Lilí.

—No puedo —contestó Judas, con pena— Le prometí a mi mujer que llegaría temprano.

El sol atropellaba por la ventana de la cafetería e iluminaba la alborotada cabellera rubia de Lilí. Su desafiante mirada llena de frialdad, su ajustada gargantilla, su brazalete en la muñeca y sus zapatitos de talón descubierto hacían sentir a Judas ante la presencia de una inquietante Olimpia en versión actualizada, donde él era el gato con la cola erizada. La forma en que ella recibió su delicada caricia en el brazo fue una manifiesta invitación. A hurtadillas se encerraron en el cuarto de primeros auxilios.

—No, no… —protestó Lilí, cuando Judas le tomó los dos tobillos.

—Sí, sí… —respondió él.

Lilí apoyó las plantas de los pies en el techo. Judas afilaba su arma mientras penetraba con la nariz y atendía su paladar. Lilí aportaba a la estimulación con su propia mano. Pronto su ansiedad la llevó a sacudirse ferozmente el clítoris. Nada que envidiar a una enloquecida masturbación masculina. Judas contemplaba extasiado el espectáculo. El líquido seminal de Lilí brotaba igual que pileta ornamental de parque municipal. Cuando comenzó a empujar, constató que el grosor de su pene no era suficiente para producir la fricción necesaria que llevara ese tremendo culo al orgasmo. Por más que lo abofeteaba, conminándolo a la acción, salía expulsado casi de inmediato. Se resbalaba sin remedio cada vez que trataba de encajarlo.

—¡No te siento, Judas! —dijo Lilí, con ojos de reclamo.

Judas sabía en el fondo de su corazón que no era un gran amante. Su aspiración de convertirse en salvador, el mesías que acude a rescatar del dolor a las sufridas mujeres, trayéndoles consuelo y redención a través del placer, era sometida permanentemente a cuestionamiento por él mismo.

“No me importa”, pensó. “De todos modos un culo grande no necesariamente es un rico culo”.

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