Polvos ilegales, agarres malditos (LIII)

Fernando Morote

Amante

—Un nuevo ritmo de vida incluye una sensible variación en los hábitos alimenticios…,

—¿Le digo la verdad?

—…lo cual traerá como beneficio la serenidad en el terreno sexual.

—Al final de un día de ayuno termino físicamente agotado, espiritualmente reconfortado, pero mentalmente con dudas acerca de si debo comer una manzana.

—El ayuno corporal refrena nuestras pasiones. Toda abstención tiene que ser complementada por una acción positiva. Si ayunas, tienes que orar. Si no quieres fornicar, tienes que vivir más en familia.

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———-

—Eres mi amor platónico de toda la vida, Judas.

—Magnolia, por favor…Acabo de enterrar a mi padre.

—¿Quieres ser mi amante?

—Por lo menos espera que salgamos del cementerio…

—Te he acompañado toda la mañana, querido.

—Lo aprecio mucho, pero…

Ya en el restaurante de la avenida Pardo donde fueron a cenar, la danza continuó:

—¿Sería mucho problema para ti? ¿Crees que tu mujer se daría cuenta? ¡Prometo no atormentarte con llamadas ni exigencias absurdas!

—No, no es eso.

—¿Los niños?

—No, tampoco.

—¿No confías en mí? ¿No crees que pueda controlarme y mantener nuestra relación en absoluta reserva?

Judas rió.

—No es sólo sexo —prosiguió Magnolia—. Tú sabes que si fuera eso nada más, podría conseguir cualquier muchachito dispuesto a ponerme al día cada vez que lo necesite, pero no es así. Contigo me siento diferente. Y quiero algo diferente. Por eso no me importa pedirte lo que te estoy pidiendo y ponerme en la situación que me estoy poniendo. Sé que siempre voy a ser la segunda, la querida. No te pido otra cosa. Conozco a tu mujer y a tus hijos. Son personas maravillosas. Pero no puedo vivir sin alguien como tú a mi lado. Quiero que estés también conmigo. Me conformo con que lo hagas cuando puedas.

—Magnolia…

—Ya sé que te he dado bastantes pruebas de mi inestabilidad, tú conoces bien mi historia y mis problemas con las relaciones, mis hijos nunca tuvieron padre, jamás viví con alguno de mis ex más de seis meses, el último me mantiene y sabe que en cierta forma mantiene también a mis amantes ocasionales, así que a pesar de que no trabajo no me falta nada, pero…

—No es ése el problema, Magnolia.

—¿Ah, no?

—Soy yo el problema.

—¿Tú?

—No creo que yo pueda manejarlo. Tal vez tú puedas controlarte, como dices, pero una vez que yo esté metido de nuevo en el asunto, no creo que pueda quedarme tranquilo.

—Podemos ayudarnos entre los dos. Estos últimos años he aprendido mucho. Después de mi tercer matrimonio, con el maldito ese que me explotaba y humillaba a mis hijos, he pasado bastante tiempo sola, por propia decisión, y he conocido bien lo que es la temperancia, el autocontrol…

—No sé. No estoy muy seguro. También he pasado cosas y me he vuelto loco muchas veces, incluyendo aquella contigo misma.

—Eso fue hace mucho tiempo. Los dos hemos crecido y madurado. Esta sería una relación de adultos maduros…

—¿Realmente lo crees?

—Te lo aseguro.

Judas bebió un sorbo de agua mineral. Sobre el vidrio del vaso le pareció ver un video del pasado. Magnolia lo había hechizado desde su llegada. La acogió con cariño y ofreció apoyarla.

Pero pronto su intención se volcó a otro campo. Los primeros acercamientos sucedieron un fin de semana en la casa de playa que ella tenía en un balneario del sur, donde apenas lo detuvo arguyendo que no iba a poder aguantar, había mucha gente y sus hijos podían aparecer en cualquier momento. Entonces Judas la llevó al parque vecino. A escondidas, entre unos matorrales, le desamarró el sostén del bikini. Sus senos blancos, como conos de helado, contrastaban con el resto de su piel tostada por el sol. Los deglutió con ardor. Más tarde, en la cama de un hostal cercano, Magnolia maullaba como un minino engreído. Sudaron y gozaron como adolescentes. No habían transcurrido ni 20 minutos después del primero; Judas pudo comportarse decorosamente durante el segundo también.

No siempre terminaban en un hotel. A veces lo hacían a la carrera en el rincón alejado de un restaurante o en el asiento del copiloto frente al malecón. Magnolia nunca quiso chuparle la verga. Judas pensaba que era un castigo, una especie de represalia. Le encantaba empujarla contra la pared y arrancarle esos pujidos similares a los que hacen los tipos de la mudanza cuando cargan bultos pesados.

Al poco tiempo empezó a desvelarse en las madrugadas. No podía dormir pensando en ella. Las relaciones afectivas constituían un terreno terriblemente doloroso para él. Se convertían fácil y rápidamente en enredos emocionales. La obsesión lo llevaba a humillantes niveles de degradación. A menudo sentía que estaba haciendo el papel de idiota, esperando que le dieran lo que ni siquiera había pedido, mendigando en silencio, buscando venganza por los desplantes que se suponía le hacían. Por más que intentaba evitarlo, tarde o temprano salía afectado. Nadie, con algo de sano juicio, insistiría en una situación como ésa. Él sí. No era el corazón lo que le dolía. No era un sentimiento bullendo en su interior; sólo una sensación carcomiéndolo. Su mente y su ego, juntos, formaban una pareja fatal.

Tiempo después, cuando Magnolia entró en amores con un jovencito, trató por todos los medios de separarlos. Tejió intrigas para evitar que se vieran y hasta que se hablaran, en un desesperado afán por desanimarlos de embarcarse en una relación romántica, cuya esencia —él lo sabía— era palmariamente sexual. Puso toda su energía en lograr que se sintieran mutuamente decepcionados. Pensaba que tenía autoridad para actuar de ese modo porque sentía que la otrora intimidad compartida con Magnolia se la confería. Ni los calambres, temblores, mareos, arcadas, náuseas y sudores procedentes de su desasosiego podían detenerlo. Lo único que quería era llevársela nuevamente a la cama.

Tras algunos años de distanciamiento, encontró renovada confianza para hablar con ella desde una posición neutral. Expuso sus sentimientos y ofreció un genuino propósito de enmienda. La rencilla se resolvió sin consecuencias traumáticas.

—¡Judas, por favor! —volvió a decir Magnolia, con voz casi  de súplica —¿Quieres ser mi amante?

Judas despertó de su letargo y pidió la cuenta, en un claro intento de retrasar su respuesta.

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