Las tribulaciones de un literato

Estefanía Farias Martínez

EScritor

La habitación estaba en penumbra. Él sentado frente a la máquina de escribir contemplaba el folio en blanco, anhelando que las musas vinieran a verle ese día, esa noche en particular. Le llevaban esquivando meses, pero no cejaba en su empeño y, noche tras noche, se encerraba en su guarida a esperar. Lo que a los veinte años fue una idea loca que se le cruzó por la mente, mientras leía un manual de técnicas de escritura, se había materializado como una solución plausible a su desencanto unos años más tarde. Publicó su primer libro a los 25. Un largo poema inspirado en los mitos áuricos. Los críticos le descubrieron como un poeta original, un escritor de otra época, un estilista con el don de la palabra. Luego vino otro libro que causó menos impacto y no conseguía entender cómo podía ocurrir algo semejante. Siguió publicando a pesar de que las ventas no superaban las expectativas generadas; ya tenía un nombre y la editorial lo explotaba. Entonces le sobrevino una idea genial: un estudio hermético sobre un edificio emblemático de la ciudad. Dos años de duro trabajo y una exposición exquisita por su parte. Digno de elogios no sólo por la forma, el contenido y el impecable desarrollo de las ideas, sino también por el estilo depurado y refinado que caracterizaba su obra. Tuvo un primer impacto positivo pero breve. Había cambiado de editorial esperando que el desempeño se ajustara mejor a sus aspiraciones, pero eran tan inútiles como los anteriores y no consiguió el reconocimiento merecido.

Se había incorporado a los distintos círculos de escritores de renombre de la capital y le ponían enfermo con sus diatribas ostentosas sobre el arte literario y los maestros a imitar. Él no imitaba a nadie, era fiel a su propio estilo imbuido de imágenes clásicas.  Su poesía diáfana y metafórica provocaba un cúmulo de sensaciones inusuales en el lector. No todos estaban capacitados para comprender aquellos mensajes profundos. Esos escritores, que hablaban sin saber, se dejaban llevar por el manierismo formal en sus textos, ellos eran puro oficio, él pura inspiración. Y aquellas veladas siempre acababan degenerando, los temas triviales se convertían en el foco de atención después de varias copas y entonces tenía que escabullirse sin remedio porque todos, sin excepción, elogiaban las cualidades y ademanes de los camareros que atendían la reunión. Ni una sola mujer por los alrededores y él a punto de vomitar. Acabó encontrando disculpas útiles para no acudir. Se había convertido en un verdadero artífice de la mentira perfecta.

Observaba aquella Olivetti antigua a la que le fallaba la L y que representaba su rebelión ante las convenciones. Él seguía fiel a sus hábitos. Escribir de noche, fumar una cajetilla de cigarrillos tras otra, algún puro de los que escondía en el último cajón del escritorio para ocasiones especiales, la botella de whisky para las crisis y el café solo y cargado para las ideas brillantes. Era un hombre de sólidas convicciones. Seguro de sí mismo. Sentía lástima, verdadera pena por todos aquellos lectores que no iban a tener el placer de conocer sus textos por pura ignorancia. Reconocer el talento ajeno no es tarea fácil para nadie.

El papel seguía en blanco y no pudo contenerse más. El vaso vacío le esperaba sobre la mesa desde hacía una hora. El café había dejado un poso suave pero no estaba de humor para salir de allí y acercarse a la cocina. Sacó la botella de whisky y lo llenó hasta la mitad. Sólo iba a ser un trago o tal vez dos para relajarse. Las putas musas estaban en huelga. En el fondo eran mujeres, qué otra cosa podía esperar de ellas. Volubles, engreídas y distantes como casi todas las que había conocido. Karina fue diferente, tan cariñosa, tan amable, tan enamorada. Orgullosa de ser la novia del escritor novel que los críticos idolatraban. Se casaron, las ventas no daban para nada y tuvo que empezar a trabajar, de profesor de bachillerato, en el instituto del pueblo donde nació. Karina echaba de menos la capital, las luces, las noches agitadas, las sombras y las revelaciones a los pies de la Alhambra. Nunca fue alto, ni tenía un gran cuerpo, ni una cara interesante pero era escritor. Aunque la rutina diaria le fue asfixiando. Su carácter se volvió áspero y las atenciones de Karina cada vez menos frecuentes, hasta que una mañana encontró una nota en la mesa de la cocina. Se había ido dejándole solo, sin discusiones, sin advertencias, simplemente se cansó y desapareció. Menos mal que la soledad le duró apenas unos meses. Apareció Laura, muy francesa, muy moderna y divertida. Las primeras semanas fueron intensas, le volvían loca los escritores y leía sus poemas con una voz melodiosa y sensual. Eran dos espíritus libres que se entendían muy bien en la cama. Dos años perfectos. Luego nació Gilles y todo se transformó. Laura desapareció bajo la carga de la maternidad, mientras él seguía hundiéndose entre la ignorancia de las nuevas generaciones. Ahora eran una familia, ya hacía meses de la última pelea, de la última queja. El chico había cumplido los quince y padre e hijo no se soportaban. A veces le observaba con detenimiento convencido de que no se parecía a él en nada. Ojos azules, piel blanca, un cuerpo definido y fibroso, esas manos de palma rectangular, de dedos largos y ágiles, dignos de un concertista de piano. Se miraba las manos cuadradas, los dedos gruesos, sus manos de escritor, y se decía a sí mismo que ese niño repugnante no podía ser suyo. No había dicho nunca nada por respeto a la mujer que le limpiaba la casa, le lavaba la ropa, le daba de comer y tenía prohibido entrar a su despacho.

Tenía que tomarse otro trago. Había garabateado algunas ideas en un cuaderno que solía dejar sobre la mesa pero no estaba. Levantó los papeles que se acumulaban a la derecha, a la izquierda y nada. No le quedó más remedio que encender la luz. Aquella lámpara de pie, que le iluminaba el teclado y mantenía el resto de la habitación completamente a oscuras, no resultaba muy útil pasado el perímetro de la mesa. Debía haber dejado el cuaderno en alguna parte. Los libros se apiñaban en las estanterías que había ido incorporando al mobiliario. Cada una tenía una altura diferente, un color, una forma; hacían de su recinto amurallado una verdadera fuente de inspiración para cualquier escritor. Las nuevas adquisiciones del año pasado aún estaban amontonadas en el suelo. No había tenido tiempo de buscar un sitio adecuado para ellas. Se fijó en una revista que no debía estar allí, ese tipo de literatura permanecía oculta en el archivo de documentación. La portada era muy sugerente pero se apresuró a guardarla para evitar tentaciones. La segunda copa le había llenado la cabeza de imágenes primaverales. Aquellos cuerpitos torneados, embutidos en camisetas de tirantes y falditas cortas o pantaloncitos que dejaban bien poco a la imaginación. Con lo fértil que era la suya. Unas se dejaban mirar sin pudor y otras se reían por lo bajo y cuchicheaban al darse cuenta de que su culo era objeto de admiración. Los ojos desorbitados, los sudores grasientos y la saliva que se le escapaba por las comisuras de la boca le delataban. Él reaccionaba como lo haría cualquier escritor renombrado al ser atrapado de forma tan vergonzosa, sonreía, saludaba y las instaba a entrar en el aula con el gesto adusto y sombrío. Contemplar tamaños ejemplares le inquietaba. Algunas no tenían nada que envidiar a las protagonistas de sus noches más intensas, las que le sonreían desde la portada o desde el póster central. Aunque solo sabía sugerir sus necesidades vocalizándolas a distancia o se le atragantaban en el cerebro imaginándolas desfilando, de una en una, por su despacho para dejarse asesorar solícitas. Sin embargo, se tenía que conformar con mirar e imaginar, porque el último que cometió la insensatez de acercarse demasiado a una de aquellas criaturas acabó desalojado del puesto y del pueblo por unos años. Aunque aquel afortunado tuvo su momento de gloria y a él sinceramente no le importaba demasiado que le echaran a patadas después de montar una de aquellas yeguas.

El alcohol hacía estragos en esa contención de la que se vanagloriaba en público. Aunque en privado ofrecía detalladas descripciones de la estructura anatómica de toda hembra que dejaba algún tipo de impronta en su retina. Las prefería jóvenes, las de treinta estaban más usadas y eran difíciles de contentar. Apagó la luz después de constatar, en el cristal de la ventana, que la naturaleza no le había dotado de las armas de seducción necesarias. Su vida sexual se la debía a su talento y le estaría eternamente agradecido. Además, desde hacía un año, la presencia de aquel joven aprendiz le había permitido explorar nuevas posibilidades. Hasta entonces sus paupérrimas cacerías daban inicio desde la barra de cualquier local, copa en mano, observando meticuloso a todas las presentes, calibrando opciones viables. Alguien de su posición y con su edad no se arriesgaba, no se sometía a humillaciones innecesarias. Había sido una mala época, pero la llegada del aprendiz lo cambió todo. Aquellas largas charlas en público sobre la libertad del escritor, la necesidad de expresar sus impulsos y la importancia de las pulsiones del individuo atraían a más de una incauta que se unía a la conversación mostrando el interés adecuado. Conseguir que la interesada oyente accediera a compartir algo más que una copa  no solía ser una tarea sencilla, pero en ocasiones la diosa fortuna le acompañaba y la habilidad del aprendiz, para desaparecer cuando llegaba el momento oportuno, era digna de encomio. Sin embargo, esa noche todo había estado en su contra, la estrategia del aprendiz fue un desastre, no calculó la reacción de la chica y lo único que consiguió fue hacerle pasar una humillación pública. En cuanto volviera de vacaciones iba a tener unas palabras con él.

Aquella noche sin pretenderlo había hecho inventario de sus logros y fracasos. Le asaltó una certeza irrefutable: era un miserable, un infeliz. Estaba cansado, harto, de la vida que llevaba y pensó en voz alta: -¡Lo que daría por mandarlo todo a la mierda!

Un fuerte dolor en el pecho le hizo sujetarse a la estantería más sólida de la habitación, la que reunía los ejemplares de sus obras, sus libros de cabecera. Se aferraba a ella pero notó como se bamboleaba, no le dio tiempo a apartarse y no le quedó más remedio que ver como su obra caía en cascada sobre su cuerpo. El dolor fue más intenso aún y todo oscureció en un instante.

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Una respuesta a “Las tribulaciones de un literato

  1. Maravillosa narrativa, donde el personaje cava su propia fosa, con un final no deseado para él. El buen desarrollo del argumento; incita a la lectura y su actividad en talleres literarios.

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