Polvos ilegales, agarres malditos (LII)

Fernando Morote

Mujer

—Guardo un gran respeto por las putas que se acuestan con uno por necesidad. A ésas no las jodo ni las reprocho. En cambio me dan asco las que aparentan no serlo, aquéllas que lo son por vocación, las que nunca están en los burdeles. Se las encuentra siempre en los lugares más decentes.

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Apellido más mexicano y corriente que Sánchez no hay. Ella, sin embargo, se identificaba como Camila Dowling. Llevaba más de 20 años viviendo en California, trabajaba en un negocio de bienes raíces y hablaba perfectamente el inglés. El día de la inauguración, en el hotel, se deshizo en elogios y no dejó pasar la oportunidad de soltarle un piropo, manifestando encontrarlo más guapo que en las fotos distribuidas por la internet.

Almorzaron juntos. En el momento que se dirigió al baño, Judas aprovechó para estudiarle las piernas. No eran largas ni gruesas, pero se veían llenas de fibra. Cuando regresó se sentaron

en la barra y pidieron dos cappuccinos.

—Me da tanto gusto conocerte por fin personalmente —la voz ronca de Camila no correspondía a su cuerpo ligero— Antes de venir todo el mundo me hablaba de ti, así que cuando supe que iba a compartir esta experiencia contigo, me sentí feliz.

La conversación viajó largo rato por un limbo de nimiedades. De cualquier modo sirvió para crear el ambiente adecuado. Camila aseguró que lo único bueno que pudo obtener de su marido americano, aparte de dos bellos hijos, ahora adolescentes, fue la legalización de su condición migratoria. Había logrado establecerse y adaptarse al ritmo de vida local en una forma que no extrañaba en absoluto sus raíces. Judas, por su parte, se sintió movido a confesar las dudas y desalientos que arrastraba desde hacía algún tiempo en su matrimonio. Reconocía que su comportamiento como cónyuge nunca había llegado a cubrir las expectativas de su esposa, prácticamente en ningún aspecto.

—¿Tienes tiempo para seguir conversando? —preguntó ella, de improviso.

—La verdad es que me siento un poco cansado —respondió Judas—, pero el primer día siempre se me hace difícil dormir.

—¿Te gustaría acompañarme a mi habitación?

Judas demoró en responder. En un violento golpe de luz visualizó a Camila desnuda. La desplumó entera de un solo viaje.

—No es lo que estás pensando —apuntó ella, para ayudarlo a reaccionar.

Judas descargó una risa de alivio.

—Quisiera mostrarte el reporte que voy a presentar mañana en el piso de la conferencia. ¿No te molestaría echarle un vistazo y darme tu opinión?

—¡Con todo gusto!

Tomaron el ascensor en el lobby. Camila bostezaba tapándose la boca con gesto de actriz que se sabe perseguida por los admiradores. Al cruzar la puerta de la habitación, Judas supo rápidamente que su nueva amiga no era mujer de muchos cuidados. Por lo menos no brillaba por su orden. La maleta abierta seguía encima de la cama, rodeada de carpetas atiborradas de documentos, y la cartilla del menú se confundía entre zapatos y artículos de maquillaje.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó Camila— En la nevera hay bebidas.

—No me entra nada más —replicó Judas, esperando algún comentario de ella para soltar una broma sucia.

En respuesta, Camila se inclinó a buscar algo, poniendo sus nalgas directamente enfrente de sus ojos.

—Aquí está —dijo, hojeando un fólder de manila— Hay una parte que no me convence del todo.

—Déjame ver —solicitó Judas— ¿Cuál es?

Camila arrimó bien su cuerpo. Judas se erizó sólo de sentir el contacto. Los átomos y moléculas de su brazo se fusionaron con los de ella. Esos pequeños detalles poseían para él un lenguaje mudo altamente expresivo.

—¿Crees que sea prudente mencionar algo como esto? —inquirió Camila, señalando un párrafo con el dedo.

Judas hizo una mueca de duda.

—No lo sé. Podría ser que…lo interpreten de otro modo. La redacción me parece un poco ambigua. Por otro lado, no estoy seguro si sería estratégico presentar una afirmación tan categórica sobre este punto, teniendo en cuenta que…

—¿Por qué no vienes? —interrumpió Camila, parada ahora al lado de la ventana— Está más fresco aquí.

Judas siguió la indicación.

—Quizás cause un poco de controversia —continuó—. Eso es lo que me parece, lo cual no está mal, a menos que no sea absolutamente necesario.

Camila parecía no escucharlo. Miraba extraviada al cielo.

—La luna se ve fantástica esta noche —comentó.

Judas bajó el fólder. En verdad la luminosidad del cuarto creciente resultaba sobrecogedora.

—Tienes razón —dijo, mirando fijamente el perfil de Camila.

Ésta volteó al sentir la penetración de su mirada.

—Cuando la luna se pone así, me da comezón.

Judas soltó una risa cómplice.

—En serio, no te rías —insistió ella.

—No me río de eso.

—Mira —Camila se abrió un poco el cuello de la blusa— Hasta me sale una especie de sarpullido.

Judas acercó sus ojos.

—Es verdad, hay unos puntitos allí.

—Toca —Camila le tomó la mano y la llevó hasta sus ganglios.

La sensibilidad dactilar de Judas experimentó la suavidad de la piel y la aspereza de los granitos.

—Es cierto. —afirmó— ¿Te pica?

—Mucho —contestó ella, rascándose como perro sarnoso— ¿Ves aquí? —prosiguió, abriéndose más la blusa, dejando ver la aurora de sus senos.

—Sí.

—Y aquí también —Camila estiró el otro extremo de su blusa, mostrando esta vez las dos petunias moradas prendidas de su pecho— ¿Quieres tocar?

Judas tuvo una contracción interna. Vio una película a toda velocidad de su mujer e hijos.

—Prefiero no hacerlo.

Camila se esforzó en aparentar indiferencia ante la respuesta.

—¿Crees que debería sacarlo, entonces? —preguntó.

Judas no logró entender.

—¿Perdón? —dijo.

—Ese párrafo del informe.

Judas sonrió con malicia.

—Si crees que no hará ninguna diferencia, sácalo. Pero si lo consideras importante, mantenlo en el informe y defiéndelo cuando lo objeten.

A la mañana siguiente, Judas despertó con los ojos llenos de legañas y un dolor de espalda que atribuyó a una pesadilla en la que soñó a su mujer haciendo el amor con uno de sus mejores amigos. Desde muy temprano la luz del sol perforó las cortinas de su ventana, incomodándolo hasta el punto de obligarlo a levantarse. Mientras hacía sus oraciones matinales, arrodillado sobre un pequeño tapete de felpa, tocaron la puerta. Era Camila recién bañadita. Pelo húmedo, falda corta, camisa suelta. Podía ser un rico desayuno. Gratis, además.

—¿Durmiendo todavía? —preguntó ella, reprendiéndolo en broma.

—Estaba por entrar a la ducha.

—¿Te molesta si te acompaño un rato?

—Para nada. Pasa, por favor.

—La verdad es que me siento un poco alterada. 300 personas en la conferencia son para asustar a cualquiera, ¿no crees? Ya sabes cómo son estos gringos de exigentes.

—Todo va a salir bien. No tienes nada de qué preocuparte. Estás preparada.

Camila tomó asiento en el sillón. Subió los pies encima de la mesita de centro. Sus rodillas brillaban. Judas regresó al baño.

—¿Pudiste dormir bien? —oyó que Camila le preguntó.

—Me costó al principio —contestó, acomodando sus artículos de afeitar—, pero después caí muerto.

Camila jugueteaba con una horquilla de su pelo.

—Yo me la pasé en vela casi toda la noche. Apenas al amanecer pude pegar un rato las pestañas. La comezón no me dejó tranquila.

—Terrible.

—¿Tomamos desayuno juntos?

—¡Claro! Dame un minuto, ya salgo.

Juntó la puerta y se sacó el pijama. Se contempló desnudo frente al espejo por espacio de unos minutos, primero de frente, luego de perfil. Escuchó el hojear de una revista. Entró a la ducha y se deleitó un largo rato con el tupido chorro de agua caliente. Esperaba que la puerta se abriera sorpresivamente. El hemisferio derecho de su cerebro le ofrecía a Camila ingresando sigilosamente, quitándose en silencio la ropa hasta quedar peladita, para hacerle compañía en el cuarto lleno de vapor y tener, agachaditos en la tina, una despiadada sesión de sexo anal. Al ser reprochado enérgicamente por su hemisferio izquierdo, renunció resignado a su intención de sacarle los pedos el resto de la mañana. Se envolvió en una toalla y salió a buscar su ropa para cambiarse. En el corto trayecto Camila lo examinó de arriba abajo. Entonces corrió de regreso al baño. No quería exhibir ante la visita los patéticos resultados de su frondosa imaginación.

Acabada la conferencia sin observaciones a su informe, Camila lo invitó a pasar unos días en su casa. Lo llevó dos horas por la magnífica carretera de Los Angeles a San Diego a bordo de su espectacular Escalade negra, una lujosa camioneta Cadillac de alta cilindrada que, al volante, la hacía ver como una pulga montada sobre un bisonte. Luego de un breve descanso y una reparadora taza de café, Judas se instaló en el dormitorio que Camila acondicionó para él. Justo antes de acostarse, ella irrumpió en un pijama de dos piezas, nada sugestivo, compuesto por una camisa y un pantalón de franela crema con dibujos de ositos y campanas. Un detalle, sin embargo, era evidente. Debajo no traía nada.

—¿Cómodo? —preguntó Camila.

—Perfecto —aseguró Judas.

—No puedo dormir —dijo ella, sentándose en la cama todavía sin destender.

—¿La comezón otra vez?

Camila se rascó la cabeza casi con desesperación.

—No. Cuando tengo demasiado trabajo me quedo pasada de revoluciones. Así termino siempre después de la conferencia.

Judas se sentó a su lado.

—A mí me pasa lo mismo. La ansiedad me deja molido y me toma un tiempo recuperar el ritmo habitual.

—¡¡¡Ssssíííí!!! —subrayó Camila, estirando los brazos.

Judas pudo ver su ombligo arrugado, sensualmente expuesto.

—Provoca quedarse en la cama una semana entera, ¿no?

Camila empezó a rodar frívolamente, flexionando las piernas, contorsionando el cuerpo. Las puntas de su camisa se levantaron.

—Sería delicioso —comentó Judas, sin quitarle los ojos de encima.

Camila extendió su humanidad. Esta vez el pantalón se aflojó un poco. Judas imaginó sin dificultad el diamante negro y percibió el olor a vinagre en sus narices. Pero al mismo tiempo su esposa cruzó por su cabeza realizando piruetas de nado sincronizado.

Decidió bloquear el pensamiento cambiando abruptamente el giro de la conversación.

—¿A qué hora nos levantamos mañana para ir al museo?

Camila se sentó bruscamente. Con los ojos cerrados apuntó su cara hacia la ventana.

—Creo que…

Judas se puso de pie y se acercó a su maletín. Metió la mano sólo para tocar el marco del retrato con la foto de sus hijos.

—…a las siete está bien —concluyó Camila, enfáticamente.

—¿Tan temprano? —preguntó Judas.

—Si no salimos a esa hora, el tráfico nos mata.

—Entiendo —dijo Judas— A las siete en punto estaré listo.

Un cuarto de hora después, atravesando el pasillo en dirección al baño, la ampayó sentada en el canapé de la terraza, un cigarro humeante entre los dientes, estimulándose el clítoris distraídamente.

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