Polvos ilegales, agarres malditos (LI)

Fernando Morote

Tacos

—No es la aparente madurez o la ingenua sensualidad de una jovencita lo que atrae a un viejo verde. No. Es su carne lo que le atrae. Entonces la persigue y la corteja. Con un poco de plata, la deslumbra. Por adelantado, paga la cuenta. Elegido y servido el menú, lo consume. Es un gourmet. Prefiere la carne suave y se olvida de su mujer.

—Lógico, pues: un lechón es más sabroso que un marrano porque es más tierno.

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El ritmo salvaje con que zarandeaban sus nalgas las mujeres chinchanas terminó por embriagarlo. Consultó lustrabotas, bodegueros y lavadores de autos hasta conseguir la información. En una esquina de la plaza de armas subió a una moto-taxi.

—¿Sabes si están atendiendo a esta hora? —le preguntó al chofer de quince años.

—Está abierto desde las once de la mañana, maestro.

La polvareda del camino a bordo de ese amasijo de fierros retorcidos lo dejó como obrero de construcción. Entró con cautela. Las paredes de adobe parecían a un hilo de desplomarse, derretidas bajo el abrasador sol de mediodía que se filtraba por las altas claraboyas. Caminó lentamente. Eran sólo dos corredores en forma de “u”. Las pocas opciones a su paso lo sometían a una difícil consideración. Una mocosa agachada en cuclillas sobre un bacín de metal lo llamó con la mano desde un rincón de su cuarto. Aquella señora madura de mirada pérfida, sobándose desnuda la entrepierna, llegó a tentarlo. Y esa anciana mechuda, envuelta en plumas y lentejuelas de la época de Ñangué, daba la impresión de no haberse bañado en semanas. Estaba resuelto de todos modos a no dejar inconclusa su agenda, en la que estas visitas, antes de volver a casa, representaban su recompensa por el buen trabajo realizado. Se asomó sigilosamente a una habitación que encontró cerrada en su primer sondeo.

—¿Hola? —dijo.

De pie frente a la cómoda, una joven mujer en sujetador y bragas de color fucsia cepillaba pacientemente su larga cabellera. El cerquillo, cayendo como lluvia sobre su cara, le cubría uno de los ojos. Sus senos flameaban en el pecho como granadas a punto de explotar.

—¿Cuánto me cobras? —preguntó, decidido.

—No mucho —contestó ella— Pasa.

—Hola —volvió a decir cuando estuvo adentro.

—Hola —respondió ella.

—¿Cómo te llamas?

—Daniela.

—Bonito nombre.

—Gracias.

—¿Hace mucho que trabajas en esto?

—No tanto.

Judas apreciaba pasmado cómo la espléndida masa de esa mujer podía corresponder fácilmente a la de cualquier deliciosa secretaria que trabajaba con él.

—No eres de acá, ¿cierto? —preguntó ella.

—Vengo de Lima.

Se acercó por atrás. Le rodeó la cintura. Empezó a roer su cuello.

—Tranquilo. Dame tu plata primero.

Judas sacó unos billetes.

—¿Está bien así?

—Si quieres un servicio rápido, está bien.

—Prefiero un servicio completo.

—No hago servicios completos.

Judas le levantó el pelo y le relamió el occipucio. Daniela, estremecida, comenzó a balancearse como un péndulo.

—¿Estás segura?

—Te va a costar más caro.

—No hay problema.

Judas la hizo girar y empezó a besarla en la boca.

—Sólo te pido un favor.

—Qué.

—Quédate con los zapatos puestos.

—¿Así te gusta más?

—No tienes idea cuánto.

La chica terminó de deslizar los tirantes de su brassier y con un breve chasquido se desembarazó del calzón. Desnuda sobre las empinadas cuñas que sostenían sus sandalias, calificaba de lejos para una portada de Hustler. Supuraba miel por los poros. El jugo caliente que descendió por sus labios vaginales se convirtió en una sopa espesa que Judas saboreó con místico deleite. Del mismo modo que escupía las semillas negras de la sandía, se desprendió los vellos húmedos que quedaron pegados a la punta de su lengua. Se chupó los dedos como si hubiera comido picarones. Sentía un cincel adherido a su pelvis. Daniela lo atenazó por la cintura con ambas piernas. El artefacto ingresó completo. La cama ardía envuelta en llamas. Judas empujaba y empujaba, se transformaba en un toro salvaje, se portaba como un verdadero huracán, transpiraba igual que si hubiera caminado horas sin paraguas bajo la lluvia. En control total y dominio absoluto de la situación, se concentraba en el vacío para no eyacular. Con un corcel de semejante pedigree no podía darse el lujo de terminar rápido. No temía contagio alguno. Estaba, literalmente, partiéndole el cuerpo en dos. Lo enardecía el sonido que hacían las plantas de sus sandalias golpeando contra sus talones, arremedando el aleteo agitado de un pichón herido, incapaz de alzar vuelo. La acción de separarse reprodujo la seca explosión de una botella de champán al descorcharse. Su cañón humeante adoptó un perfil homicida. Asestó el tiro de gracia recordando incongruentemente que su película favorita para celebrar el día de los enamorados no era “Love Story” sino “La masacre del Día de San Valentín”. Daniela terminó rendida. Le dio un besito tierno en el pecho y otro en los labios.

—¿Hasta cuándo piensas trabajar en esto? —le preguntó Judas.

—Hasta que pueda conseguir otra cosa.

—¿Estás buscando?

—En realidad no, todavía.

—Me gustaría ayudarte. ¿Puedes darme tu número de teléfono? Podría venir a buscarte de vez en cuando.

—Para qué, olvídate.

Su costumbre de sentirse súbitamente enamorado le había hecho olvidar que esa historia no tenía siguientes capítulos. Cuando terminó de vestirse, metió su mano al bolsillo. Pero

Daniela lo atajó.

—No me debes nada, amor.

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Una respuesta a “Polvos ilegales, agarres malditos (LI)

  1. Iba bien la historia, llega a atrapar al lector, el thriller va in crescendo, pero de pronto, cual ”Coitus interruptus”…el final es de lo más absurdo y por cierto; nada creíble. A mejorarla !…

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