Polvos ilegales, agarres malditos (L)

Fernando Morote

 

Engaño

—Cuando me reconcilio con mi mujer, me entran unas terribles ganas de celebrar con otras mujeres.

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Era imprevisible que, con los rasgos faciales tan similares a los de su hermano mayor, Crispina pudiera convertirse un día en una beldad. Sin embargo el tiempo pasó y, aunque nunca perdió su falta de gracia, llegó a esculpir un cuerpo en el que, al parecer, sólo Judas encontraba ocultas cualidades. En cada visita que le hacía, sentía el cosquilleo inequívoco indicándole la proximidad del evento. Un domingo la invitó a la playa. Tras un largo baño de sol, propicio para abonar el terreno, entraron al mar en busca de un refrescante chapuzón. Judas la tomó de las manos y la llevó hasta donde no había piso. Ella, manifestando un temor disforzado, le pidió que la abrazara. Judas sintió su cuerpo templado. La erección surgió automática. Crispina se dejó toquetear por todos lados.

—¿Qué tal si vamos mejor a otro sitio? —sugirió Judas.
—Como adónde —preguntó Crispina.
—Un hotel, por ejemplo.
—A cuál, por ejemplo.

Judas fingió no sorprenderse por la prontitud de la respuesta.

—Uno que conozco en la avenida Larco.
—Yo conozco otro mejor.
—No me digas.
—Está más lejos, pero es seguro y bien equipado. Te va a gustar.

Al quedar instalado, Judas reconoció que la elección de Crispina fue acertada. La habitación tenía una mullida alfombra de pared a pared, una mesa redonda con dos sillas, un confortable sofá, una pequeña nevera con bebidas, baño en perfectas condiciones y circuito cerrado de televisión con videos porno de primera clase. Pidió por el citófono que les subieran una fuente de lomo saltado.

Eso era Crispina para él, un lomo al jugo. La desvistió pasito a paso, prenda por prenda. La tumbó en un extremo de la cama y arrodillado sobre ella se regodeó un rato contemplando extasiado su descarnada membrana, pulcramente afeitada, cuyas ondas expansivas le hacían recordar la corteza abierta de un árbol ancestral. Se dio un banquete con la lengua. Alcanzó a probar el sabor de la flora intestinal. Crispina se encogía como si estuviera siendo torturada en una de las macabras mesas de la Santa Inquisición. Luego contraatacaba convertida en una gladiadora espartana. Judas, gratamente admirado con las habilidades que la hermanita menor de su mejor amigo había desarrollado a través de los años, sentía su espíritu encendido. Tanto o más placer que la penetración misma, lo incitaba el acto de mirar cómo su bálano brillante entraba y salía enérgicamente de la matriz de su joven compañera. Unos golpecillos simpáticos en la puerta interrumpieron la sesión.

—Debe ser la comida —se reprochó Judas, dejando caer su cabeza sobre la almohada.

Inútilmente envuelto en una toalla para secarse las manos, se acercó a recibir el pedido. Sin entregar propina, tiró la puerta con un pie y colocó indiferente la bandeja encima de la mesa.

Luego regresó apurado a terminar su trabajo. Disfrutó cada nimia parte en el cuerpo de Crispina, excepto los pies, el único recodo que evitó sistemáticamente, pues no eran los de una reina; podrían ser fácilmente los de una lavandera o, si hubiera sido hombre, los de un albañil. Cuando se sentaron a comer, el lomo saltado estaba helado.

Como resultado de este encuentro, las insistencias de Judas se volvieron tan empalagosas que al cabo de un tiempo Crispina terminó confesándole que ahora salía con Pupi, su vecino casado de 45 años, padre de 4 hijos, cuya mujer había montado un salón de belleza en el patio de su casa. Aunque nunca llegó a confirmar la verdad del argumento (Crispina hablaba de Pupi con tal respeto y cariño, “no puedo hacerle eso”, repetía constantemente), Judas empezó a sentir un rencor enconado hacia él. Lo calificaba de “traidor” porque le sacaba la vuelta a su esposa con una chica que podía ser su hija.

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