Polvos ilegales, agarres malditos (XLIX)

Fernando Morote

—Las mujeres inteligentes se enamoran de los que son; las idiotas, de los que fingen.

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—Debo llenar la ficha con sus datos.
—Entiendo.
—¿Su nombre completo?
—Judas Clemente.
—¿Estado civil?
—Cansado.
—¿Perdón?
—Casado.|
—Edad…
—35 .
—Qué razón lo trae por aquí.
—Mi mujer.
—¿Su mujer?
—Quiere que me haga un chequeo.
—Por qué motivo.
—Por la forma en que orino.

Desde la infancia, Judas poseía un peculiar estilo de miccionar. Desalojaba la vejiga a borbotones, en un proceso accidentado e intermitente, como una metralleta malograda. Nunca lanzaba un chorro de corrido. Se demoraba un siglo y casi siempre terminaba mojado por todas partes, sin lograr atinarle al water, cuyo contorno por lo general quedaba inundado de pequeños charcos. A veces, en su afán de contener el persistente goteo, se sacudía el pene con tanto ahínco que llegaba a provocarse incómodas estimulaciones. Su pudor personal flaqueaba ante aquellas masturbaciones fuera de programa, pero al mismo tiempo le asustaba ser descubierto por un desconocido frente al urinario de un baño público. Se cohibía cuando había mucha gente cerca. Esperaba a que todo el mundo abandonara el lugar. Necesitaba absoluta privacidad. No lograba comprender cómo tipos inescrupulosos podían orinar con tanta soltura y desenfado detrás de un árbol, al costado de un auto o en un rincón cualquiera de la vía pública a plena luz del día, e incluso sacudir el miembro con pompa y descaro delante de peatones y conductores, damas y caballeros, cuando la situación era muy apremiante. El acto de orinar, para él, era una experiencia que requería total intimidad. Como fornicar.

—Podría decirle que no se preocupe —dijo el urólogo—, vuelva a su casa y regrese cuando tenga 45 .
—Ella está más preocupada que yo.
—¿Y eso?
—En mi familia hay antecedentes de cáncer a la próstata.
—Muy bien. Vamos a examinarlo, entonces. Así desquita en algo el seguro que paga todos los meses. Por los síntomas, es posible que sufra de cistitis.

La enfermera tenía aspecto de fanática religiosa: falda hasta las canillas, trenza larga, piernas sin afeitar, mirada de solterona. Le pidió que se quitara los pantalones y se echara en la camilla. El urólogo asomó sus lentes cuadrados. Le indicó a la enfermera que bajara el calzoncillo. Los ojos de Judas corrieron alarmados del profesional a su asistente, y de ésta al galeno de nuevo, quien ordenó palpar el órgano del paciente. Con la manipulación, su tímido pene empezó a inquietarse. Y la enfermera de pronto comenzó a transformarse en una rubia arrolladora, cuyas tibias manos recorrían dulcemente el diámetro de su adminículo y apretaban con fuerza sus gónadas. No necesitó mucho más para sentirse indomable. La enfermera lucía ahora una combinación de varios elementos en su peinado —moño, flequillo y cola de gato—, que le otorgaban un aire pernicioso, angelical. Erecto ya, como un cohete en Cabo Cañaveral, convirtió a la novicia en bailarina de cabaret, vestida de pantera. La leche salió disparada.

Con un gesto mezclado de desolación y asco en el rostro, la enfermera corrió a buscar una toalla de papel. De su mano colgaba un hilo pegajoso de semen. El pene de Judas volvió a caer inerte sobre una de sus piernas.

—Al parecer su malestar no tiene nada que ver con la próstata —declaró el urólogo—. Sospecho más bien que pueden ser piedras en el riñón.
—¿Usted cree?
—¿Tiene la sensación de querer orinar todo el tiempo?

Judas asintió.

—Eso lo confirma. Debe tomarse una ecografía.

Con la vejiga repleta de ácido úrico, después de ingerir dos litros de agua en ayunas, Judas era el No. 5 en la fila del consultorio. Tras hora y media de espera, la orina estaba a punto de salírsele por la boca. Nadie tenía cara de apiadarse de él. Los otros pacientes eran viejitos o niños. Cuando el doctor le pidió que se tendiera en la camilla, estaba listo para inaugurar una piscina pública dentro de la clínica. Mientras el gel helado sobre su vientre le causaba un escalofrío irresistible y las ondas ultrasonido del doppler reproducían en la pantalla de la computadora imágenes indescifrables para él, empezó a rezar implorando clemencia. Se meaba.

—Está bien, señor —dijo el médico— Puede ir al baño.

Su traslado de sólo seis pasos fue un verdadero vía crucis. Sentía un balón de oxígeno en su barriga. Milagrosamente llegó seco al sanitario. Temblando logró abrir el pantalón. El broche de plástico salió despedido hacia alguna parte. A duras penas bajó el cierre y desenroscó el pito. Parecía que iba a dar a luz. ¡Maldita sea! Meato urinario obstruido. Esperó unos instantes. Varios minutos después se le ocurrió funcionar recién a su cuestión. Demasiado tarde. Un hilo caliente rodó por su pierna derecha inundando su zapato. Otro de sus charcos avanzaba inexorable, debajo de la puerta, hacia el piso del consultorio…

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