Polvos ilegales, agarres malditos (XLVII)

Fernando Morote

Madre

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Otra historia fue con Eulogia, la madre de un niño cuyo progenitor se había dado a la fuga semanas atrás. La pobre mujer llegó en el momento justo que la duda y la indecisión de emprender la travesía de tener hijos (o no) había sumido a Judas en una profunda depresión, arrojándolo a un mar de melancolía visceral que lo hacía sentir culpable, inferior. Cada tarde a las tres en punto, Eulogia caía sentada frente a su escritorio para recitar la misma canción. Sus ojos chispeantes lo desconcertaban a tal grado que no alcanzaba a descifrar si el drama relatado por la mujer, sin eludir arteras repeticiones, era del todo real o morbosamente exagerado para conseguir algo. El séptimo día de visita ininterrumpida, al preguntarle por qué no había traído al niño con ella, y recibir una respuesta inconsistente, evasiva, Judas supo el tipo de ayuda que Eulogia venía a buscar.

Durante las entrevistas anteriores no había perdido la oportunidad de escudriñar su anatomía. Eulogia salpicaba sus trágicas narraciones con pausas cargadas de picardía y enjundia erótica, complementadas con hábiles movimientos de manos atravesando sus senos y audaces cruces de piernas. No era alta, tampoco demasiado pequeña. Llevaba siempre el pelo amarrado, dejando caer una cola de caballo sobre su médula espinal. Mirada por detrás nadie podía descubrir su abdomen descolgado, más bien era posible recrearse observando el relleno de sus abultadas nalgas. A Judas de todos modos le deprimía un poco pensar cómo podía ser capaz de desear a una mujer que se llamara Eulogia y que viniera de donde ella venía.

A las cuatro de la tarde, cuando finalizó el horario de atención al público, Judas corrió resueltamente a echar llave a la puerta principal e invitó a Eulogia a su oficina. Las preguntas de rigor fueron escasas, breves. Las respuestas también. Ambos sabían que estaban jugando a la defensoría de niños en ese momento. Eulogia tenía ojos de impaciencia, se reía provocadoramente. Judas decidió acabar pronto la farsa. Dio inicio al escarceo y, como lo había previsto, ella no lo esquivó. La ropa interior asomaba paupérrima. Pero dada su posición, aquellos pechos lánguidos se veían jugosísimos. La atacó de un zarpazo. Fue directo a la yugular. Eulogia soltó una carcajada juguetona. Judas aterrizó sus manos en los muslos y ella los alzó para que pudiera trabajar mejor. Al abrirle la blusa, afloró un sostén hecho prácticamente de retazos. Extrajo sus senos y refregó su cara sobre ellos, oliendo el humor de su cuerpo transpirado. Decidió echar llave también a la oficina y subir a Eulogia sobre el escritorio para dar cuenta de ella allí mismo. Por la prontitud de sus movimientos y disposición de ánimo, era obvio que ella coincidía en la idea. Pero un relámpago de cordura indicó a Judas que esa mesa saturada de expedientes con denuncias por maltrato familiar no era el sitio apropiado para un polvo a la carrera.

—¿Tienes tiempo para ir a un hotel? —preguntó.
—Toda la tarde —contestó Eulogia, sin dudar.

Salieron del hotel bien entrada la noche. Una obsesión lo sacó de otra. Judas nunca imaginó que una mujer como Eulogia, transida de problemas económicos, aquejada por el abandono del marido, sometida a humillaciones cotidianas para conseguir el sustento de su hijo desamparado, fuera capaz de proveer tanto goce, semejante placer a un perfecto desconocido. No sólo la gente diletante tira bien. Los sufridos y olvidados no tienen nada que envidiar. Tal vez sea su manera de escapar a la realidad o de sentir un poco de consuelo por el peso de ella sobre sus hombros. Tantas fueron las madres, como Eulogia, que vio salir adelante solas, no con uno ni con dos sino hasta con tres o cuatro niños, que por fin entendió que había una fuerza superior que cuidaba de ellas y ponía en sus caminos, en sus vidas, personas, organizaciones, recursos de diferente tipo para ayudarlas a superar toda clase de escollos y alcanzar triunfos inesperados, impronosticables, dadas las condiciones en que vivían. Terminó por creer que, llegadas las circunstancias, él recibiría los mismos beneficios.

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