Polvos ilegales, agarres malditos (XLVI)

Fernando Morote

Rista

—No, gracias. Me quedo en casa. Tengo suficiente pornografía en mi cabeza como para torturarme en una playa prácticamente nudista.

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Judas se sentía muy lejos de todo y de todos. Los errores ocasionados por su falta de interés le granjeaban constantes regaños de su jefe. El compromiso mostrado por los demás le resultaba tan ajeno y poco atractivo que soñaba con no tener que volver. Lo único que realmente quería era bailar aeróbicos, o salir a caminar bajo la garúa, o ver una película en la televisión, o conversar con su mujer en el comedor de la casa. Honestamente, los blancos muslos de Rista y su cabello negro, casi siempre atado en un moño, constituía su exclusiva motivación para asistir cada día a prestar servicio voluntario en la defensoría municipal de niños y adolescentes. El virginal olor de esa chiquilla universitaria le despertaba una fascinación inquietante. Escuchaba sus experiencias románticas como un hermano mayor, pero no dejaba de hurgar con los ojos entre sus piernas columpiándose desde el escritorio. Una tarde mientras compraban cigarros en la bodega de enfrente, le olfateó la nuca. Sin que ella lo notara, acarició las puntas de su cabellera, suelta aquella vez. Acercó su cuerpo para rozarla. Alargó el cuello a fin de espiar la hendidura entre sus senos. Rista fingió no sentir el contacto. Pero Judas sabía que lo había advertido, pues su miembro en ese segundo había adquirido las dimensiones de un cirio del Señor de los Milagros. Sus diálogos seguían un recorrido de formato conocido. Sobrevolaban el ámbito académico, tangencialmente tocaban las relaciones sociales y, entre broma y broma, aterrizaban en el plano sexual. Rista no rehuía el terreno ardiente. Se defendía bien y sabía contragolpear con eficacia. En más de una ocasión puso a Judas en serios aprietos. Logró incluso hacerlo ruborizar al ser descubierto en su ingenuidad disfrazada de pericia. Otra tarde en el malecón, con el sol pintado de naranja, cayendo en picada como un zero japonés al fondo del mar chorrillano, la sentó sobre sus faldas. Con las manos delineó suavemente el contorno de sus pechitos paraditos y le frotó cariñosamente el diafragma hipertenso. Pero cuando quiso besarla, ella retiró los labios. Aunque era ya mayor de edad, e intuía más bien que se trataba de una jovencita fogosa en busca de aventuras con un hombre casado, a Judas le había costado un mundo atreverse a manosearla. Cada vez que se embarcaba en un juego de esa naturaleza sentía que sobre su cabeza pendía una desgracia inminente. Nunca se atrevió a llevarla a la cama.

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