El destino a veces se distrae

Estefanía Farias Martínez

Paleta

Cogí el autobús que me llevaría a la estación en la Avenida de la Constitución y, por suerte o por desgracia, no me tocó esperar casi nada. Iba muy lleno y parecía que todos teníamos el mismo destino. Si intentabas moverte te dabas más de un golpe en la espinilla con la maleta de alguien. En la segunda parada no cabía nadie más. Todos apretujados y una voz intentando llamar mi atención. Giré como acto reflejo y encontré los ojillos de un tipo clavándose en los míos, sonreía suavemente y se acercó un poco más, aunque con cuidado para no acabar empotrándome contra la ventana. Apenas le oía, pero veía que movía los labios. Casi al oído, me preguntó que si lo conocía  y, no se por qué, le dije que su cara me sonaba. Era verdad, aunque no tuviera la menor idea de donde lo había visto.

El autobús no hizo más paradas hasta la estación y aquel tipo no dijo nada más. Se limitó a ejercer de escudo para mantenerme a salvo de empujones. Me bajé y me llamó la atención que él también lo hiciera. En la acera de enfrente de la estación, me abordó de verdad explicándome que se había fijado en mí por casualidad, pero que necesitaba contarme algo; llevaba dándole vueltas a la cabeza desde que me vio. Tenía una sensación muy extraña a mi lado, como si nos conociéramos desde hacía mucho tiempo. Le escuchaba sonriendo, con ese tipo de sonrisa de me lo quito de encima enseguida, intentando no ser una antipática porque era amable y tenía cara de inofensivo. Sin embargo, me acompañó hasta la taquilla, esperó a que consiguiera mi billete y se empeñó en invitarme a un café. Me quedaba más de una hora de plantón y acepté la oferta por curiosidad. Debía tener unos cuarenta años, no medía más de uno setenta, tenía una cabeza redonda, no muy grande pero pequeña tampoco, pintaba canas y llevaba bigote y barba corta. De aspecto bastante corriente, con algo de tripa y unas manos más o menos cuidadas. No vestía mal y olía a limpio, usaba una colonia discreta. Llevaba unas gafas redondas, metálicas.

 Nada más sentarnos en la cafetería, empezó a contar que me conocía de un sueño. Largas conversaciones entre ambos que se habían repetido, noche tras noche, desde hacía unos días. Estaba convencido de que encontrarme en ese autobús había sido cosa del destino. Le escuchaba sin terminar de creerme ni una palabra pero el tipo hablaba bien, era muy correcto. Me contó que era pintor y estaba soltero. Vivía con su madre y sólo había tenido pareja una vez. Tenía una voz pausada y bonita, una conversación interesante e hizo amena la espera.

Nos despedimos en la puerta del autobús y le dije que, si era cosa del destino,  nos volveríamos a encontrar. Me observaba todo convencido y yo sonreía completamente segura de que hasta ahí llegaba mi aventura con el pintor. Sin embargo, una semana más tarde me lo volví a encontrar en plena calle, en Emperatriz Eugenia, a unos pasos de mi casa. No me dio tiempo a esquivarlo, venía de frente, sonriendo con la boca llena de dientes, estaba muy cerca. Aquel cuarentón, con ojillos de chucho abandonado, cogió mi mano y me invitó a ver su estudio. Otra vez había sido cosa del destino y no podía rechazar su invitación, decía. Vivía en la calle de al lado.

 Al principio no estaba muy segura pero tenía la intuición, casi certeza, de que quien me estaba invitando a su guarida era un lobo sin dientes y en el fondo, la idea de conocer el espacio privado de un pintor, me llamaba la atención. Era la primera vez que estaba frente a uno de verdad, con todo el glamour de ser un fracasado e ignorado por el gremio. Un artista que jamás había expuesto un cuadro. Egocéntrico no era y una fuerte personalidad no tenía, pero llegué a imaginarme que a través de su pintura expresaría el supuesto mundo interior que debía tener. El que tiene todo artista.

Una vez en el estudio, me enseñó cuadro por cuadro sonriendo y haciendo bromas, en un tímido y torpe intento de seducción. Le seguía el juego divertida pero manteniendo una distancia prudencial, mi curiosidad no llegaba a tanto. En su ambiente no era tan interesante. Resultaba monotemático. Tan empeñado en conseguir mis halagos y yo intentando encontrar algo bueno que decir de alguna de aquellas pinturas. Al final encontré algo que decir. Alabé la originalidad de un cuadro bien grande que presidía el estudio. Una partida de póquer entre perros. Mi ignorancia me llevó a cometer semejante agravio; no sabía que el cuadro era de otro. No fue capaz de atribuirse la autoría, encima era ingenuo. El pobre lo tenía todo. Intentó mantener el tipo, pero su orgullo empezó a caer en picado. Aún así le reconocí la perseverancia. No se amilanó e intentó recomponer.

En ese preciso momento vino al rescate una mujer bajita, muy mayor, con una bandeja de alpaca y dos tazas de café. Entró saludando y observándome por encima de las gafas que llevaba clavadas en la nariz. Sonreía igual que el hijo pero su aparición, lejos de suponer un balón de oxígeno, fue una pedrada para aquel pobre infeliz. Otra vez intentó recuperar la compostura cuando quedamos solos, porque ella desapareció como llegó, aunque cerró la puerta para darnos más intimidad. No se acercaba demasiado, ni me rozaba. Si llegaba a hacerlo ni el café tomaba. Permanecía allí sentada por pena. Lo único que le faltaba era que me fuera de estampida. Como nada le funcionaba, empezó a contarme como pintaba aquellos cuadros de paisajes tan planos. Arbustos y más arbustos. Horas tirado en un rincón del Parque natural de la sierra de Huetor. Llegaba en autobús, el mismo que a mí me llevaba a casa, se bajaba en el Puerto de la Mora y pasaba mañanas enteras pintando. Soportando un sol de castigo o aquel frío que calaba los huesos. Muy lúdico todo pero el resultado no merecía tanto despliegue. Nadie le había dicho que talento, lo que se dice talento no tenía. Pero él estaba convencido de que algún día le sería reconocido y hasta entonces seguiría recluido por voluntad propia.

La puerta volvió a abrirse, la amable señora informó que tenía que salir y desapareció. Ahí sí di por concluida mi visita al espacio privado del artista . Ya nos veríamos en otra ocasión. Me acompañó a la calle y me despidió en la esquina, con un beso en la mejilla.

Regresé a casa intentando averiguar que calles tenía que usar para no volver a encontrarme con el único pintor que conocí en mi vida.

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