Polvos ilegales, agarres malditos (XLIV)

Fernando Morote

Paquita

—La vida sin sexo no tiene sentido.

—No tiene sentido la vida sin sexo fuera del matrimonio.

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A la edad de veintitrés años, después de haber pasado cinco como auxiliar, y gracias a sus comprobados méritos, Judas fue nombrado adjunto de la gerencia. Su confianza con Paquita, la secretaria ejecutiva de treinta y siete, había aumentado en tal forma como no lo había hecho su sueldo pese a la promoción. Y la cadenita dorada que ella se colgaba en el tobillo convertía su hueso pelado en un auténtico fetiche para él (los tendones y cartílagos femeninos, tallados como finos balaustres de marfil, arrebataban su pasión). Al poco tiempo de llegar a la oficina se enteró de que era madre soltera, tenía un hijo pequeño y un novio por lo menos ocho años menor. Su hosca personalidad lo hacía sentir pequeño a su lado. La mayoría de empleados, jefes incluidos, le temía. Pero algunos, varios a decir verdad, la deseaban. Aunque bajita de estatura, su cuerpo conservaba un atractivo balance. La veía inalcanzable y desbordaba en imaginación al escuchar las historias que el abogado de la empresa le contaba sobre sus escapadas con un militar los viernes por la tarde.

—Pero ¿acaso no está de novia? —preguntaba.

El abogado se reía de la ingenuidad del novato.

—El milico la desarma.

Judas abría los ojos. Entraba al cuarto con ellos.

—El tipo pasa encerrado en el cuartel toda la semana —proseguía el abogado— y cuando sale le da de alma.

—Qué hay con su novio —indagaba Judas.

—Es un tipo frágil, vive en la luna, creo que ni le importa. Paquita lo domina a su antojo.

—¿Usted alguna vez ha intentado algo con ella?

—No me gusta.

Judas no le creyó. Más bien pensó que era uno de aquellos que la deseaba en secreto y no se atrevía a mandarse sólo por temor a la reacción.

Años más tarde, con algunos kilómetros de recorrido, Judas decidió un día lanzar el anzuelo. Paquita nadaba graciosamente tras su escritorio, como una sirena en el vasto mar de su burocracia personal. Habiendo quedado a solas con ella durante la hora del refrigerio, entró al baño para preparar el ataque. Desde adentro escuchó cómo acomodaba sus platos y cubiertos para almorzar. Cuando oyó que ajustó la silla al mueble, salió. La rodeó por atrás haciendo el ademán de que estaba buscando algo entre los gaveteros. Quería cerciorarse de que esos pechitos puntiagudos, descubiertos sorpresivamente más temprano cuando se inclinó ante él para abrir un cajón, estaban efectivamente desnudos. Tomó entonces un clip y lo arrojó adentro del escote. Paquita soltó el tenedor.

—¡Qué haces, Judas! —gritó.

—¡Oh, perdóname Paquita! —contestó Judas.

Paquita estiraba el cuello hacia atrás y miraba el interior de su blusa, tratando de adivinar el paradero del clip.

—Deja —dijo Judas— Yo te lo saco.

—Qué chistoso, ¿no?

—Confía en mí, Paquita.

—¡No, no, no!

—Paquita, por favor. Tantos años que nos conocemos…

—Está bien, está bien. Pero ten cuidado, ¿ah?

—¿Sí? ¿Por qué?

—Ay, Juditas…Con este calor insoportable, no me pongo…

—¿No?

—No. Me incomoda. Me gusta sentirme libre.

—¿Y no te importa que los demás te miren?

—Mientras miren solamente, no hay problema.

—Qué pasa si alguien no se conforma con mirar.

—¡Hum! No saben con quién se meten.

—Eres lo máximo, Paquita.

Paquita se palpaba el torso con las dos manos.

—Dónde está el bendito clip.

—Yo lo busco, te prometo que no voy a tocar nada.

—Ten cuidado ¿ah? Ya sabes.

Judas tanteó suavemente. En el camino rozó los pezones. Paquita dio un saltito sobre su asiento.

—¿No lo encuentras? —preguntó con voz dulce, acomodándose en la silla.

—No todavía. Debe estar más abajo.

Judas deslizó su mano sin apuro, tomando su tiempo, sintiendo el contacto suave de los senos, las tetillas alzadas. Paquita no protestaba.

—Apúrate— dijo, en tono nada convencido ni mucho menos convincente.

Luego de varios minutos el clip cayó sobre su falda.

—¡Por fin apareció el bendito clip! —suspiró Paquita.

—Bendito clip, Paquita —confirmó Judas— Tú lo has dicho.

A partir de ese día Judas empezó a llegar a la oficina más temprano que los conserjes. Encendía las luces y se sentaba en su escritorio a esperar. Paquita arribaba poco después. Los empleados de limpieza apenas empezaban a aparecer en escena. Cada mañana en el baño, mientras ella se acicalaba y repasaba su maquillaje, Judas le olía el cuello, le hacía un leve masaje en los hombros y luego le levantaba la blusa. Le encantaba ese collar de grandes piedras azules que contrastaba tan inquietantemente con el color blanco de su piel y caía holgado sobre su pecho. Paquita se balanceaba, cerrando los ojos. Le acariciaba la cabeza con tanta fruición que lo dejaba totalmente despeinado. Pero cada vez que Judas intentaba subirle la falda para bajarle el calzón, ella se mostraba reticente; en ocasiones se molestaba y cortaba la sesión, se iba.

El novio de Paquita al cabo de un tiempo se convirtió en su esposo. Y la obediencia y sometimiento que éste le profesaba se hicieron más palpables a los ojos de Judas. Sin duda no era un rival de temer; sólo un escollo que sortear. Una mañana, casi de madrugada, sonó el teléfono.

—¡Judas, necesito que me ayudes! —la voz angustiada de Paquita en el auricular.

—Qué pasó —preguntó Judas, alarmado.

—¡Máximo ha sufrido un grave accidente!

—Cómo así.

—Le reventó un aneurisma en el cerebro mientras se duchaba.

Lo hemos llevado al hospital. Está en cuidados intensivos. Los médicos dicen que puede salvarse, pero necesita urgente una transfusión de sangre. Estoy llamando a mis amigos para pedir ayuda. ¿Puedes venir a donar?

Judas hizo una mueca de fastidio.

—Por supuesto, Paquita. Cuenta conmigo. ¿A qué hora necesitas que vaya?

—¡Ahora mismo, si puedes! El banco de sangre está abierto desde las seis de la mañana.

No faltaba mucho. Judas no había dormido toda la noche.

—Está bien, Paquita. No te preocupes. Allá voy.

Colgó el teléfono y regresó a su cuarto.

—Lo siento, muchachos —dijo a sus tres amigos sentados sobre la cama— Tengo que salir.

—¿A esta hora? —preguntó uno de ellos, decepcionado, en medio de una densa nube de humo.

Judas asintió con enfado.

—¿Qué hacemos con todo esto? —preguntó otro, mostrando los paquetes, todavía cerrados, encima de la mesa.

—Van a tener que fumarlos afuera. Tengo que salir ahora mismo.

—¿Adónde vas? —inquirió el tercero, con curiosidad.

—A donar sangre para el marido de una amiga.

—¿En esas condiciones?

Judas levantó los hombros sin entusiasmo.

—Nadie se va a dar cuenta. Además, me conviene.

Buscó un taxi y se dirigió al hospital. En la puerta del banco de sangre estaba Paquita esperándolo. Ahora tenía ya cuarenta y dos años y desde hacía unos meses se había dejado crecer el pelo hasta la cintura, quizás en un intento de lograr una apariencia más juvenil. Vestía un pantalón de corderoy negro. Judas no hacía exigencias. Paquita llevaba ya algunos años en su mira y estaba dispuesto a hacer lo que fuera con tal de meterse un día a la cama con ella. El desayuno consistió en dos botellas de cerveza negra para reconfortar las energías del donante. Judas estuvo todo el tiempo pensando en otra cosa. Hacia el mediodía los médicos informaron a Paquita que su esposo estaba prácticamente fuera de peligro, aunque debían ser cautelosos, pues no se podían pronosticar las secuelas. Judas la escuchó decir compungida:

—Confío en Dios, doctor.

Cuando se cerró el horario de visitas, Paquita lo invitó a su casa. Durante el almuerzo los hermanos de Máximo le expresaron sincero agradecimiento por su desprendido gesto de amistad. Después de un par de cervezas rubias, le recrudeció la mala noche del día anterior. Se sintió enfermo, pero a la vez deliciosamente dispuesto. Quizás en un descuido hasta podría montar a Paquita en su propio cuarto mientras el resto de la familia departía animadamente en el primer piso. En un momento, cuando ella subía las escaleras, se aferró a sus nalgas.

—¡Aquí no, Judas! —volteó bruscamente Paquita, protestando ofendida— No te juegues así en mi casa.

Judas retiró las manos como si hubiera tocado una hoguera ardiente.

—Ok, ok, ok… Entonces me voy.

—Si quieres quédate un rato más, pero no podemos hacer estas cosas aquí, ¿comprendes? Alguno de mis cuñados nos puede ver y ahí sí que nos metemos en problemas.

—Entiendo, entiendo…

Judas no bajaba la guardia. Se replegaba cuando no le quedaba otra opción. Pero no perdía las esperanzas. Tiempo después hizo algunos progresos. En el archivo de la oficina ya no sólo le abría la blusa y le besaba los senos, también le levantaba la falda e introducía uno de sus dedos bajo el calzón. En más de una ocasión se soltó la bragueta y extrajo su miembro babeante de semen. Consideraba un verdadero triunfo conseguir que Paquita se lo cogiera y acariciara durante unos buenos minutos. Sentía que el momento estaba cerca. Pero Paquita era un hueso duro. Rechazaba sus invitaciones al hotel. Sin embargo Judas había cultivado la virtud de la perseverancia. No siempre —casi nunca— la aplicaba a cuestiones productivas, pero cuando quería algo, sabía cómo usarla en su favor. Había desarrollado un alto nivel de tolerancia a la frustración. Aun cuando a veces atravesaba períodos de abatimiento, se reponía y volvía a la carga con más ahínco, decidido y osado.

Catorce años después de haberse conocido, Judas era un hombre casado, esperando a su primer hijo, mientras Paquita se había estrenado recientemente como una joven abuela. Entonces el momento llegó. Paquita se presentó a la cita luciendo unos lentes de sol que cubrían casi toda su cara. A Judas le encantaba apreciar sus talones arrugados por la presión del taco alto en su calzado descubierto.

—¿Por qué? ¿Por qué? —clamaba Paquita insistentemente, la mitad de su cuerpo echada sobre la cama y las piernas apoyadas en el piso.

—He esperado mucho, Paquita.

—¡Por qué! ¡Por qué!

Judas admiraba la frondosa mata de vellos negros, que expelía un fuerte olor a orín. No se detuvo ante ese detalle. Tampoco en la cicatriz de puntada burda sobre su apéndice. Saboreaba cada pelito como si fuera un manjar exquisito. Paquita se retorcía, mordiendo las sábanas.

—Judi, Judi… —repetía, desvariando.

Totalmente abocado a su labor, Judas le dio vuelta y la acomodó de rodillas. Con ambas manos hizo espacio en la ventosa e insertó su lengua infinita en el fondo del útero. Paquita gritaba de felicidad. Sudaban como si estuviera siendo azotada a latigazos.

—Súbete —dijo Judas.

Paquita montó cual experto jinete. El tamaño la ayudaba. Se columpió a sus anchas, apoyando sus dos manos en el pecho de

Judas. Éste miraba por la ventana. Le placía hacer el amor y ver el sol de la mañana entrar triunfante a la habitación, pensando cómo el resto de mortales se partía la crisma trabajando allá afuera mientras él gozaba —y hacía gozar— tirando.

—¿Sientes cómo suena? —preguntó.

—Delicioso —contestó Paquita.

—Parece que estás saltando sobre un charco de agua.

—Rico. Mojadito. Suavecito.

Paquita empezó a ponerse roja, un leve rasgo de insanidad asomó a su rostro.

—¡Sigue, Paquita! Eres un tesoro.

—¿Lo sientes?

Judas trató de comprender.

—¿Lo sientes?

Paquita se retorcía, se quebraba, lo arañaba.

—¡Siéntelo, Judas! ¡Siéntelo, Judi! ¡Siéntelo!

Judas tenía para rato. Se había comprometido consigo mismo a no terminar hasta estar completamente seguro de que ella lo hubiera hecho. Cuando Paquita se arqueó, como si le hubieran atravesado una lanza y estuviera desangrándose inconteniblemente, aceleró la marcha. Frotó, sacudió, raspó, giró, torció, sacó, metió, hincó. De pronto el cuerpo tenso de Paquita se desinfló como una muñeca de hule. Cayó muerta sobre el pecho de Judas, rodó en la cama y quedó tendida boca arriba.

—No voy a poder dormir ahora con mi marido —suspiró.

—¿Cómo dices? —preguntó Judas.

—Después de esto, voy a querer tenerlo todas las noches.

—Con gusto te lo puedo dar cada vez que quieras.

—Sí, pero es triste acostarse con alguien que no puede dártelo. Cuando lo haga con él, voy a estar pensando en ti.

Luego de un breve descanso, entraron juntos a la ducha. El pelo mojado de Paquita cayendo sobre su frente, cubriéndole los carrillos, le mostró a Judas otra mujer. Satisfecho el deseo perseguido por años, Paquita volvió a ser lo que en realidad siempre fue.

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