Polvos ilegales, agarres malditos (XLIII)

Fernando Morote

Ximena

—La total intimidad con la pareja no se logra a través del sexo; se consigue mediante la oración.

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El cuerpo tubular de Ximena opacó casi de inmediato su ya débil interés por los estudios. Iba a la universidad sólo para verla. Al principio la miraba de lejos. Apenas la saludaba. Ella sonreía levemente, se mostraba distante, algo pedante. Una tarde, incidentalmente, charlaron. Entonces empezaron a buscarse. Finalmente un día, después de clases, Judas la invitó a comer y ofreció llevarla a su casa. Escogió una mesa en la terraza. Desde allí se podía escuchar la siempre ajetreada noche barranquina. El mozo trajo los tragos; pisco sour para ella, piña colada sin licor para él.

—Es rara la gente que no toma —comentó Ximena.
—Tuve que dejarlo.
—¿Algún problema en especial?
—Nada serio. Sólo se me vaciaron los frenos y se me rompió la dirección.

Ximena profirió una risotada cubriéndose la boca.

—¿No tienes novio? —preguntó Judas, de repente.
—Por ahora no. Estoy dedicada a estudiar.
—Eres muy linda para estar sola. Imagino que debes tener muchos pretendientes.
—Algunos. Pero no les hago caso. Me aburro con ellos.
—Cómo es eso.
—Sólo están pensando en ir a discotecas, hablar de carros nuevos y tonterías así.
—¿No te atrae nada de eso?
—En realidad no.
—Qué cosas te interesan.

Ximena dirigió su vista al vacío, por encima de la baranda, y dobló la servilleta sobre el mantel. De pronto fijó su rostro en los ojos encendidos de Judas. Éste, sin dudar un ápice, embistió con furia. Le clavó la lengua cimbreante entre los maxilares.

—Perdóname —dijo— No pude evitarlo. Espero que no te haya molestado.

Ximena descomprimió su diafragma.

—No, para nada —dijo, soltando una risilla ansiosa, como si le hubieran contado un chiste difícil de entender.

Luego dejó que Judas la rodeara con sus brazos. Entre trago y trago, le contó ser la hermana mayor de una niña de nueve años que sufría de retraso mental y confirmó para sus adentros lo que había deducido por el anillo dorado en el anular izquierdo de él. Al retomar la acción, con un ágil movimiento de los dedos, Judas destrabó el broche del sostén. Encontró unos pechos grandes, duros, firmes. Se los comió a besos hasta sentir que probaba las primeras gotas de leche. Ximena se arrebujaba en su asiento, contemplando las estrellas en actitud suplicante. Judas miró alrededor. Le abrió el cierre e hizo a un lado el triángulo negro del calzón, escarbó y escarbó, su índice tropezó con una melcocha allí abajo. Alguien asomó en ese instante por el umbral.

—¿Todo bien, señor? —preguntó el mozo, respetuosamente.
—Sí, muchas gracias —respondió Judas, componiéndose la ropa— Todo en orden.

Luego de esto, a fin de evitar nuevas interrupciones, sugirió ir a un hotel. Ximena argumentó que era muy tarde y debía volver pronto a casa. Al día siguiente se reunieron temprano para tomar desayuno. Ahora Ximena no tenía excusa. Abandonaron el restaurante dejando sin tocar el café y los panqueques recién servidos. Judas le pidió que se quedara en ropa interior. Retrocedió unos pasos para observarla con detenimiento. Tenía un cuerpo bárbaro. Jugaron a desvestirse mutuamente. Cuando ella llegó al calzoncillo, pesó los testículos. Bajó el elástico y la protuberancia relumbrante salió expulsada como un monstruoso tótem. Judas no pudo resistir el impulso de arrancarle toscamente el sostén, luego el calzón. De rodillas, como un escultor maravillado ante su obra, le chupó los dedos del pie; con especial regocijo el del medio, con gran fervor el gordo. Fue cuando notó rota la punta de una uña. La derribó entonces sobre la cama y se trasladó de un viaje a los mamelones. Descendió por el abdomen, disfrutando su plexo duro y compacto, como el de un boxeador bien fajado. Le metió primero la puntita, jugueteó un rato con ella, rozándole el clítoris, después le arrimó el piano completo. En el transcurso del acto la dobló por un lado, la estiró por el otro, la palmoteó y golpeteó a los extremos. Como un experimentado carnicero sobre su tabla de picar, tasajeó a su gusto el lomo fino de Ximena. La puso para atrás, la volteó hacia adelante, la subió, la bajó, la echó de costado. Ella, flexible y liviana, se dejaba amoldar a los requerimientos de su maestro. Cuando entraba por atrás, y empujaba con todas sus fuerzas, Judas repetía mentalmente la afirmación que solía usar para auto-motivarse en el trabajo: “día tras día, desde todo punto de vista, soy cada vez más capaz, potente, confiado, feliz y en buena salud”. Esa mañana le hizo el amor por lo menos cuatro veces, “día tras día…”, la extracción del miembro le causó una irritación insoportable, “…desde todo punto de vista…”, como si se lo estuvieran desollando con una navaja, “…soy cada vez más capaz”…, se sentía en la cumbre, “…potente”…, lleno de vigor y entusiasmo, “…confiado…”, “…feliz…” de poder complacer a una jovencita de 21 años rebosante de energía para el sexo, “…¡y en buena salud!”, cuando él se encontraba ya en el tercio final de su Base 3. Ximena se entregaba con tanta codicia y fogosidad que lo hacía sentir en la cúspide, el pináculo de su vida sexual.

Las semanas que sucedieron sólo utilizaban la universidad como punto de encuentro. En sus pensamientos imperaba la consigna de fornicar, fornicar, fornicar. A Judas le encantaba llevar a Ximena hasta la ventana y desnudarla lentamente enfrente de ella, viendo surgir en la oscuridad su esbelta sustancia. Abría las cortinas de par en par. Gozaba la posibilidad del exhibicionismo erótico, pero sobre todo el místico placer de ver a Ximena saltando sobre él a la luz de las estrellas como telón de fondo. En más de una oportunidad, trenzados igual que dos contrincantes de lucha greco—romana, después de rodar juntos de arriba abajo por la cama, cayeron atorados al piso, ensartados como dos perros callejeros, aullando de gozo y dolor a la vez. Judas no podía controlar su compulsión. Trataba de aliviarse riendo a solas con aquella frase graciosa. Después de todo, no era mentira que sus escapadas con Ximena a menudo lo dejaban más cansado que pichula de sultán. Hubo noches al salir de clases que, sin haber podido saciar su apetito por ella, caminaba rígido como un robot. Su miembro tieso, peor que si lo hubiera puesto a remojar en almidón, se le atravesaba entre las piernas, impidiéndole el paso como una valla de seguridad. Su amigo Vargas fingía escandalizarse, tapándose la boca.

—¿Qué pasa, hombre? ¡Disimula un poco, hermano! Las pobres chicas se van a asustar.

Tanta era la tensión que los ojos se le desorbitaban. Llevaba consigo un baño personal de vapor, una lluvia interior que lo empapaba cada vez que experimentaba esa ignominiosa represión.

—Fíjate cómo te miran —remarcaba Vargas— Se deben estar imaginando si sudarás igual cuando tiras.

Una tarde, algunos meses después, Judas reparó en que Ximena, incomprensiblemente, empezaba a esquivarlo. Cada vez que lo veía asomar se retiraba con disimulo o simplemente le quitaba la vista. A medida que pasaban los días, Judas comenzó a preocuparse. Se percató de que Ximena andaba ahora todo el tiempo con un muchacho. De repente se dio cuenta de que ella lo miraba con inusitada expresión de rencor. A veces se sentía tentado de esperarla en secreto y abordarla para preguntarle qué estaba pasando. En otros momentos, intuía saber lo que ocurría. Pasaron semanas sin que el panorama cambiara. Un sábado por la mañana, al terminar las clases, la descubrió caminando de la mano con aquel muchacho por el patio de la facultad. Supo en ese instante que su ciclo de semental irresistible había terminado. No era el tipo de hombre que insistía cuando una mujer que había sido suya se iba con otro.

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