Un acuerdo sin palabras

Estefanía Farias Martínez

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Juan llegó puntual, recién duchado y oliendo a aftershave, con su camisa blanca y sus vaqueros ceñidos. Estaba guapo y quiso establecerse en el salón porque pocas veces teníamos la oportunidad. Tenía el día mimoso y  le recibí descalza con un vestido de algodón escotadito; por esos días de calor lo usaba para estar en casa. Me pidió que aquella noche me pusiera falda y le prometí que lo iba a hacer, pero que me iba a cambiar después de cenar. De todas maneras, sabía que el vestido que llevaba puesto le gustaba. Tenía la falda acampanada y me quedaba como una segunda piel. Hacía mucho que no estábamos los dos tan melosos. Me hizo sentarme a su lado y estuvo explicándome que había quedado con los de siempre, pero no estaba seguro si iba a venir alguien más o si iban a aparecer todos porque, por lo visto, la loba tenía novio desde hacía unos meses y cada vez salía menos con ellos. Víctor también estaba con una compañera de la facultad pero esa noche no sabía si la iba a llevar. Todo había cambiado desde el año anterior.

Hizo una pausa muy corta y empezó a acariciarme el escote muy despacito, quería jugar y yo no quería desaprovechar su momento cariñoso nada inocente, así que le dejé hacer. Luego siguió poniéndome al día sobre los demás. El bajito y su novia fantasma, porque tenía otra de esas que nadie había visto, pero de la que hablaba constantemente. La soledad perpetua del moreno. Sus dedos se habían ido colando en mi escote y me apretaba uno de los pezones con suavidad. No dejaba de hablar y empecé a desabrocharle la camisa lentamente, botón a botón, mientras él me bajaba los tirantes del vestido poco a poco, sin llegar a bajarlos del todo y haciendo que mis pechos quedaran prácticamente al descubierto. Hizo que la tela sólo cubriera parte de las areolas y los pezones y se dedicó a mirarme, a acariciar mi escote con ambas manos, con las yemas de los dedos. Seguí desabrochándole la camisa a mi ritmo y él me hizo parar para abalanzarse sobre mi boca. No me besaba con tantas ganas desde hacía mucho tiempo y  le respondí en sus mismos términos. Seguí desabrochándole la camisa pero más deprisa, sólo quería quitársela y él se dejaba hacer. Para que no se arrugara demasiado, se la quitó pero no me dejó deshacerme del vestido. Quería tenerme así, con aquel escote que dejaba poco a la imaginación.

Recostándose sobre el sofá, me hizo sentarme sobre sus piernas a horcajadas. Yo le acariciaba por encima del pantalón, lo desabrochaba poco a poco y él me besaba el escote, con la boca entreabierta, pasando la lengua muy suavemente por mis pechos, lamiendo la piel que estaba al descubierto y mordiendo mis pezones a través de la tela; con los dientes la bajó lo suficiente para acceder a ellos libremente. Los chupaba con hambre y no hacía altos en sus caricias. Yo había conseguido desabrocharle el pantalón y le acariciaba por encima del calzoncillo. Normalmente costaba que aquello entrara en acción así que me lo solía tomar con calma, pero aquel día no hizo falta, venía calentito de casa porque reaccionó en seguida.

 Me cogió por las caderas y se levantó del sofá. Me llevó a mi cuarto en volandas, sin soltar el pezón que estaba devorando, y se sentó en mi cama en la misma postura. Se había bajado los pantalones y apretaba mi cuerpo contra el suyo, sentí el roce de su pene erecto contra mi vulva húmeda y caliente, sólo nos separaban la tela de nuestra ropa interior. Él me movía haciendo que nos acariciáramos como dos adolescentes que no van más allá. Aquellos jueguitos le gustaban y seguía ocupado atacando una y otra vez  mis pezones, mientras sus manos los estrujaban con suavidad. Cuando los notó calientes e irritados, paró y se dedicó a besarme. Me levantó un poco y se desnudó por completo. Pero a mí me quería así, vestida, desgobernada. Ahora sí notaba su pene erecto rozándome por encima de la braguita. Una de sus manos se acercó a ella y la apartó para dejar que él pudiera acariciar mi vulva directamente.

Sentí su glande rozando mis labios y su pene moviéndose despacio arriba y abajo. Una mano sujetaba la tela para tener libertad de movimientos y la otra se movía por mi sexo recorriéndolo, excitándolo con suaves caricias. Su glande completamente húmedo rozando mi clítoris cada vez más excitado y sus dedos entrando por sorpresa en mi vagina me hicieron gemir. Volvió a la carga y decidió que mis pechos habían tenido suficiente descanso. Ahora les atacaba con más agresividad, los apresaba entre los labios y tiraba de ellos. Sus dedos se movían cada vez más rápido y su pene muy despacio, buscando un tipo de caricia diferente que al contraste resultaba muy sensual. Mis gemidos eran cada vez más fuertes y sentí como sus dedos me abandonaban para dejar que su pene me penetrara una sola vez. Una penetración profunda, lenta y muy intensa que mi cuerpo recibía ansioso porque sabía que eso era todo. Pero le acariciaba, le abrazaba e incluso le mordió. El volvió a salir y lo masturbé contra mi sexo, haciendo que uno y otro se sintieran, se acariciaran hasta que noté que su cuerpo se tensaba por completo. Entonces le apreté contra mi vientre y eyaculó mientras no dejaba de acariciarle. Su semen se escurría por mi abdomen y entre mis dedos. Mi adorable médico impotente sonreía satisfecho. Y yo tenía vía libre esa noche para matar el hambre a mi manera si se terciaba.

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100_5120+ - CopyEstefanía Farias Martínez. Nacida en 1970 en Cartagena, España. Doctora en Filología Árabe por la Universidad de Granada. Animales en las fuentes árabes y referencias en fuentes griegas. Tesis doctoral. Granada: Universidad de Granada, 2008. ISBN: 9788469143698.  Publiqué un par de artículos en revistas especializadas al terminar la tesis: – “El ‘anqa’ en el Qisas de al-Thalabi”, Oriente Moderno. Nuova serie, anno LXXXIX, 2 (2009), pp. 305-317 y -“El gallo, figura trascendental en las Qisas al-anbiya’ ”, MEAH, Sección Arabe-Islam, 58 (2009), pp.77-92.

Me vine a vivir a Holanda y hace un año descubrí el placer de escribir mis propios textos. Publiqué un microrelato, ¨Lo que hace un nombre¨ en el primer número de la revista digital Los omniscientes (julio, 2014). Y paso día y noche enfrascada en contar mis historias en mi blog, al que le puse un título acorde con los contenidos: Exorcizando la antimemoria de mis días oscuros. Por eso de que fantasía y realidad a veces son solo un juego de palabras. http://exorcizandoantimemoria.blogspot.nl/

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