El retorno de la Crisálida (XXXII): “Sobre el trono del dragón”

Pablo Martínez Burkett

arquero

 “Llegan incluso a contraer matrimonio, prorrogando su placer criminal con el refinamiento de un epicúreo”  Sheridan Le Fanu

Mientras afuera se escuchaban los últimos alaridos de la matanza, la pequeña Ikito se deslizó en la sala regia. El ambiente olía a incienso, a maderas nobles, a selva quieta en la noche. El aroma embriagador era evocación de cosas que nunca conoció, anteriores al apocalipsis climático pero la predispuso bien. El manipulador Rainmaker estaba sentado en el trono del dragón. La niña empezó a girar lentamente a su alrededor. He visto películas antiguas: era un gato, una pantera, rodeando a una serpiente. Cada uno consciente del peligro, cada uno eligiendo el mejor momento para atacar. El jefe de las Triadas parecía calmo, resignado, pero la lividez de las manos en los apoyabrazos delataba una gran tensión interior. La niña tampoco pudo determinar si era miedo o simple ira. No descartaba que estuviera tomando envión para atacarla. Extrañamente, se sorprendió a sí misma encendida por una oleada de excitación. La idea de matarlo dio paso a otra, más inquietante, más deliciosa.

La pequeña se le acercó peligrosamente. El cínico Huàn yǔ wūshī debe haberse preguntado si valía la pena morir así pero en lugar de la mordida fatal, recibió un beso que lo tomó totalmente por sorpresa. Al principio renuente, luego más enfático, le devolvió la caricia. Ikito se subió a horcajadas sobre las rodillas del Hacedor de Lluvias. Con gesto maligno se arrancó los botones de la blusa, descubriendo dos diminutas felicidades. El hombre abandonó toda prevención y acercó la boca para libar de tan delicado festín. Ikito arqueó la espalda y volcó la cabeza hacia atrás. Sus caderas se meneaban en un si por mínimo no menos intenso vaivén mientras revolvía los cabellos de ese pez de fuego que le escocía la piel. La excitación los fue ganando, la necesidad de consumar el deseo se tornó evidente. La pequeña, con esfuerzo, se descabalgó. Parada frente al trono se quitó toda la ropa.

Verla allí, desnuda, encendida, con la respiración agitada por la lujuria, fue muy fuerte. Ella, en total posesión del momento, se dejó admirar por su presa. Sintió la caricia de la mirada hambrienta, palmo a palmo. Con urgencia, con torpeza, el hombre removió sus prendas y se preparó para recibirla. La niña tomó impulso y de un único movimiento se montó. Rainmaker emitió un gemido, pero ella gritó de gozo. Lo cabalgó si piedad, sin miramientos. Ya no era una persona, era simplemente un objeto de su placer. El trono se sacudía por la violencia de las embestidas. El momento del éxtasis era inminente.

El cínico Huàn se aferró a los apoyabrazos y apretó un botón oculto. Hubo un movimiento inusual, fuera de foco. Se sintió un chasquido y un zumbido en el aire. En el mismo instante, de la penumbra, emergió una sombra con un salto inverosímil. La fabulosa parábola se quebró por alguna fuerza invisible que la derribó en el piso. Abandoné mi refugio. A la carrera, pateé al Rainmaker y Cujo, el javato, lo mantuvo a raya. Como pude, cubrí a la pequeña, alcé sobre mis hombros a Milena y salimos huyendo.

Alertada del inminente asalto a los cuarteles generales de la mafia china, Luana nos había mandado a robar unas granadas de moxibustión. Aprovechamos el desconcierto provocado por la furia de la horda salvaje para ingresar sin ser vistos. Desde allí atestiguamos el macabro cortejo de Ikito y la traición de Rainmaker. Milena se había sacrificado por ella.

Cuando nos supimos a salvo, quise revisar la herida de mi compañera. La apoyé en una pared. El asta de una flecha le asomaba en la carne rota. No había sido fatal, estaba bien clavada, pero bajo la clavícula. No tengo conocimientos de medicina pero estimé que podía aguardar hasta llegar donde Madre, Luana y el resto de los Hijos del Sol Negro. Pero algo estaba mal, porque Milena no reaccionaba. Mis esfuerzos por reanimarla eran infructuosos. Ikito aturdida y sin importarle que iba con los pechitos al descubierto, mascaba su ira a mi espalda. De repente, Milena empezó a convulsionar. Frente a mis ojos, su sistema circulatorio se tiñó de un deslucido dorado y en un último estertor, se prendió fuego como una bola incandescente.

Recogí la flecha para examinarla. En la punta de metal tenía un dispositivo que liberaba el polvo homicida. Con rabia se la mostré a Ikito, a manera de mudo reproche. La niña cubrió su cuerpo desnudo y se dio a la fuga, secundada por su fiel Cujo, dejándome solo con mi tristeza.

Luana sabría restaurar el orden.

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