Polvos ilegales, agarres malditos (XXXIX)

Fernando Morote

Amparito

—Cuando uno está prendado de una mujer —de una sola, de la verdadera—, las demás son sólo posibilidades de piernas abiertas.

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Dos bolas de boliche. No sólo debido a su redonda perfección sino en mérito a sus dimensiones y especialmente a su peso. Tiesas como paltas verdes, las tetas de Amparito eran lo que se llama un verdadero busto. Un busto para erigirle un busto. Sentado frente al mar, en una fría banca de cemento al lado del Faro de la Marina, Judas sentía un espíritu romántico bullendo en su interior. Amparito no era en absoluto bonita. Más bien poco agraciada; o mejor, francamente fea. Su corta estatura y andar ligeramente encorvado hacían resaltar las bíblicas proporciones de su enorme pecho. Suficiente alimento para mantener contentos, un mes entero, a todos los recién nacidos de la Maternidad de Lima. ¿No sufriría de mastitis? Paradójicamente, no serviría para publicidad de brassier; sería necesario un afiche colosal para la exhibición. Judas sabía que su tamaño causaba tensión y congoja en Amparito, ignorante ella de que ciertas investigaciones médicas demostraban que la forma y firmeza eran propiedades más importantes que la anterior. En todo caso, él gozaba recorriendo con la yema de sus dedos el perímetro de ese busto maravilloso, prototipo perfecto para un excepcional pajazo ruso. A veces lo excitaba tanto el solo hecho de verle entreabierto el escote, cuando estaba sentada atrás de su escritorio, que no podía dejar de masturbarse ni siquiera en horas de oficina.

—Tengo un amante —dijo Amparito, cuando sintió que Judas hollaba ya terrenos más profundos.
—Lo sé —respondió Judas— Te he visto con él cerca de mi casa.
—¿Cómo así? —preguntó Amparito, extrañada.
—Entré a comprar cerveza en una tienda y vi tu auto estacionado sobre la vereda. Estaban tomando, él sentado al volante y tú en el asiento del copiloto.
—No te vi.
—No me importa.
—¿No te importa?
—Que tengas un amante.
—Eres un chiquillo para mí.

Judas contuvo el aliento. Quería estallar. No podía evitar una fiebre de furia quemándole la sangre. Para no alimentar la ofensa, dijo:

—Dame un beso.

Amparito acercó su boca. Se dejó besar brutalmente. Judas le atravesó la lengua hasta estremecerle la laringe. Amparito tuvo que acomodarse sobre la banca para recuperar estabilidad. Una pareja de ancianos, caminando de la mano, pasó cerca de ellos. Judas ni se inmutó. Amparito, en cambio, se sobresaltó y se esforzó en mostrar compostura.

—Qué van a decir… una vieja corrompiendo a un jovencito —dijo, riéndose.
—Olvídate de eso —dijo Judas— Déjame tocar la otra.
—Es suficiente, Juditas.
—No seas cruel. Apenas estamos empezando.

Amparito se escabulló y se puso de pie.

—Ven —dijo Judas, desde la banca— Todavía es temprano.
—Mi hijo está solo en la casa.
—¿Cuántos años tiene?
—Ocho.
—Ya está grande, no te preocupes. No le va a pasar nada.

Amparito volvió a sentarse. Judas le remojó los labios de nuevo; se dio cuenta de que cerraba los ojos como una quinceañera cuando él la besaba. El sostén empezó a darle problemas. Tenía que ser demasiado grande y duro para poder mantener en vilo esas gigantescas piedras de concreto. Quería dejarla calatita a la altura del pecho, despacharse con amplitud y llenarse la boca de leche. Pero Amparito no concedía mayores facilidades. Hubo incluso algún forcejeo. Finalmente tuvo que conformarse con sacar al aire el seno derecho. Entonces bajó una de sus manos y se la metió entre las piernas. Amparito las cerró instintivamente, lanzando un gritito de sorpresa.

—¿Qué haces, Judas? ¡Estás loco! —reclamó.
—Aguanta.

Judas estaba enfermo de impaciencia. El olor a caldo que despedía el cuerpo de Amparito lo desquiciaba. Imaginaba un calzoncito blanco, con el fundillo amarillo, chiquitito y mojadito.

Envidiaba a aquellos que podían tirarse un polvo en la vía pública, a la carrera y con espectadores.

—Tengo que irme —dijo Amparito.
—Un ratito más —rogó Judas.
—No puedo. Sabes que vivo lejos, el viaje en micro desde aquí hasta mi casa demora más de una hora, y tengo que atender a mi hijo, que es como mi marido, cuando llegue me va a someter a un interrogatorio, por qué llego tarde, dónde he estado, con quién, qué he estado haciendo. Mil preguntas, no te imaginas. Además mañana tengo que venir a trabajar temprano.

Tanta declaración de responsabilidad apabulló a Judas. Amparito le hizo una caricia en la mejilla.

—Está bien —dijo finalmente, cabizbajo— Te acompaño al paradero.
—Estuvo muy rico, de todos modos —sonrió Amparito— Eres un mocoso. Algún día vamos a hacerlo completo.

Judas la odió en secreto. Volvió a su casa, triste y amargo. No saludó a nadie y se encerró en el baño. Se metió tres al hilo pensando en ella.

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