Polvos ilegales, agarres malditos (XXXVIII)

Fernando Morote

Pantalón

—No soy hombre para tener amantes. En el sentido clásico de la palabra. No estoy dispuesto a sostener una vida secreta en forma continua. Y mucho menos a mantener a nadie. Soy hombre de una sola mujer. Lo que sigue intrigándome es por qué ese tipo de actividades está permitido, al parecer con entera libertad y total impunidad, para otros. Sería completamente feliz si pudiera ser infiel con el consentimiento de mi esposa.

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La mañana que Marthita llamó temprano para invitarlo a dar un paseo por San Mateo, Judas pensó que podía ser la oportunidad de materializar uno de sus sueños más preciados. Se bañó y perfumó convenientemente. Adrede obvió el calzoncillo. Si la erección surgía, que con seguridad lo haría, sería tan evidente que el comentario ineludible de Marthita sería el paso previo a la fornicación.

El hecho sucedió a la altura de Ñaña, cuando ella narraba con lujo de detalles las sensaciones físicas que le despertaba su vecina. Al llegar al episodio en que su amiga, cediendo a sus encantos, la invitó a dormir en su cama, lanzó un grito de protesta alzando un puño:

—¡Ésos son los momentos en que quiero tener pinga, carajo!

El buzo rojo de Judas tenía ahora una punta visible en medio de las piernas. Pero Marthita no lo advertía, o si lo hacía no le concedía ninguna importancia. Él, por su lado, ya estaba metido en la cama con ella y su amiga, presenciando deslumbrado ese portentoso beso negro que tanto lo trastornaba. Estaba seguro de que, gracias a sus arrolladoras facultades amatorias, sería capaz de convertir en heterosexual a una lesbiana declarada.

Le resultaba muy duro superar la tentación. Se preguntaba si Marthita lo hacía a propósito, para provocarlo, o era simplemente su forma de hablar. Cuando caminaban a la vera del río, movía las nalgas con el mismo ritmo que una bailarina de música tropical. Y él veía su verga filuda incrustada al centro de ese crocante pan francés batido a toda velocidad, como las hélices de un motor fuera de borda. ¿Qué podía hacer? Las dudas existenciales de mandarse o no, lo agobiaban. No se sentía preparado para lidiar positivamente con el rechazo o la denuncia.

Marthita no paró de hablar todo el día de su amiga-vecina-amante, ignorando por completo el efecto que sus palabras, entonaciones y expresiones producían en la zona genital del angustiado

Judas. Por supuesto nunca se percató de que éste, al dejarlo de regreso en su casa, tenía una galleta oprimiéndole la bragueta del pantalón.

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