El retorno de la crisálida (XXX): “Carte Blanche”

Pablo Martínez Burkett

Grilletes II

“Desde la habitación contigua pude oír sus voces, de un tono mucho más violento de lo que cabía esperar en una discusión puramente científica” Sheridan Le Fanu

La matanza había sido brutal. Pero el efecto macabro fue amplificado por los portales de noticias instantáneas. La crudeza de las fotos no dejaba lugar a la imaginación. El Barrio Chino lucía sombrío con el fruto macabro colgando de farolas y balcones. Los titulares vaticinaban otro apocalipsis pero aún más severo que el descalabro climático. La población entró en pánico. Y exigió una respuesta de las autoridades. Sabido es que el miedo es un estado irracional que reclama medidas irracionales. La gente se manifestó en las calles, pidiendo represalias, expediciones punitivas, cacería casa por casa si era preciso. Sin ahorro de recurso alguno. Las Criaturas de la Noche no eran seres humanos por lo tanto cualquier medio podía ser utilizado si facilitaba el fin perseguido: el exterminio total de la plaga que vino del Este. Se dictaron las leyes y se emitieron las autorizaciones precisas. Las fuerzas del orden quedaron relevadas de cualquier responsabilidad por el uso de la fuerza, el quebrantamiento de las garantías ciudadanas y la represión desmesurada. El terror sería combatido con más terror.

El DCI Nakasawa sabía que por más que las leyes lo habilitaran a cometer cualquier tropelía, poco podía hacer sin el auxilio de los fusiles de haces ultravioletas debidos al ingenio de la mafia china. Inexplicablemente, los orientales habían suspendido las entregas luego del éxito en el rechazo de la expedición vampírica contra el Servicio de Hematología Clínica del University College London Hospital. Tenía que recobrar esa capacidad de fuego formidable. Tenía que reunirse con el jefe Huàn yǔ wūshī.

Símbolo de los tiempos, lo que en otra ocasión fue una reunión secreta ahora se anunció por la prensa. Pero no resultó una conferencia amena. Al principio, los reproches mutuos fueron ineludibles. Los gritos por la inacción de unos y la ineptitud de otros se oían desde la calle. Poco faltó para fracasar. Pero ambas facciones sabían que se necesitaban para enfrentar la furia de los Hijos del Sol Oscuro. Se acordó restablecer la provisión de fusiles de haces ultravioletas y compartir toda la información disponible. A cambio, el cínico Rainmaker no sólo obtuvo el olvido de las fechorías pretéritas sino que reclamó carte blanche para la distribución de drogas ilegales y sobre todo, para el tráfico de órganos, cada vez más requeridos por una salud pública estragada por el “Efecto Caldero”, como se llamaron a las consecuencias del holocausto ambiental. A regañadientes, el DCI Nakasawa se lo concedió. Ya se ocuparía de la mafia china cuando no quedara un vampiro infectando la faz de la Tierra.

Gratificado por todas las ventajas arrancadas, Rainmaker quiso agasajar a su visitante. Lo invitó a bajar a un sótano. Un vampiro estaba maniatado con grilletes. Enardecido, el pobre infeliz echaba inútiles dentelladas al aire. Tenía signos visibles de tortura y le costaba hacer pie en un magma pestilente de orines y heces. Unos ancianos ataviados con ropaje sacerdotal atizaban un fuego que despedía un humo acre mientras disponían unas agujas. El policía era de la vieja escuela, creía en el honor, y los tormentos eran una bajeza entre guerreros así que se dispuso a asistir al espectáculo con resignación. Huàn yǔ wūshī le explicó que se trataba de una práctica ancestral de la medicina tradicional china. Que habían descubierto que con la moxibustión era posible mover la sangre de los vampiros a través de los meridianos y exterminarlos. Prudentemente, omitió mencionar los experimentos de la pequeña Ikito en el mismo terreno.

Los sacerdotes se acercaron a la criatura de la noche que supo que su final se acercaba. Y que iba a ser doloroso. Le clavaron las agujas en los muslos y el pecho desnudo. También en los brazos. Le acercaron una especie de cigarrito de moxa ardiendo. Casi fue posible ver como reconducía la circulación de la sangre y de la energía. Progresivamente el vampiro se fue incendiando entre aullidos y blasfemias. Fue lento pero continuo. Fue tremendo. En un instante fue como una hoja de papel presa de las llamas y en el siguiente, desapareció. El golpe de los grilletes contra la pared conmovió a todos. El impúdico Rainmaker sonreía. El DCI Nakasawa, asqueado por el espectáculo, se retiró preguntándose si le tocaría asistir a la inmolación de su propia hija. Pronto lo sabría.

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