El ateo

Fabricio de Potestad 

Ateo

Habbel Hadmid se levantó temprano y anduvo toda la mañana llevado por el diablo. Pronto serían las doce del mediodía. Asolado por el abatimiento y la desdicha decidió abandonar la ciudad de Damasco, pródiga en zocos, en la que una miscelánea de efluvios de cilantro, sésamo, jengibre, karkadé o carcuma componía una sinfonía provocativa de voluptuosos olores. Salió de la ciudad por la puerta del sureste, Bab Kisan, la misma por donde huyera muchos siglos antes Pablo de Tarso. Poco a poco fue escampando su encogimiento y cebó en su persona el ahínco, no con pensamientos vanos, sino con profundas reflexiones. Su ánimo comenzó a desentumecerse. Ensimismado, dejó volar su pensamiento. ¿Dios ha muerto? Está por verse, pensó. El culto por lo fútil, la pasión por la nada, el gusto mefítico por lo sombrío y el placer de lo absurdo prosigue su correría ante su cadáver. Pero para poder comprobar su muerte son necesarias las pruebas. Pero no las hay. Además de Nietzsche ¿quién ha visto su cadáver?  Todavía esperamos las pruebas de su muerte. ¿Pero quién nos las podrá dar? Dios ha sido forjado por los mortales. Y si esto es así, mientras haya seres humanos, Dios durará, como mínimo, tanto como las  razones que lo hacen existir.

       Lo cierto es que ― algo irritado, prosiguió con su reflexión―  el creyente cuenta con un numeroso repertorio de palabras para calificar positivamente su actitud crédula: teísta, deísta, monoteísta, pío, fiel. Sin embargo no hay ningún término positivo para designar la incredulidad, sino que es necesario recurrir a epítetos amputados: in–crédulo, a–teo, a–gnóstico, in–fiel e im–pío. Términos que llevan implícito un cierto descrédito, lo cual deja entrever la ventaja de la que goza el creyente sobre el incrédulo. Es decir, que se privilegia la creencia en un ser invisible e indemostrable sobre la razón que niega aquello que no es evidente y sea quizá tan solo una ficción. ¿Y si invirtiéramos esta situación, privilegiando a los ateos? Se preguntó. Es decir, si los que apuestan por la evidencia racional se reservasen para sí el significante cuerdo, y rechazasen a los creyentes con el significante loco, ¿qué pasaría?

       Es claro, barruntaba, que tanto la palabra ateo y la palabra loco, en el lenguaje, sea cual fuese el término privilegiado, adquiriría el valor de insulto, pues el ateo sería el personaje inmoral, y el loco, el delirante. Llegó a la conclusión de que el lenguaje, fuera de duda, determinaba lo moral o lo políticamente correcto, descalificando con su antónimo la posición desaventajada del adversario.

       En cualquier caso, lo cierto es que esta significación binaria no había estado exenta de consecuencias. Al contrario, éstas habían sido muchas y graves a lo largo de la historia, pues la lista de desdichados, torturados y asesinados por ser ateos o simplemente herejes había sido interminable. Tres mil años de historia atestiguaban que el monopolio de un solo Dios verdadero había causado más odio, sangre, brutalidad y muerte que paz y tolerancia. Desde la probable crisis de histeria de Pablo de Tarso en el camino de Damasco ―por donde casualmente él viajaba― hasta las intervenciones televisadas de Benedicto XVI en la plaza de San Pedro constituían un imperio moral difuso pero muy influyente dentro del conjunto de los engranajes de la cultura cristiana. De hecho, el aborto, la contracepción artificial, el divorcio, las prácticas homosexuales, la experimentación con embriones, la fecundación in vitro, la clonación terapéutica, los matrimonios entre personas del mismo sexo o la eutanasia formaban parte ―pensaba algo contrariado― del cuerpo fáustico o lado oscuro y execrable de la sociedad laica. Y quienes apoyan estas prácticas quedaban estigmatizados e identificados con el mal. Lo cual, al contrario, nunca sucedía, pues nadie es criticado por parir un hijo producto de una violación, mantener un matrimonio agotado, practicar la abstinencia sexual o por elogiar el papel salutífero del dolor en el lecho de muerte. ¿Y si estuviera equivocado? Pensó con cierta congoja.

      Cuando apenas había recorrido cinco kilómetros, un extraño y violento murmullo provocó que su vehículo se escurriera de la calzada y volcara en una zanja. Confuso y angustiado, Habbel Hadmid salió de su coche. Y el murmullo que había sonado atronador, mutó repentinamente en un sonido agradable. Una voz que parecía venir del otro mundo le estremeció. A él ―que era ateo y había vivido convencido de que el cerebro humano costaba de dos partes: un minúsculo segmento civilizado y una enorme trastienda cargada de instintos depravados― el murmullo, que le sorprendió a oscuras y rodeado de sombras fantasmagóricas, le dijo: ¿Ves la inmensa oquedad del universo? ¿Oyes el silencio de la nada? Pues eso es Dios. No hay más cielo que el que ves; ni más infierno que el que imaginas; sólo hay materia, y después, la muerte definitiva.

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Extraído de “Microantología del microrrelato II”, de Ediciones Irreverentes.

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