Polvos ilegales, agarres malditos (XXXVII)

Fernando Morote

Intelectual

—Los primeros meses de matrimonio no suelen ser color de rosa, como todos dicen, sino de huevo, por razones obvias.

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No eran pocas las veces que Judas sentía un cruel abismo, la existencia desgarradora de infranqueables barreras entre él y las mujeres. Sus experiencias sexuales no pasaban de ser muchas veces extravagantes, por lo común esporádicas y generalmente imaginarias.

—¿Te has dado cuenta de que los artistas e intelectuales suelen casarse con mujeres completamente diferentes a ellos?
—¿Diferentes? —preguntó Sixtina— ¿Cómo?
—Mira esas parejas. Quiero decir que los artistas suelen casarse con mujeres bonitas.

A menudo se regocijaba intentando formarse una apreciación estética acerca de las mujeres. Era un juego solitario que, además de producirle satisfacción espiritual, le provocaba una excitación física. En su concepto personal, la mujer bella usualmente no era bonita. Pero una mujer inteligente, cultivada, fina, podía llegar a ser bella, aun siendo fea. Sixtina encajaba en este grupo. Grande, robusta, de pies largos, los lentes rectangulares que usaba para corregir su miopía le conferían una callada sensualidad. Su peinado, una genuina reminiscencia de los tumultuosos años ’20 (sombrerito cloche incluido), más el pañuelo, los collares, las pulseras, los pantalones apretados y las chaquetas cortas configuraban la imagen típica de la mujer madura que ya había perdido el tren, pero estaba buscando alguien que se animara a pegarle un aventón. Vivía en una antigua casona de Miraflores, rodeada de candelabros de bronce, arañas de cristal y muebles forrados en terciopelo. Los amplios salones de techo alto estaban impregnados de un inconfundible olor a anticuario. El perfume clásico de las solteronas.

Judas abandonó el balcón y la siguió a la biblioteca. “Mujer que lee es digna de admiración”, pensó. Pero al mismo tiempo se sintió abatido al contemplarle las manos. Traía las uñas cortadas al ras de los dedos. “El distintivo de las mujeres que se masturban con regularidad”, rumió interiormente. De todos modos no lo encontró tan lamentable como otros hábitos femeninos. Quitarse años, por ejemplo, lo consideraba denigrante; un engaño inútil que no reflejaba sino la pobreza emocional de quienes sufrían su edad en lugar de vivirla.

—El día que todos entiendan a los artistas —comentó—, y comprendan su estilo de vida, el arte habrá perdido su gusto y carecerá por completo de sentido.
—Todos seremos iguales —apuntó Sixtina, quien de pronto pareció emerger de un sopor interno.
—¿Te provoca un trago?
—No, gracias —dijo Judas.
—¿No tomas?
—Dejé de hacerlo.
—Y a qué se debe.
—Soy un desmedido.

Sixtina dibujó una pregunta en su sonrisa.

—Tomaba sin medida —explicó Judas—. También comía sin medida, fumaba sin medida. Lo único que he hecho toda mi vida con medida es trabajar.
—Necesitas alguien que te mantenga, entonces.
—Es lo que ando buscando.
—Hombre creativo, ¿no?

Judas fue invadido por un incómodo silencio.

—¿Escuchamos música en mi cuarto? —sugirió Sixtina.

Judas se acomodó el nudo de la corbata. El dormitorio de su amiga tenía un espacio que fácilmente superaba el que ocupaban juntos la sala y el comedor de su casa. Aparte de la cama de dos plazas y cabecera alta, había en medio de la habitación un tocador inmenso, lleno de frascos y envases con cremas y polvos, al lado un espejo de pared, y más allá un ropero dantesco, seguido de un pequeño escritorio, un sillón y un diván. Sobre la mesita de centro, esparcidos como abanico, varios libros y revistas.

Sixtina puso un disco de Glenn Miller. Desenroscó el pañuelo de seda que traía atado al cuello y lo aventó sobre la cama.

—La buena música se disfruta más si un cuerpo en movimiento la acompaña —afirmó, quitándose los zapatos.

Se paseó provocadoramente delante de Judas antes de sentarse en el banquito del tocador. Se cepilló el pelo mirándolo por el espejo. Luego se levantó y caminó hacia la cama. Cogió los cojines encima de la almohada y los puso a un lado.

—¿Por qué no vienes a echarte un ratito aquí conmigo? —preguntó, palmoteando el colchón.

Una fría desazón recorrió el cuerpo de Judas. Se sentía rígido como un muerto. Tenía todo paralizado, menos lo que necesitaba en ese momento. Sixtina retozaba jugando con sus piernas.

De manera espontánea vinieron a la mente de Judas los personajes de Botero. La voluptuosidad de la redondez. Una delgada línea de sudor caliente surcó sus pobladas cejas.

Encuentros sexuales con tipas extrañas era lo que siempre buscaba. Extraña para él no significaba estrafalaria; sólo que su conducta fuera diferente a la vulgar. Pero tenía la iniciativa muerta. Seguía esperando el día en que una mujer, y que sea precisamente Ella, se presentara ante él, sonriente, dulce, y le dijera: “Hola. Yo soy tu mujer. He llegado”.

—Creo que ya tengo que irme. Mejor te llamo por teléfono. ¿No te molesta?

La voz de Sixtina, bruscamente, perdió dulzura.

—Como quieras.

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