Polvos ilegales, agarres malditos (XXXIV)

Fernando Morote

La China

—Mi tiempo libre es un peligro. Como arena movediza, ¿comprendes?
—Tu tiempo libre es campo minado, hermano.

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Llegaron temprano. Una caricia en la cabeza del niño fue todo el regalo que trajeron entre las manos. El decorado habitual de la casa, una vieja residencia cuyo legítimo propietario probablemente abandonó tiempo atrás debido a la creciente tugurización de la zona, había sufrido una transformación dramática. El piso de losetas cuadradas y diseño floreado relucía de limpio. Los desconchinflados sofás de la sala se encontraban rodeados por una fila de sillas pegadas a la pared. El otro extremo de la pieza estaba presidido por una larga mesa sin mantel, colmada de botellas de cerveza, ron, pisco y vasos de diferentes juegos. El estéreo rugía desde un rincón vecino a la puerta de la cocina. Del techo colgaban los restos de una vapuleada piñata con la imagen de Batman y un Corazón de Jesús de enormes dimensiones coronaba la estancia principal.

Tofi se revelaba como un excelente anfitrión. Las mamás tomaban con fruición mientras mandaban callar a los niños para ponerse al día con los chismes del barrio. Judas y Moisés entraban y salían del baño cada diez minutos. A la llegada de los demás invitados varones, la celebración infantil se convirtió en una fiesta de adultos. El dueño del santo vagabundeaba somnoliento, tropezando aquí y allá.

Moisés no era un gran bailarín, pero al menos cuando sonaba una salsa reaccionaba más rápido que Judas. Había hecho contacto con una joven mestiza de pelo ondulado y pechos riquísimos.

Los otros hombres escogieron también a sus parejas. Sólo una mujer quedó solitaria, sentadita en la punta de una poltrona.

—¿Bailas? —le preguntó Judas, extendiéndole la mano.
—No, gracias —contestó ella, tímidamente.
—¿Por qué? —insistió Judas— ¿No te gusta la salsa?

La mujer miró hacia un lado con aire incómodo.

—No me gusta bailar.

Judas escondió la mano detrás de su espalda.

—¿Puedo sentarme? —inquirió.

La mujer sonrió cortésmente.

—Si quieres —dijo.
—¿Tomas cerveza? —preguntó Judas.
—No, gracias.
—Qué tal —comenzó Judas, bebiendo un trago largo de su vaso— ¿Cómo te llamas?
—Todos me dicen China.

La explicación salía sobrando. Por encima de su obvia ascendencia oriental, y pese a que su vestimenta negra resaltaba ampliamente sus dotados muslos, lo que más atrajo la atención de Judas fueron sus toscos botines de pasador largo.

—¿Por qué no te acercas? —dijo Judas.

Muy recatada la China, soltó una risita de colegiala traviesa.

—¿Para qué? —dijo.
—Vas a estar más cómoda —contestó Judas, cruzando las piernas.

Con algo de dificultad, la China logró correr sus nalgas adentro del mueble.

—Tienes una espalda muy bonita —le dijo Judas, acariciándola suavemente.

La China se retorció sobre su sitio, experimentando un leve cosquilleo. Judas advirtió el contorno de sus glúteos. No tenía un gran trasero; era más bien pequeño pero compacto, como el de las nadadoras olímpicas.

—Qué ricas manos tienes —dijo la China.
—¿Te gustan? —preguntó Judas.
—Son suaves.

Judas terminó su cerveza y dejó el vaso en el piso. Chequeó el panorama. Todo el mundo distraído. Deslizó su mano hacia la cintura de la China.

—¿Qué haces? —dijo ésta.
—Tranquila.

Judas apartó la punta oculta de la blusa e introdujo su mano en el pantalón. Pasó la yema de sus dedos por el naciente surco de la región sacra. La China empezó a derretirse.

—¿Está bien así? —consultó Judas, muerto de ansia.
—Perfecto —musitó la China.

Judas continuó su trabajo. Sobó y apretó con energía. En la parte donde terminan los cachetes del poto y empiezan las piernas, tocó algo duro. Instintivamente retiró la mano y prosiguió su recorrido por el lado opuesto.

—¿Quieres más?
—Ajjjjjjá —susurró la China, hecha un gatito.
—Vamos al baño —dijo Judas, poniéndose de pie.

La China cogió la mano de éste como una dama que toma la de su caballero guiándola por los aposentos del castillo feudal. Judas no pudo levantarla. Volteó para echar un vistazo al grupo que bailaba. Sorprendió a Tofi observándolo con un gesto de incredulidad, un raro aire de admiración. La China se cubrió la boca para emitir un falso tosido. Efectuó un movimiento torpe a fin de adelantar otra vez su cuerpo hasta el filo de la butaca. Judas escuchó un crujido metálico, una especie de chirriar inexplicable. Tiró su cuerpo atrás en un nuevo intento de levantarla. Toda la calentura que le estaba reventando los pantalones se vino abajo cuando descubrió esas extremidades rígidas, prácticamente tiesas, que terminaban con dos espuelas sobresaliendo a la altura de los tobillos. Posando dócilmente sus ojos en el suelo, al tiempo que trataba infructuosamente de esconder la prótesis, la China sólo atinó a dejarse mirar.

—Dame un minuto —le dijo Judas— Ahorita vuelvo.
—Te espero —replicó la China, ajustándose el pantalón.

Judas interrumpió a Moisés en pleno baile con su mestiza de ricos pechos.

—Me tengo que ir, hermano —le dijo, y sin esperar respuesta se perdió aprisa entre las parejas.

A la tarde siguiente, el rebelde Judas encontró cerrada la bodega donde solía comprar cigarros negros. Caminó hasta el negocio ubicado cerca del mercado. No encontró a nadie en el mostrador. Llamó a viva voz para que alguien saliera a atender. Escuchó ruido en la trastienda. Cajas de plástico que eran movidas de un lugar a otro, un chirrido metálico que le pareció familiar. Una pesada silueta, amarrándose un delantal a la cintura, apareció arrastrando los pies.

—¿Sí? —preguntó la China.

Judas, petrificado, no supo dónde meter la cara.

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