Polvos ilegales, agarres malditos (XXXIII)

Fernando Morote

Mujer de espalda

—El placer carnal debemos gozarlo conscientemente. Si no logramos recordarlo después de que ha pasado es porque, cuando lo sentimos, no lo aprovechamos de verdad. El gozo que nos proporcionó fue sólo pasajero, ciego, inútil. Algo así como fumar, beber, comer o hacer el amor estando borrachos.

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Judas tenía una debilidad especial por aquellas mujeres apretadas cuyo volumen excedía invariablemente la talla de su ropa. Las de cuerpo y rasgos perfectos no le atraían tanto. Era su forma de excusarse, las consideraba a todas inalcanzables. Las de baja estofa, aunque fueran esposas de amigos, conocidos o familiares, entraban en su categoría de objetivos posibles. En el caso de Salomé, la notoria separación de sus incisivos centrales, las sayonaras de colores sobre las que caminaba moviendo todo, porque debajo de sus holgados atuendos nunca había nada que mantuviera las presas en su sitio, y la cortesía poco común con que lo recibía cada vez que iba a comprar, estimulaban sus veladas intenciones de empujar la vaquita al río. Su principal preocupación era la policía. Veía oculto un uniforme verde en cada mandil de heladero. Creía reconocer placas escondidas en los puños de los vendedores ambulantes. Sudaba frecuente y copiosamente. Muchas veces sentía que le faltaba la respiración. Entonces hacía un movimiento extraño con los ojos, los abría al máximo, en un afán incomprensible por tratar de verse las cejas, con el propósito de asegurarse de que era él, que estaba vivo y que estaba ahí, en ese lugar, en ese momento. Los ruidos y luces de la calle lo obligaban a huir espantado. En ocasiones visualizaba desplomándose las paredes de los inmuebles aledaños, aplastándolo de sopetón.

—¡Judas! ¿Hace mucho estás tocando? —preguntó Salomé, abriendo la puerta.
—Un par de minutos.
—Ay, disculpa. Es que estaba lavando la ropa en el corral.
—Está bien. No hay problema.

Sin preguntarle cuánto quería, Salomé enfiló hacia el dormitorio. Ésa era toda su casa: allí tenía el televisor, los sillones, una pequeña cocina eléctrica de dos hornillas, la cuna del bebé y, por supuesto, la cama. Esa cama paupérrima y pestilente, sostenida por cuatro ladrillos, en la que dormía y tiraba todos los días con su marido, y en la que él soñaba atravesarla un día. Caminando detrás de ella, detectó un minúsculo hoyo a mitad de la espalda en la raída camisola crema, sin mangas, que le llegaba hasta las rodillas. Aquella prenda resultaba para Judas un afrodisíaco de mayor poder que el baby doll más atrevido. No había elástico de sostén marcando su cuerpo. Se le hizo agua la boca. La sensación de estar invadiendo territorio ajeno, con reales posibilidades de tomar posesión sin demasiado esfuerzo, era algo que activaba superlativamente su sistema sensorial. Aguzó la vista para observar a la mujer de su proveedor desplazarse de una punta a otra del habitáculo. Poseía un par de senos pesados y fibrosos. Se figuraba que al desabrochar el sostén, en la hipótesis de existir uno, podían caerle fácilmente sobre el ombligo.

—¿No sabes lo que me pasó esta mañana? —preguntó Salomé.

Judas despertó bruscamente.

—No. ¿Qué?
—El carnicero quiso propasarse conmigo.

Estas confidencias sólo elevaban su presión arterial. Las consideraba una mañosa insinuación. Con los ojos fijos en la espina dorsal de la mujer, mientras ésta ordenaba el pedido en una cajita de fósforos, libró una feroz lucha interna. Contempló por enésima vez los retratos sin marco que cubrían la superficie del comodín. Tras unos instantes de deliberación, metió las manos en el bolsillo del pantalón y caminó decidido, convertido en un kamikazee dispuesto a cumplir su misión. Se detuvo unos centímetros detrás de ella. Pudo respirar su olor a no haberse bañado ese día, a haber hecho el amor temprano con su marido, a haber cocinado y lavado sin cambiarse el pijama. Sabía que Salomé estaba sintiendo su aliento pegado al cuello. Y ésta, esbozando una sonrisa luminosa, repentinamente volteó dando un saltito, chocando los talones.

—Listo —dijo, sellando la caja de fósforos.

Judas acusó el impacto. Pensó que era el momento. Sin poder controlar el impulso, recordó súbitamente a su proveedor. Vio su rostro consternado, completamente borracho, hablando en lenguas, desconociendo a todo el mundo, poniéndose belicoso y buscando la bronca al primero que se cruzaba, exponiéndose tontamente a que la policía lo chantajeara a su antojo. No, no podía arriesgarse. Sería perder sus privilegios en una forma demasiado estúpida. “Las cosas son como son, y deben respetarse. Ante todo, la lealtad. No se puede hacer eso a un amigo”.

—Perfecto —contestó— ¿No me vas a regalar uno más, como siempre?

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