Polvos ilegales, agarres malditos (XXXII)

Fernando Morote

Mano

—En su ausencia lo extraño; cuando lo practico me hastío. Paso de la represión al descontrol.
—Como nunca has podido cultivar una vida sexual sana, has desarrollado el perturbador defecto de la lujuria.
—Ver mujeres bonitas me levanta el ánimo.
—Dios respeta tu libre albedrío. Estarías enfermo si al ver una mujer guapa no dijeras “¡qué bien está!”.
—Pero no la persigo para acostarme con ella.
—Es la incapacidad o la imposibilidad de satisfacer el deseo lo que causa dolor. No eres responsable de tu primer pensamiento. Pero sí de los siguientes 50,000 sobre el mismo tema. Eso es lo que se llama obsesión, ¿te das cuenta? En tu caso, no puedes quedarte mirando mucho tiempo porque ingresas a otra fase. No es una cuestión de moral sino un asunto de salud.

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Después de varios litros de moscato y algunos tabacazos detrás de los baños públicos, Judas empezó a ver ricas a todas las mujeres que paseaban en la vendimia. No distinguía bien en el crepúsculo surcano. Saludaba efusivamente a los desconocidos e ignoraba con arrogancia a sus amigos. En el mostrador del kiosco vecino realizó un fabuloso hallazgo. Una negra extraordinaria, con trencitas multicolores cayendo de su moño en forma de beterraga, empinaba el codo con inigualable salero. ¿Pisco o vino? Qué más daba. Rezumaba enjundia y pecado en cada movimiento. La brillante blancura y delgadez de su apretado pantalón de algodón divulgaba en la parte baja un escandaloso bulto, grueso como una buena pinga. No se pudo aguantar. Salió disparado, cual madre huyendo de un incendio con su hijo pequeño en brazos. Tropezó con cuanta persona encontró en su zigzagueante trayecto. El humor segregado por aquel puma azul, repugnante en las fosas nasales de otros, constituía un elixir mágico para él. Sin previo aviso, ni el más elemental atisbo de cortejo, estiró su mano abierta hasta tocarle descarnadamente la papa. Cinco dedos pegajosos impresos como sello indeleble en la bragueta de aquel monumento de ébano. Entonces apareció en su pantalla un objeto incongruente con el quehacer habitual de la industria vinícola. Hizo el intento de esquivarlo, pero el ladrillo pastelero suspendido en el aire por esa garra primitiva, cuya negritud era apenas iluminada por el lustre púrpura de su esmalte de uñas, no le dio tiempo a escapar. De un sopapo lo sembró de bruces en el jardín, completamente noqueado; la cabeza torcida, el culo apuntando al cielo.

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