Polvos ilegales, agarres malditos (XXXI)

Fernando Morote

Amor platónico

—Escucha siempre a tu mujer. Es la voz de Dios hablándote a través de ella.
—Eso puede ser cierto cuando uno está recién casado, pero después de años de matrimonio…bueno, la cosa es diferente.

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—Hola —dijo.
—Hola —respondió Gabriela, detrás del mostrador.
—Es de mi jefe —explicó Judas, entregándole la boleta de retiro y la libreta de ahorros.
—Sí, pero tú puedes retirar.
—Claro.
—¿Qué hubiera pasado si te decía que no podías? —bromeó Gabriela, mientras registraba el retiro en su máquina.

Obnubilado, Judas no atinó a devolver una respuesta digna. Entonces dijo, moviendo tontamente las manos, los ojos, la cabeza, el cuerpo entero:

—No, te decía nomás.

Risitas estúpidas de ambos. Gabriela le regresó la libreta con los billetes adentro.

—Gracias —dijo Judas— Chau —añadió, y partió apurado.

Dos horas más tarde se le ocurrieron las siguientes respuestas:

—Me iba.
—Me quedaba aquí parado y gritaba.
—Te besaba.
—Te mataba.

Las respuestas brillantes solían brotarle del cerebro en los momentos más intrascendentes.

Otro día, tan pronto la vio, a modo de iniciar una conversación se le ocurrió decirle “¿qué ha sido de tu vida?”, pero al mismo tiempo quiso preguntarle “¿cómo has estado?”, con lo que a duras penas consiguió tartamudear “¿cómo ha sido tu vida?”. En distinta ocasión se le juntaron un “gracias” y un “chau” simultáneos, así que improvisó un nuevo y combinado vocablo: “grau”.

La carita de Gabriela, aunque no tanto su cuerpo, correspondía a la de una beldad de pasarela. Sin embargo eran sus facetas psicológicas las que llegaban a enloquecerlo. Nunca estaba ella haciendo algo con determinación, ni siquiera cuando se iba. Siempre dudaba, hacía preguntas ociosas o comentarios insulsos, se reía sin gracia con todo el mundo. Era una lástima que siendo tan linda fuera así de petulante. Ambos ardían por lanzarse amorosamente el uno hacia el otro, pero al mismo tiempo ninguno de los dos quería demostrar su deseo. Por lo general se saludaban con una sonrisa dulce, discreta, sin malicia, y en otros momentos fingían no haberse visto, pasaban de largo, o cruzaban miradas atravesadas tirando portazos detrás de ellos.

Lo de Gabriela Rosenthal fue un proyecto nonato en la vida romántica de Judas. Los amores platónicos no estaban ausentes de su experiencia cotidiana. Se consolaba pensando que la estupidez atenúa toda sensualidad.

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