Las astillas de la Vera Cruz

Lucía del Mar Pérez

Cruz

En un cielo enmarañado de verdades, los cazadores de ilusiones estaban muy ocupados. Las ilusiones volaban libres, sonrientes, tocadas por un halo de inmortalidad. Semejantes a las mariposas, enredaban los sueños de los incautos humanos que dormían ajenos a sus maquinaciones.

Hermosas, esbeltas, relucientes… las ilusiones son sabias, y cada noche se transforman en luceros y visitan la mente del hombre, pecador y devorador de manzanas, que expía sus culpas con la incertidumbre de los seres perecederos. Porque la parca acecha, huele y espera, como en los tiempos antiguos, cuando el hombre-profeta asumió la podredumbre universal.

Mientras los crujidos de la vera cruz se sacudían la ignominia  humana, miles de astillas trasladaban su voz quebrada a los parajes más recónditos del mundo. Allí fue donde se empeñaron en la metamorfosis, y adoptaron un atuendo de ilusiones.

Y  desde entonces viajan, golpeando los cristales de las ventanas de mujeres, y de hombres, de niños y de ancianos. Rompen la letanía de una vida pardusca y penetran, cual burbuja inquietante, en las mentes de la desesperanza.

Y el niño juega, la moza ama, mientras la anciana deshoja una margarita de recuerdos guardados en la punta de sus dedos cansados.

Él se retuerce en la cruz,  mientras en las calles se prodigan los artificios barrocos y las ilusiones y clavan los miembros exhaustos de un mundo humillado.

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