Cachorro

Félix Díaz

Cachorro

Desde el primer día despertaste mi interés. Estabas allí, entre otros con los ojos tristes, anhelantes.

Me fijé en ti, te miré a la cara y pude leer en tus ojos tu propia historia.

El principio.

Una mota de pelo entre otras motas. Calor, suavidad, amor. Una fuente de comida, una lengua cariñosa que te limpiaba, que te amaba. Los gañidos de los demás, tus gañidos. Y algunas voces altas de gente que te cogía con las manos. Siempre volvías con tus compañeros, al calor materno.

Pero un día ya no volviste. Se acabó el calor de tu madre.

Ahora estabas en una caja de paredes transparentes.

Cerca de ti, otros, también encerrados.

Tenías comida, pero no la rica leche. Tampoco te limpiaban con la lengua. Hacías tus necesidades en el suelo y siempre lo cambiaban. Por las paredes veías gente. Te miraban, te decían cosas. Querías acercarte pero no podías, la pared te lo impedía.

Así día tras día.

Hasta que alguien te recogió. Unas manos te acogieron y te llevaron. Un nuevo hogar. Nuevos sitios para dormir, nueva comida. Y nueva gente.

Y estaba Él. Desde el principio supiste que a Él se lo debías todo. Si Él estaba contento, tú felicidad era plena. Si Él se enfadaba, tu obligación era aprender, no hacer “eso” que a Él molestaba.

Todo tu tiempo era para Él.

Él te alimentaba. Él te sacaba de paseo para hacer tus necesidades. Él jugaba contigo. Él te cuidaba. Él te quería. ¡La felicidad!

Pero llegó el infierno.

Tú no lo podías entender, pero creo imaginarlo.

Vino el verano. Los hoteles no admiten mascotas, sale caro el viaje, no hay lugares para dejarte. Y eres grande, molesto. No un cachorro.  Todos los días había que sacarte de paseo, ¡qué latazo! Y ni siquiera podía entrar en un bar a tomarse una cerveza, debía esperar que cagaras y mearas para llevarte a casa y así poder salir con los colegas.

La solución, ¡simple!

Te metieron en el coche, te soltaron, ¡sin cadena!

Te dejaron atrás.

Ya no sabías donde estaba Él.

No encontrabas el plato con la comida ni con el agua. Para beber debías buscar algún charco. Y comer en las bolsas de basura. Dormir en algún rincón que disputabas a otros como tú. O a las ratas.

Tenías encima cosas que picaban y debías rascarte. Tu pelo estaba enmarañado y nadie te cepillaba. Te sentías sucio.

Le gente te daba patadas, te apartaba de su lado.

Nunca volviste a ver a Él.

Finalmente llegaste a este lugar.

Esperándolo a Él.

Pero llegué yo.

Te acogí en mi casa. No pagué por ti, porque no se paga por el amor de verdad.

Ahora, para ti, yo soy un nuevo Él.

———-

Extraído de “Microantología del microrrelato II”, de Ediciones Irreverentes

 

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Una respuesta a “Cachorro

  1. Felicitaciones, me encantó el relato. Ese “Él” así con mayúsculas refiriéndose al amo, significa tanto…muy bien puesto. Ese amo para el perro es como un Dios.
    Hermoso relato.

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