Un sueño, ser escritor

Adriana Lisnovsky

Escritor II

El hombre caminaba febrilmente alrededor de la mesa. Contaba los pasos. Primero los pares, después los impares. Cuando esto no traía a su mente la inspiración que él estaba buscando, comenzaba a caminar por los bordes de las baldosas.  Seguía en blanco. Entonces alargaba el paso y pisaba sólo cada dos rectángulos de mármol gris o, de lo contrario, sus pies debían entrar, uno delante el otro atrás, en la misma baldosa. Al llegar a este punto, comprendía que de este ejercicio no saldría ninguna idea y se ponía a leer.

Él quería ser escritor. Toda la vida lo había postergado; pero ahora, desde unos meses atrás, iba a un taller literario. En casi un año llevaba escritos solo tres cuentos. El primero, según la profesora, no tenía un conflicto fuerte. En el segundo, según la profesora, no conseguía la focalización en el protagonista y la historia se diluía en las voces de los otros personajes. Y en el tercero, según la profesora, abusaba de la adjetivación y el relato no tenía coherencia.

   Su mujer lo veía desperdiciar los días, comenzando párrafos que destruía con furia después de leerlos. Ella, sin herir sus sentimientos, trataba de hacerle entender que no todos tienen condiciones para la literatura, algo así como que se puede ser un gran lector, pero un pésimo escritor. Esto enfurecía al hombre, que le argumentaba todas las teorías literarias que conocía y le decía que era solo cuestión de saber aplicarlas.

Una noche,  leyó La tristeza de Chéjov. Y fue el cochero, y fue los estudiantes indiferentes, fue el hijo muerto, fue el caballo. Las lágrimas corrían por su cara. Se había adueñado de la tristeza del cuento. Le pertenecía. Pero no lloraba por compasión hacia el pobre cochero que había perdido al hijo, lloraba por él, porque no era Chéjov, porque la idea no se le había ocurrido.

Se mecía los cabellos, se sentaba, se levantaba y caminaba en círculos por la pequeña habitación mientras releía el cuento. Ahora sin lágrimas, con un rencor ciego. Si hubiese estado dentro del cuento, él hubiese matado al cochero, para que Chéjov se quedase sin historia. O mejor aún, hubiese matado al mismísimo escritor. Le hubiese clavado un puñal en el medio del pecho, para despojarlo de toda sensibilidad, para acabar con aquel hacedor de historias, con ese mago de la palabra. Algo vedado para él, sueño imposible, entre todos los imposibles. El aire estaba enrarecido. El hombre sudaba, temblaba. No podía comprender por qué, quien quiera que fuese, no le había otorgado el don del talento.

Una madrugada se levantó abruptamente y se puso a escribir. Vació media botella de vodka en su estómago y comenzó. Se dijo que sí, que ese sería el día en que su imaginación lo convertiría en el amo del cuento. Teoría del Iceberg, el cuento como una burbuja, elipsis, prolepsis, analepsis, racconto, flash back, metáforas, anáforas…, más y más y más. Aplicaría todos sus conocimientos y la historia saldría perfecta, redonda, sin cabos sueltos, tendría cohesión y coherencia… Sería… Sería elegido cuento del año, cuento del siglo. Lo compararían con Borges, sí, sí, eso… Señoras y señores, el nuevo maestro del cuento ante nosotros. Nos enorgullece entregarle el premio Cervantes de Literatura al señor… No, no, no. El premio Nobel.  Ganaría el Nobel. Sonreía con los ojos entrecerrados, sumergido en una pila de papeles, frases sueltas, comienzos poco originales, copias baratas, que había arrancado de la máquina de escribir segundos antes de su ensoñación.

Hasta que sintió unos golpecitos en el hombro. Giro la cabeza y a los pies de la cama, sentado, fumando un cigarrillo negro, un hombre delgado y de aspecto sombrío, lo observaba. Le preguntó quién era.

– Soy un personaje de Roberto Arlt. Un tipo marginal, que va a los prostíbulos, un tipo desencantado y amargo.

– ¡No lo puedo creer! Ese es el personaje que yo estoy buscando. Sobre usted quiero escribir.

– ¿Quién, usted? Mire, che, usted no sirve, usted no existe. Piense en otra cosa. ¿No le gustaría trabajar en un banco? Tiene cara de inteligente, debe ser bueno para los números. Se levantaría todos los días a las ocho, nada de trasnochar, ojito, eh. Una vida tranquila, cobrando un sueldo a fin de mes, sin ningún tipo de sobresaltos. Seguro que su padre siempre quiso eso, que fuese igual a él. No lo quiero desanimar ni me interesa, pero usted no tiene chance como escritor. No sé si me entiende.

Al decir esto último, lo único que quedó en la habitación fue el olor a tabaco.

A la noche siguiente, se le apareció un hombre vestido de negro, con ojeras oscuras alrededor de los ojos.

– ¿Y usted quién es? –  preguntó el hombre.

– Soy un personaje del romanticismo.

– ¡Romanticismo! Sobre eso quiero escribir.

– Caballero, disculpe que interfiera en sus ideas. Pero no lo veo con la sensibilidad suficiente como para escribir sobre tuberculosis, amores imposibles, suicidio. La verdad, ¿puede imaginarse a alguien muriendo de amor? No, no, esto no es para usted. Dígame: su madre ¿no hizo de todo para que fuese contador, como su padre? No la defraude, hombre. Madre hay una sola.

– ¿Le parece?– contestó él.

Y el personaje se esfumó en algo parecido a la niebla, que enfrió súbitamente la habitación.

Así, el hombre esperaba ansioso la llegada de la noche –junto con el sueño apacible de su mujer­–, para ver qué nuevo personaje conocería. Alguno creería en él, alguno le daría una chance.

Tuvo muchas visitas. Personajes agobiados, fantásticos, realistas, burgueses, surrealistas. Todos coincidieron en lo mismo. Hasta la noche en que lo visitó el protagonista de un cuento de Borges.

– De los de cuchilleros–  le dijo él.

– Sí, pero todos somos el mismo. Yo soy el hombre de El Sur, pero también el de Las ruinas circulares. Todos somos el sueño de otro. Tal vez alguien lo está soñando a usted como escritor desde tiempos infinitos. Entre al corazón del laberinto, pero tenga cuidado con los caminos que se bifurcan. Elija el correcto. Está en nuestro destino lo que inexorablemente tiene que ocurrir, como el puñal busca la mano del asesino.

– Ve, a esos personajes quiero llegar. Cuchilleros metafísicos.

– No se ofenda. Borges hubo solo uno. Disculpe mi arrogancia, pero yo soy su creación. Aunque, como diría él,  el Universo es el laberinto. Pase sin miedo y se encontrará.

Estas palabras lo llenaron de esperanza. Su historia estaba ahí, esperándolo. Sólo tenía que entrar al laberinto y, si no se equivocaba de camino, su destino de escritor y él serían uno.

Se preparó para el viaje. Compró una enorme mochila, cantimplora, víveres, ropa abrigada. Se dirigía al corazón del laberinto, en busca de sí mismo. Quizás el viaje durase una eternidad. Debía ir bien preparado.

 # #

Ahora está estable, la medicación funciona. Según dicen los médicos del psiquiátrico, los personajes desaparecieron.

El que sí lo visita todas las noches es Cortázar. El hombre, por si acaso, no se lo cuenta a nadie. Lo que pasa es que tiene una gran duda acerca de qué es exactamente el “estado cubo”.

Si en Paris no nieva, Cortázar entra en la galería Vivienne y cruza al pasaje Güemes. Toma un taxi en Lavalle y visita al hombre en el psiquiátrico. No tiene ningún problema en explicarle lo del “estado cubo”. Él mismo reconoce que Anillo de Moebius es un cuento extraño.

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